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Peor que traicionar la confianza es matar la fe

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El combo “hiperpopulista” que Macri lanzó tras la paliza en las PASO dinamitó la esperanza de los que “aguantaron con el cambio”. Pero en el horizonte “FF” no se avizora puerto alguno que garantice que, de una vez por todas, Argentina dejará de ser insufrible.

El “hiperpopulismo” de última hora de Mauricio Macri descolocó a propios y ajenos. De repente ministros y funcionarios espantados por “70 años de peronismo” debieron colgarse el bigote falso y celebrar congelamientos de precios, plata “gratis” para el bolsillo de empleados privados y estatales, en un combo que hace estallar por los aires no solo un modelo sino lo que se presentaba casi como una religión.

Un dólar relativamente estable y una inflación con una leve inclinación a la baja hacia finales de julio parecía la carta de triunfo definitiva para el Gobierno, pero las urnas le dieron en agosto un brutal cachetazo de realidad que hizo reaccionar también a “los mercados”. Sí, así, “mercados” con comillas ya que hasta el momento nadie ha podido definirlos, verlos, consultarlos, sondearlos o siquiera cuestionarlos.

Les hice hacer subir el Aconcagua”, se justificaría Macri recuperada la calma después de reprender al pueblo que votó de forma masiva al (ahora de nuevo) kirchnerista Alberto Fernández. Pero lo cierto es que, a decir por el terremoto de esta semana, no habíamos llegado siquiera a Plaza de Mulas.

Meses atrás lo había advertido Alfredo Cornejo: estamos ante un Gobierno de “slogans”. “Sí, se puede”, “Juntos”, “Cambiamos”, “No volver al pasado”, “Vamos al futuro” y “Este es el camino” podrían sintetizar el discurso oficial de los últimos tres años y medio. Solo para el registro, sumemos el grito épico: “¡No se inunda más!¡No se inunda más!¡No se inunda más!”.

El camino al futuro que prometía Macri estaba plagado de realidades que la gestión no supo leer, pecando a veces de ingenuidad al intentar aplicar recetas suizas a un país en el que todavía debe resolver el problema de tener a más del 30% de su población en la pobreza.

“Quieren populismo, ¡tomen, empáchense!”, parece haber sido la tarjeta imaginaria que colgó al paquete de medidas económicas sacadas de la galera en tan solo 48 horas. El agujero fiscal de $40.000 millones que implicará es solo un raspón comparado con el armageddon que puede desatar. Quizá lo más preocupante del recetario aplicado es haber mandado los combustibles al freezer. En años en los que la única industria que muestra signos de vitalidad es la petrolera, con inversiones y creación de empleos genuinos, el castigo suena casi a suicidio.

Pero volviendo a slogans y convicciones, el insólito giro de Macri se lee entre sus votantes como una traición a la confianza. Tanto empujar, tanto creer, tanto “aguantar”, tanto “no queremos volver al pasado”, para que al final ganaran los malos…

Si embargo para los argentinos apartidarios -que son la gran mayoría, aunque la política se preocupe por ocultarlo- peor que una traición a la confianza es el entierro de la fe. Con la inflación todavía por sobre el 50% interanual y a la espera del inminente tsunami post-devaluatorio lo que se prometía como el camino hacia una economía sana y la erradicación de la pobreza se hizo añicos y, salvo un milagro electoral en el que por ahora solo cree Lilita Carrió, el kirchnerismo retomará las riendas en diciembre.

Aunque es riesgo de hacer futurulogía, resulta difícil creer que un eventual gobierno de Alberto Fernández a partir de diciembre haga algo más que intentar pegar la vasija rota . Puede, sí, traer consigo algún aire pasajero de bonanza peronista, pero no hay absolutamente ningún indicio de que Argentina pueda lograr ser, por fin, un país normal, en crecimiento y sin pobreza. Ojalá así sea pero para nosotros, argentinos mortales, lo inmediato es sobrevivir y ver para creer, como hacemos de manera cíclica.

 

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