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Conmoción mundial: murió Diego Armando Maradona. Tenía 60 años

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Sufrió un paro cardiorrespiratorio en la casa de Tigre en la que se había instalado tras su operación en la cabeza.

Y un día ocurrió. Un día lo inevitable sucedió. Es un cachetazo emocional y nacional. Un golpe que retumba en todas las latitudes. Un impacto mundial. Una noticia que marca una bisagra en la historia. La sentencia que varias veces se escribió pero había sido gambeteada por el destino ahora es parte de la triste realidad: murió Diego Armando Maradona.

El campeón del mundo con la Selección Argentina​ se descompensó en la mañana de este miércoles en la casa del barrio San Andrés, en el partido bonaerense de Tigre, donde vivía desde hacía algunos días luego de haber sido operado de la cabeza. El 30 de octubre había cumplido 60 años. 

Villa Fiorito fue el punto de partida. Y desde allí, desde ese rincón postergado de la zona sur del Conurbano bonaerense se explican muchos de los condimentos que tuvo el combo con el que convivió Maradona. Una vida televisada desde aquel primer mensaje a cámara en un potrero en el que un nene decía soñar con jugar en la Selección. Un salto al vacío sin paracaídas. Una montaña rusa constante con subidas empinadas y caídas abruptas.

Nadie le dio a Diego las reglas del juego. Nadie le dio a su entorno (un concepto tan naturalizado como abstracto y cambiante a la lo largo de su vida) el manual de instrucciones. Nadie tuvo el joystick para poder manejar los destinos de un hombre que con los mismos pies que pisaba el barro alcanzó a tocar el cielo.

Quizá su mayor coherencia haya sido la de ser auténtico en sus contradicciones. La de no dejar de ser Maradona ni cuando ni siquiera él podía aguantarse. La de abrir su vida de par en par y en esa caja de sorpresas ir desnudando gran parte de la idiosincrasia argentina. Maradona es los dos espejos: aquel en el que resulta placentero mirarnos y el otro, el que nos avergüenza.

A diferencia del común de los mortales, Diego nunca pudo ocultar ninguno de los espejos.

Es el Cebollita que solo tenía un pantalón de corderoy y es el hombre de las camisas brillantes y la colección de relojes lujosos. Es el que le hace cuatro goles a un arquero que intenta desafiarlo y al mismo tiempo el entrenador que intenta chicanear a los alemanes y termina humillado. Es el que se va bañado de gloria del estadio Azteca y el que sale de la mano de una enfermera en Estados Unidos. Es el que arenga, el que agita, el que levanta, el que motiva. El que tomaba un avión desde cualquier punto del mundo para venir a jugar con la camiseta de la Selección. El del mechón rubio y el que estaciona el camión Scania en un country. Es el gordo que pasa el tiempo jugando al golf en Cuba y el flaco de La Noche del Diez. El que vuelve de la muerte en Punta del Este. Es el novio de Claudia y es también el hombre acusado de violencia de género. Es el adicto en constante lucha. El que canta un tango y baila cumbia. El que se planta ante la FIFA o le dice al Papa que venda el oro del Vaticano. El que fue reconociendo hijos como quien trata de emparchar agujeros de su vida.

Un icono del neoliberalismo noventoso y el que se subió a un tren para ponerse cara a cara contra Bush y ser bandera del progresismo latinoamericano. Es cada tatuaje que tiene en su piel, el Che, Dalma, Gianinna, Fidel, Benja… Es el hombre que abraza a la Copa del Mundo, el que putea cuando los italianos insultan nuestro himno y el que le saca una sonrisa a los héroes de Malvinas con un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.

Una imagen icónica de Maradona.

Una imagen icónica de Maradona.

Porque si hubiera que elegir un solo partido sería ese. Porque no existió ni existirá un tramo de la vida más maradoneano que esos cuatro minutos que transcurrieron entre los dos goles que hizo el 22 de junio de 1986 contra los ingleses. El mejor resumen de su vida, de su estilo, de lo que fue capaz de crear. Pintó su obra cumbre en el mejor marco posible. Le dijo al mundo quién es Diego Armando Maradona. El tramposo y el mágico, el que es capaz de engañar a todos y sacar una mano pícara y el que enseguida se supera con la partitura de todos los tiempos.

Barrilete cósmico. Y la pelota no se mancha. Y las piernas cortadas. Y que la sigan chupando. Y la tortuga que se escapa. Y el jarrón en el departamento de Caballito, el rifle de aire comprimido contra la prensa, la Ferrari negra que descartó porque no tenía estéreo, la mafia napolitana y toda una ciudad que elige vivir en pausa, rendida a su Dios. Es el de las canciones, el de los documentales a carne viva y las biografías siempre desactualizadas. El que levanta el teléfono y llama cuando menos lo esperás y más lo necesitás. El que jugó partidos a beneficio sin que nadie se enterara. El que pasa del amor al odio con Cyterszpiler, con Coppola o con Morla. El que siempre vuelve a sus orígenes y le presta más atención a los que menos tienen.

Es el abuelo baboso y el papá inabordable.

Es antes que todo y por sobre todas las cosas el hijo de Doña Tota y de Don Diego.

Maradona es en presente pese a que de los que mueren haya que escribir en pasado. Es el que en Dubai se codeaba con jeques y contratos millonarios y el que en Culiacán y con 40 grados a la sombra pedía un guiso a domicilio. El que internaron en un neuropsiquiátrico. El que pudo dejar la cocaína. El que hizo jueguitos en Harvard. Es el que como entrenador de Gimnasia vivió un postergado homenaje del fútbol argentino. Aquel que había dirigido a Racing y a Mandiyú no era este último Diego de las rodillas chuecas, las palabras estiradas y las emociones brotando sin filtro.

Es también Maradona el hombre que se fue apagando. Se resquebrajó su cuerpo y empezó a sacar a la luz tantos años de castigo físico, de desbordes, de excesos, de patadas, de infiltraciones, de viajes, de adicciones, de subibajas con su peso, de andar por los extremos sin red de contención.

Y el alma se fue apagando al compás del cuerpo. En el último tiempo ya no quería ser Maradona y ya no podía ser un hombre normal. Ya nada lo motivaba. Ya no servía el paliativo de los antidepresivos ni las pastillas para dormir. Y la combinación con alcohol aceleraba la cinta. Cada vez menos cosas encendían su motor: ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo, ni los amigos, ni la familia, ni las mujeres, ni el fútbol. Perdió su propio joystick. Y perdió el juego.

Lo llora Fiorito, escenografía inicial de esta historia de película y pieza fundacional para comprender al personaje. Lo lloran los Cebollitas donde se animó a soñar en grande. Lo llora Argentinos Juniors donde no solo es nombre del estadio sino el mejor ejemplar de un molde que genera orgullo. Lo llora Boca y toda la pasión que unió a un vínculo que fue mutando pero conservó el amor genuino. Lo llora Nápoles, su altar maravilloso en el que con una pelota cambió la vida de una ciudad para siempre. Lo lloran también Sevilla, Barcelona y Newell’s, que infla el pecho por haberlo cobijado.

Diego Maradona se convirtió en una leyenda del fútbol mundial.

Diego Maradona se convirtió en una leyenda del fútbol mundial.

Y lo llora la Selección porque nadie defendió los colores celeste y blanco como él. En definitiva, lo llora el país entero y el mundo.

Entre tantas cosas que hizo en su vida, Maradona hizo una particularmente exótica: se entrevistó a sí mismo. El Diego de saco le preguntó al de remera de qué se arrepentía. “De no haber disfrutado del crecimiento de las nenas, de haber faltado a fiestas de las nenas… Me arrepiento de haber hecho sufrir a mi vieja, mi viejo, mis hermanos, a los que me quieren. No haber podido dar el 100 por ciento en el fútbol porque yo con la cocaína daba ventajas. Yo no saqué ventaja, yo di ventaja”, se contestó en una sesión de terapia con 40 puntos de rating.

En ese mismo montaje realizado en 2005 en su programa “La noche del Diez”, el Diego de traje le propuso al de remera que deje unas palabras para cuando a Diego le llegue el día de su muerte. “Uhh, ¿qué le diría?”, piensa. Y define: “Gracias por haber jugado al fútbol, gracias por haber jugado al fútbol, porque es el deporte que me dio más alegría, más libertad, es como tocar el cielo con las manos. Gracias a la pelota. Sí, pondría una lápida que diga: gracias a la pelota”.

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Nadia Podoroska: “Siento que mi carrera recién empieza”

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A los 23 años, la tenista rosarina enfrenta un 2021 lleno de desafíos. En una entrevista a fondo, habla de su cambio de mentalidad, el control de la frustración y su espíritu competitivo.

La vida de Nadia Podoroska cambió en el otoño europeo de 2020. El giro se dio en París, entre septiembre y octubre, en un Abierto de Tenis de Roland Garros que empezó con demora a causa de la pandemia. Ella arrancó por la qualy, el derecho de piso que deben pagar los jugadores que ocupan los vagones traseros del ranking. Ganó sus tres partidos sin perder un set y clasificó al cuadro principal. Una argentina allí, en el polvo de ladrillo francés, por primera vez en seis años.

Los triunfos siguieron, cada vez más resonantes. Su historia de lucha y sacrificio empezó a ganar espacio en los medios y en el interés del público. La victoria ante la ucraniana Elina Svitolina, quinta jugadora del mundo y tercera favorita del torneo, la llevó a las semifinales. Desde Paola Suárez en Wimbledon 2004, ninguna argentina había llegado tan lejos en un torneo de Grand Slam.

La derrota ante la polaca Iga Świątek fue apenas un detalle. La vida de Nadia ya era otra. Aunque quizás lo correcto sea decir que el cambio había empezado a producirse mucho antes, en silencio y en la intimidad, y que la explosión en Roland Garros sólo fue un despertar para los demás.

“Fue un año inolvidable”, le dice Nadia a Viva, desde Alicante, España, mientras se prepara para una temporada durísima que incluye jugar el Abierto de Australia y su participación en los Juegos Olímpicos de Tokio. Las estadísticas le dan la razón. Ganó el 80% de los partidos. Conquistó tres torneos. Trepó del puesto 255 del ranking al 47. Es la número uno de Argentina. La Asociación Femenina de Tenis (WTA) la eligió como la revelación 2020. Pero detrás de estos logros hay una larga historia de trabajo, dedicación, lesiones superadas y un cambio total de mentalidad.

Nadia, rosarina, se enamoró del tenis a los 5 años, cuando empezó a tomar clases en el Club Atlético Fisherton. Su profesor la veía tan entusiasmada que siempre le exigía un poco más y la ponía a pelotear con alumnos mayores. “¡Me imaginaba jugando contra las hermanas Williams!”, recuerda Nadia. A los 14 tomó su primera decisión importante: dejar el colegio presencial para dedicarse de lleno al tenis.

En el tenis no podés planificar ni todo te sale como vos querés. Y eso a veces es muy frustrante.

Nadia Podoroska

“Al principio, a mi familia le sonó raro que quisiera dejar la escuela. ¡Encima para jugar al tenis! ¡Todo un acontecimiento! Pero mis padres me veían tan convencida, veían el compromiso de mi entrenador de ese entonces (Carlos Rampello), que dijeron: ‘Está bien, hacelo’. Empecé a entrenar doble turno e hice mi primer viaje a Europa, donde estuve dos meses. Un conocido de mi entrenador me apoyó económicamente y ahí pude empezar a viajar, a competir, a ganar algunos puntos en el ranking. De a poco fui mejorando en el chart. Esta persona me bancó cuatro años de mi carrera, hasta 2016. Sin eso yo no hubiese podido despegar y no me hubiese conocido nadie”, revela.

La Nadia adolescente estaba comprometida con su vocación y era competitiva y exigente a la hora de pisar la cancha. Virtudes que pronto le trajeron consecuencias, porque el cuerpo le empezó a pasar facturas.

A los 13 años arrancó con lesiones en los huesos provocadas por el esfuerzo o por movimientos mal hechos: “Son fracturas por estrés o edemas óseos. Te lastimás por pegarle a la pelota reiteradamente, por ejemplo. Como que te vas desgastando y la recuperación lleva meses”.

La primera lesión fue en el codo derecho debido a un cambio de raqueta. Al año y medio, otra en el metatarso del pie izquierdo por unas plantillas nuevas. Y la peor le llegó a los 19: “Fue en la cadera izquierda, la más inhabilitante, la que más dudas trajo. Los médicos me dijeron: ‘Tenés una lesión complicada, vas a tener que aprender a jugar con dolor. No se te va a ir nunca’. Pero jugar así se me complicaba. Lo intenté durante cuatro meses y dolía. Me angustié muchísimo no sólo por eso sino también por la incertidumbre de no saber cuánto me iba a llevar la recuperación ni cuándo iba a volver a jugar… Yo soy una persona muy estructurada: me decís lo que tengo que hacer y lo hago. Pero acá no había certezas. Esa lesión de la cadera me trajo otra en la muñeca derecha. Así que fueron ocho meses sin competir. Muy duro”, recuerda.

Nadia Podoroska, en acción. La tenista 1 de Argentina se prepara para jugar el Abierto de Australia, en febrero.

Nadia Podoroska, en acción. La tenista 1 de Argentina se prepara para jugar el Abierto de Australia, en febrero.

Ese parate físico la hizo dejar Barcelona, donde vivía algunos meses del año para estar más cerca de los torneos de Europa, volver a la Argentina y replantearse su carrera. Necesitaba un volantazo. La relación con Rampello, el entrenador que la acompañaba desde su infancia, estaba desgastada y había que darle un punto final.

“La separación dolió porque fueron muchos años juntos, atravesamos muchas etapas, pero los dos entendimos que era un ciclo cumplido”, recuerda.

Dominar la mente y el corazón

Y a fines de 2018, entonces, arrancó la aventura con los argentinos Emiliano Redondi y Juan Pablo Guzmán. Nuevo equipo, nueva cabeza. Nadia necesitaba trabajar lo emocional, que la complicaba durante los partidos, le provocaba lesiones y afectaba su crecimiento profesional.

Sus nuevos entrenadores le propusieron que conociera a Pedro Merani, un ex jugador argentino de bowling que vive en Qatar y es experto en meditación zen.

“Pedro es mi entrenador mental. Empecé con él en marzo de 2019 y me ha ayudado muchísimo. Me enseñó a mejorar el autoconocimiento y a dominar las emociones y observarme. Me dio herramientas para que pudiera controlar las situaciones difíciles del juego mediante la respiración o la relajación del cuerpo. Es un aprendizaje constante. Mezcla mucho la parte del zen, que viene con la filosofía, y la parte de la neurociencia, que te da la explicación lógica o científica de la estructura del cerebro: los hábitos y cómo cambiarlos”, explica Nadia.

Nadia Podoroska y su sueño: llegar a ser la número 1 del tenis. Foto: Germán García Adrasti.

Nadia Podoroska y su sueño: llegar a ser la número 1 del tenis. Foto: Germán García Adrasti.

-¿Qué te pasaba antes y qué cambió después de empezar a tratarte con Pedro Merani? ¿Te ganaba la cabeza en la cancha?

-Exactamente. Soy una persona que piensa mucho, la razón está muy a flor de piel. En el tenis tenés que tomar decisiones en milésimas de segundos. No podés planificar todo ni todo sale como vos querés. Y eso a veces eso es frustrante. Y con Pedro hemos podido hacer ese trabajo de pensar lo menos que se pueda para poder estar más relajada, incluso disfrutando el juego en plena competencia.

Los médicos me dijeron: ‘Vas a tener que aprender a jugar con dolor. No se te va a ir nunca’. Fue duro.

Nadia Podoroska

-¿Cómo es la dinámica de trabajo?

-Hago ejercicios de meditación casi todos los días, salvo cuando entreno o viajo. Me sirven para frenar un poco la cabeza. Los de visualización son útiles para saber qué tengo que mejorar en la cancha. Eso me motiva y me da un orden. Las charlas con Pedro son generalmente una o dos veces por semana. En competencia, hablamos o nos mensajeamos casi todos los días. Está conmigo siempre. Es mi maestro zen.

-Leí que te gusta la filosofía….

-Cada vez que puedo leo algo en relación a lo cotidiano. Sigo mucho a Darío Sztajnszrajber porque él te lleva la filosofía a la vida diaria y me encanta. Mi mamá es farmacéutica, pero estudió unos años en Filosofía y Letras. Nos ha transmitido ese gusto. Mi hermana estudia Antropología, así que en casa se arman buenos debates.

-¿Habías hecho terapia antes?

-Sí, había trabajado con una psicóloga deportiva de Rosario, que me ayudó muchísimo durante la etapa de las lesiones y el cambio de entrenador. Pero yo necesitaba algo más práctico: cómo manejar mis emociones y los pensamientos de la cabeza, en vez de hablar tanto del pasado o de tus padres…

-Los frutos se vieron en el Abierto de Roland Garros…

-Lo de Roland Garros fue, para mí, realmente inolvidable. Estuve en París tres semanas, entre los días de cuarentena, la qualy y el cuadro principal. ¡Pasó tanto en esas semanas y tanto después debido a esas semanas!

Nadia, junto a sus padres, Irene y Marcelo. Ambos son farmaceúticos y viven en Rosario.

Nadia, junto a sus padres, Irene y Marcelo. Ambos son farmaceúticos y viven en Rosario.

-¿Tenías alguna expectativa antes de llegar al torneo?

-Ninguna. Venía jugando muy bien, es cierto, y había entrenado mucho en cuarentena. Pero la idea es llegar a los torneos sin altas expectativas. De otra manera me presiono. Entonces voy partido a partido. No me gusta mirar el cuadro completo del torneo. Veo con quién me toca jugar, planificamos la estrategia y juego. Voy paso a paso.

-¿Eso es para calmar la ansiedad?

-Claro. Para evitar cualquier tipo de pensamiento a futuro.

-¿Y qué sentiste cuando le ganaste a Elina Svitolina, la número cinco del mundo?

-Estaba re embalada. Decía: “Quiero ganar mañana”.

-¿De chica también tenías este espíritu competitivo?

-Sí. No me gustaba perder a nada. En casa jugábamos al ping pong y mi papá me tenía que dejar ganar porque si perdía… ¡había un mal humor!

-¿Cambiaste tu forma de jugar con este nuevo equipo de trabajo?

Sí, bastante. Antes solía ser muy agresiva, pero con poco margen de error. Tenía días muy buenos y días en que no metía una. Muy fluctuante, más inestable. Y desde que empecé a trabajar con los chicos seguí siendo agresiva y ofensiva, pero con más recursos, con más herramientas, y con calma para entender lo que está pasando. Antes nunca entendía por qué perdía ni por qué había jugado así. Todo era reproches.

Nadia Podoroska, campeona, posa con la medalla dorada en los  Juegos Panamericanos  de Lima 2019.

Nadia Podoroska, campeona, posa con la medalla dorada en los Juegos Panamericanos de Lima 2019.

La vida en Alicante

Para Nadia, son las ocho de la noche en Alicante, una ciudad de la costa mediterránea española, donde vive desde 2019. “Los primeros meses los pasé en la casa de mis entrenadores, porque ellos ya estaban instalados acá. Después alquilé un alojamiento temporario por Arbnb. Y desde octubre de 2019 alquilo un departamento que comparto con la tenista mexicana Ana Sofía Sanchez”, cuenta.

Nadia está chocha con el lugar. Se despierta a las 7.30 y lo primero que hace es abrir la ventana y ver el mar. Desayuna café con leche de almendras y unas tostadas o galletas de arroz con queso untable, palta o mermelada. También, una naranja y, a veces, huevos revueltos. Después se va entrenar, almuerza, duerme la siesta y otra vez, a la cancha.

Emiliano Redondi, uno de sus entrenadores, le dice a Viva que Nadia pudo encontrar un balance entre su deseo de ser una buena tenista y el control de una ansiedad que a veces la desbordaba. “La parte mental es fundamental en su juego y la clave de su éxito actual. Ya no pierde el eje”, explica.

-Nadia, ¿qué es lo más difícil de ser una tenista profesional?

El aspecto económico. Si no tenés plata, no podés hacer nada. Sí o sí necesitas un sponsor. Son pocas las familias que pueden bancar la carrera de una deportista profesional. A mí me han ayudado mucho. Todos mis entrenadores trabajaron gratis conmigo porque mis padres no podían pagarles. Recién ahora puedo empezar a devolver un poco de lo que me dieron. Mis padres tampoco me podían acompañar a Europa cuando empecé a viajar de adolescente. Y he vivido mucho de prestado: en Barcelona, también en Buenos Aires… En el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD, en Núñez) me prestaban el hotel, las instalaciones y me daban las comidas. Soy muy agradecida de todo eso.

Sin duda, soy una resiliente. Creo que el tenis te da un poco eso. Porque nosotros perdemos todas las semanas. Excepto cuando sos campeona, que en un buen año pueden ser dos o tres veces, el resto es en algún momento derrota.

Nadia Podoroska

-¿Te arrepentís de algo?

-La verdad que no. Cuando dejé el colegio presencial, me hubiera gustado estudiar inglés o hacer otro deporte. Algo para seguir socializando. Pero me gusta mi vida y como soy.

-Pasaste la adolescencia jugando al tenis y viajando. ¿Cómo la viviste?

Difícil. Me sentí un poco sola. Tuve esas crisis de adolescente de decir: “Tengo el tenis y nada más”. Pero mi familia, y en especial mi hermana, me contenían. Cada vez que volvía a Rosario salía con las amigas de ella.

-¿Cómo te definirías?

-Uy, ¡qué difícil! Soy una comprometida con lo que hago, muy trabajadora y doy el ciento por ciento tanto entrenando como cortando una zanahoria. Me cargan por eso.

-¿Tenés alguna cábala?

-Viajo siempre con una libreta con fotos de mis padres y de mis hermanos. Si me va bien en un torneo, trato de bañarme en la misma ducha o de mantener el modelo deportivo.

Nadia Podoroska es parte del equipo argentino de tenis femenino. Aqui, festejan la victoria contra Colombia en la ex Fed Cup, actual Billie Jean King Cup. En abril jugarán contra Kazajistán.

Nadia Podoroska es parte del equipo argentino de tenis femenino. Aqui, festejan la victoria contra Colombia en la ex Fed Cup, actual Billie Jean King Cup. En abril jugarán contra Kazajistán.

-Ganaste seguidores, auspiciantes y notoriedad el año pasado, después de Roland Garros. También estás más activa en las redes sociales…

-Estoy re enganchada, me gusta tener ese vínculo con la gente, mostrar un poco lo que hago. Antes no tanto. Era más tímida, más cerrada. Pensaba: “¿A quién le va a interesar lo que yo pueda subir a una red social?” Ahora quizás pueda interesar más. Igual, no soy una persona que le guste compartir todo. Pero disfruto el cariño. Cuando estuve en Buenos Aires me pedían autógrafos y hubo gente que se quedaba a mirar mis entrenamientos. Eso no pasaba antes. Fue todo de golpe, cosas nuevas, más compromisos y responsabilidades, más exposición, pero está bueno…

-Sos una resiliente…

-Sin duda. Creo que el tenis te da un poco eso. Porque nosotros perdemos todas las semanas. Excepto cuando sos campeona, que en un buen año pueden ser dos o tres veces, el resto es en algún momento derrota. Entonces te tenés que agarrar de lo positivo. De decir: “Esto lo hice bien, esto lo puedo mejorar”. El análisis de la semana te ayuda que una derrota no sea un fracaso. Siempre sacás algo bueno. Son lecciones de vida que te ayudan mucho y te terminan fortaleciendo. No hay que quedarse con un mal resultado, con el camino que hiciste. Y en eso estoy.

-Las lesiones que tenías antes, ¿desaparecieron?

-Sigo teniendo molestias físicas en la cadera, pero he aprendido a conocer mi cuerpo y a manejar mucho mejor las emociones. Entendí que el estrés, los nervios y la tensión influyen mucho a la hora de lesionarse. Pero he mejorado y trabajado mucho lo mental.

-¿Seguís soñando con ser número uno el mundo?

-Sí, sigue siendo mi sueño, que lo tuve desde muy chiquita y nunca se ha borrado. Además, a pesar de llevar años en el circuito, siento que mi carrera recién empieza.

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Boca aplastó a River 7-0 y es el primer campeón profesional del fútbol femenino

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En el José Amalfitani, el equipo que conduce Christian Meloni se impuso en el Superclásico por 7-0 y se quedó con el título en el Torneo Transición Rexona 2020/21.

Boca es el primer campeón profesional de la historia, aún cuando el femenino dista mucho todavía de tener un fútbol acorde a esos parámetros. Boca es el campeón porque juega mejor, porque tiene a las futbolistas de mejor pie y porque le gana por goleada aún al otro grande (por historia e inversión) del fútbol argentino. En la cancha de Vélez, sede de la final del Torneo Transición, Boca ganó su título 24 en el fútbol local al vencer a River 7-0, después de un rotundo 5-0 en el primer tiempo.

Se recordará este campeonato comprimido en 52 días por ser el que dio el primer trofeo desde que la AFA profesionalizó el fútbol femenino en septiembre de 2019 y que la pandemia por coronavirus frenó en marzo. Pero en el que la convivencia con el amateurismo es aún una realidad: un estadio de un club de Primera División como sede, televisación, la edición especial de una pelota y la final más deseada pero apenas esperada por seis fotógrafos al pie de la línea de cal y un campeonato integrado por equipos del AMBA con la única excepción de Rosario Central.

Pero en Boca el amateurismo no pasa por la puerta. El primer club que les firmó contrato a todas las integrantes de su plantel este martes mostró que esa apuesta no fue en vano y que puede armar con sus suplentes un equipo tan competitivo como el de las titulares.

Sobre un césped impecable, que cansó a las jugadoras millonarias acostumbradas al sintético de la cancha auxiliar del Monumental -un estadio en el que nunca en la historia se les permitió jugar-, Lorena Benítez mostró la calidad que la llevó a ser la mejor del torneo. Y fue de sus pies que nació el 1-0, a los 13 minutos, cuando Troncoso se llevó la marca y Huber anotó ante la salida de la arquera Molina, y también el tercero por su pegada desde afuera del área. Entre esos tantos, se intercaló el golazo al ángulo de Rodríguez que rompió el partido.

La volante central de la Selección se adueñó del medio, un sector que River perdió y nunca volvió a recuperar. La ventaja física también se notó en los ataques por derecha que terminaron en el cuarto y el quinto, a través de una jugada de Troncoso que coronó Vallejos (autora también del 7-0) y una de Vallejos en el último ataque del primer tiempo que selló Ojeda, quien un rato más tarde se recibió como goleadora del Torneo Transición con 10, uno más que la millonaria Carolina Birizamberri.

Fue la uruguaya Birizamberri la que más lo intentó, aún con el partido 0-7. No fue fácil para River, que hasta debió escuchar por los parlantes que en los cantos grabados de hinchas les pidieran “poner más huevos”, soportar otra goleada con el clásico rival. Aunque podrá tener revancha pronto, cuando participe -al igual que Boca- de la Copa Libertadores que se jugará en Argentina del 5 al 21 de marzo.

Las Gladiadoras, en cambio, no debieron vestir armaduras en la tarde-noche de Liniers. La pelota fue el escudo con el que siempre salieron a atacar. Tanto contra River como antes; no en vano son los siete partidos con valla invicta ni los 32 partidos sin perder. La coronación que tardó siete años en vivirse es merecida en un plantel experimentado, que no se conformó con aquellos cinco goles del primer Superclásico profesional y fue por más en esta histórica final. Un partido que marca un antes y un después para las mujeres: sin nosotras, nunca más.

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Lisandro López sorprendió a todos, decidió irse de Racing y jugará en Atlanta United

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El capitán anunciará su salida del club este martes en una conferencia de prensa. Será dirigido por Gabriel Heinze en la MLS. “Más no le podemos pedir. Vino y dio todo”,  dijo el presidente Víctor Blanco

La noticia sacudió las fibras íntimas de Racing, justo cuando todo giraba en torno a la presentación de Juan Antonio Pizzi, que será este miércoles en el Cilindro. En el momento menos esperado, Lisandro López decidió dejar el club. El capitán, último ídolo vigente, jugará en el Atlanta United de la MLS, el equipo que dirige Gabriel Heinze. Su idea es radicarse en Estados Unidos. El propio delantero, que en marzo cumplirá 38 años, lo anunciará este martes a las 12.30 en una conferencia de prensa que se llevará a cabo en el Recinto de Honor.

“Más no le podemos pedir. Vino y dio todo”, le dijo Víctor Blanco a Clarín. El presidente, además, es el suegro del jugador, quien está casado con su hija Mercedes, madre de Guadalupe, una beba de 3 meses. La familia López se instalará en Norteamérica. Racing le dará el pase libre.

Lisandro le comunicó su decisión a Blanco y hubo sorpresa. Especialmente, para Rubén Capria. El Mago, flamante manager de la Academia, había hablado con el referente. Quería que marcara el rumbo del vestuario junto a Darío Cvitanich (36) e Iván Pillud (34).

Hace tiempo que Licha venía madurando esta posibilidad. ¿Cuánto habrá tenido que ver el parate por la cuarentena, la complicada organización del fútbol argentino y sus desniveles? El atacante nacido en Rafael Obligado estuvo 25 partidos sin hacer goles. Recién quebró la racha en la última fecha de la Fase Complementación contra Newell’s.

Después de la partida de Diego Milito, quien decidió renunciar a su cargo como secretario técnico por diferencias con la Comisión Directiva, la salida de López es otro golpe al corazón celeste y blanco. También, una baja que será más sensible en el vestuario que en el campo de juego. Se dio el gusto de ser dos veces campeón con Racing: ganó la Superliga y el Trofeo de Campeones, ambos en 2019.

Pizzi sabe que no contará con Lisandro. Deberá apostar por Cvitanich, Jonatan Cristaldo y Nicolás Reniero. ¿Incorporará otro delantero?

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