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Sociedad

Vivieron 40 años sin saber que la otra existía: la increíble forma en la que una médica y una maestra descubrieron que son hermanas

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Oriana y Victoria viven a 1.500 kilómetros de distancia. Durante años, buscaron sus orígenes biológicos por los mismos lugares, aunque sin cruzarse. Creyeron que habían agotado los caminos pero una foto hallada de madrugada en plena pandemia fue la llave para empezar a develar la verdad.

A la izquierda, Oriana. A la derecha, Victoria. De fondo, la guirnalda que colgó para darse la bienvenida

Una guirnalda de flores de cartulina atraviesa la pared justo detrás de la sonrisa de Victoria. Es maestra jardinera y se nota que las flores fueron recortadas a mano, pero la decoración no tiene que ver con los chicos sino con lo que acaba de enterarse.

Victoria tiene 40 años: 40 años en los que creyó que era hija única. Pero hace poco, desvelada en plena pandemia, encontró una foto en Internet que primero la dejó perpleja y luego la empujó a tirar del hilo para empezar a develar la verdad. La guirnalda de flores quedó del día en que encendió la computadora y escuchó del otro lado la voz de Oriana, su hermana, decirle: “Bienvenida a mi vida”.

Victoria, la primera en enterarse que no era hija biológica de sus padresVictoria, la primera en enterarse que no era hija biológica de sus padres

De las dos, fue Victoria Tedesco la primera en enterarse de que no era hija biológica de sus padres. “No sé por qué pero yo siempre había sentido que no iba a poder ser mamá. Y a los 24 años quedo embarazada y, efectivamente, lo pierdo”, arranca Victoria desde San Martín de los Andes, donde vive.

“Me puse muy mal y mi mamá viajó para ayudarme y estar conmigo. Fue ahí, hace 16 años, que se sentó y me dijo: ‘Te tengo que sacar una mochila de encima, porque no es tu mochila, es mía. Fui yo la que no pude quedar embarazada, vos sos nuestra hija del corazón”.

“Las coincidencias son increíbles, creer o reventar”, interrumpe Oriana Moscheni, 41 años, médica oncóloga del Hospital Durand, desde Buenos Aires. Y lo dice porque la pérdida de un embarazo también fue un detonante para ella. “La primera vez que quedé embarazada me llamó la atención: yo me sentía muy mal y mi mamá no me acompañaba demasiado. Le preguntaba cómo se había sentido en su embarazo y ella no hablaba del tema. Yo sabía que le había costado tenerme, que había sufrido muchas pérdidas, esa era la historia que me habían contado, y creí que no podía hablar por lo traumático que había sido”.

Oriana tuvo a su hijo, que ahora tiene 7 años, pero perdió el segundo embarazo. “Y me pegó muy, muy, muy mal. Me deprimí mucho y ahí sí dije ‘algo pasa acá’, ‘algo no me está cerrando’”, cuenta a Infobae.

La Dra Oriana Moscheni en su trabajo (Foto gentileza: Adrián M. Arellano)La Dra Oriana Moscheni en su trabajo (Foto gentileza: Adrián M. Arellano)

La diferencia con Victoria fue que los padres de Oriana no pudieron contarle la verdad en ese momento. “Le dije a mi mamá que había empezado a dudar de mi identidad. La única foto que había era de ella conmigo recién nacida y ella estaba impecable. Yo ya era mamá, ya sabía que al día siguiente de parir no estás impecable. Así que le hablé de mis dudas y ella, llorando, me contestó: ‘Es culpa mía porque no tengo fotos embarazada’. No se animó a contarme. Un tiempo después empezó con una demencia moderada, fue como una desconexión, los silencios a veces son mochilas muy pesadas. Tampoco llegué a tiempo a hablar con mi papá”, sigue la médica.

Su papá supo que ella había empezado a dudar y, “de un día para el otro, se enfermó: cáncer de pulmón. Murió en cinco meses. Justo yo soy oncóloga, fue durísimo para mí. Creo que fue toda una movilización de silencios que estaban saliendo a la luz y no lo pudo manejar”, piensa. Su papá – “uno de los grandes amores de mi vida”- murió un 5 de agosto, una fecha que hacía hundir a Oriana hasta ahora, que se enteró de una nueva coincidencia: 5 de agosto es la fecha de nacimiento de Victoria.

Victoria junto a su papá en su comuniónVictoria junto a su papá en su comunión

La historia es una cadena, un dato que se trenza con otro: Victoria también tenía devoción por su papá. Y también pareció haber en su vida algo que se fue para dejar espacio a lo que estaba naciendo: su papá murió en el Hospital Durand, el mismo hospital en el que trabaja Oriana.

Las búsquedas

Después de que su mamá le sacara aquella “mochila”, Victoria empezó a hacer tratamientos de fertilidad y logró lo que siempre había creído que no iba a poder: ser madre. Desde San Martín de los Andes, sigue:

“Y en 2009, después del nacimiento de mi hijo y de la muerte de mi papá, empecé a buscar mis orígenes biológicos. Mi partida de nacimiento decía que había nacido en el 80, así que fui a Abuelas para ver si era hija de desaparecidos y dio negativo. Me metí en grupos de búsqueda en Facebook pero a veces entraba y salía un tiempo, porque las búsquedas no son fáciles. Yo tuve una infancia hermosa pero ahí escuchás historias muy crueles y a veces necesitás salir y descansar para poder seguir”.

Oriana y su hermana, en fotos de la misma época. Se llevan 19 mesesOriana y su hermana, en fotos de la misma época. Se llevan 19 meses

Otros datos de la historia de Victoria hacen espejo con la de Oriana: “Mi papá también había fallecido, yo tampoco podía preguntarle. Y mi mamá también empezó con problemas de memoria, increíble”. Las dos conocen la diferencia entre una adopción legal y una ilegal pero “mamá” y “papá” son las palabras que eligen para nombrarlos.

Como su partida de nacimiento estaba firmada por una partera llamada Rosa Petitto, Victoria se sumó a un grupo de buscadores que compartían ese dato. Aunque sigue sin saber si fue entregada o si hubo dinero de por medio, sabe que la partera era parte del sistema. Oriana fue siguiendo el mismo recorrido pero años después, caminaba sin saberlo detrás del rastro de su hermana.

Tampoco Oriana, que había nacido en el 79, era hija de desaparecidos. Y luego de que el test de ADN en la CONADI (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad) cerrara esa puerta, Oriana revisó su partida de nacimiento. Tenía la firma de la misma partera, Rosa Petitto, por lo que se sumó al mismo grupo de buscadores. “El tema es que llegué justo cuando Victoria, agotada de buscar, se había ido”.

Oriana llegó al mismo grupo en el que estaba su hermana justo cuando ella había decidido irseOriana llegó al mismo grupo en el que estaba su hermana justo cuando ella había decidido irse

El desfasaje en los tiempos fue porque Oriana había empezado a buscar muchos años después que Victoria, cuando había logrado confirmar de boca de una tía lejana “que mis sospechas eran ciertas: no estaba loca”.

Con la confirmación, Oriana se sentó con su núcleo más íntimo y les dijo: “No vengo a juzgarlos, porque la cabeza de 1979 no es la misma que la de ahora: vengo a liberarlos”. Me dijeron que siempre habían sentido que me habían salvado, porque iba a ser abandonada. Que no me lo habían contado para protegerme, que creían que esa verdad me iba a empujar a una búsqueda sin sentido, que me podía encontrar con una historia triste”.

A juzgar por la guirnaldas y las sonrisas, no fue eso lo que pasó. En ese “vengo a liberarlos”, Oriana largó el enojo y despejó el camino.

Un encuentro insólito

Las dos -una en Neuquén, la otra en Buenos Aires- habían entrado en un bache. No eran hijas de desaparecidos y, al no haber un Banco de Datos Genético en el país disponible para los hijos apropiados por fuera de la última dictadura, no sabían por dónde ni a quien buscar.

La única diferencia entre ellas era que Oriana había enviado una muestra de su ADN a Estados Unidos para hacer lo que se conoce como “Family tree” (árbol familiar). Pero nadie de su árbol genealógico había enviado una muestra al mismo Banco, por lo que no obtuvo ningún “match”. La ilusión de que alguien la estuviera buscando se diluyó. Pero sus datos quedaron ahí, a la espera.

Victoria junto a sus compañeras de trabajoVictoria junto a sus compañeras de trabajo

Victoria conocía el sistema pero no lo había hecho porque no había podido juntar los dólares. “Hasta que una noche, hace dos meses y medio, desvelada, me puse a buscar algo en Internet. Eran las tres y media de la mañana, mi marido y mi hijo dormían”, sonríe Victoria.

“De repente veo una página llamada “Mamá te busca’ y me llamó la atención. Empecé a leer las historias y apareció una foto: era yo, pero no era yo. Fui y lo desperté a mi marido. ‘Mirá’, le dije, nada más que eso. Y me contestó: ‘¿Qué hacés publicando fotos tuyas a esta hora?’. Ok, no era yo sola la que me había visto igual a la mujer de la foto. A la mañana le mostré la foto a mi hijo de 11 años. Me dijo: ‘Mami, qué lindo te queda el traje’. También él pensó que era yo”.

No era Victoria la de la foto sino la Dra. Oriana Moscheni, vestida con saco y pantalón de vestir en un congreso médico.

Arrebatada, le escribió de madrugada. “Hola, mil disculpas, te escribo porque te veo parecida a mí. Te dejo mi número”. Por miedo a ilusionarse y volver a chocar, Oriana respondió en seco: “Puede ser, en las fotos de la comunión puede ser que seamos parecidas”, dijo. Su profesión de médica la llevó, en cambio, por el camino de lo científico: le contó que había mandado el ADN a Estados Unidos y le preguntó si ella lo había hecho.

“Yo no había podido hacerlo, le conté que estamos complicados económicamente, la situación no es fácil”, sigue Victoria, que padeció el impacto que sufrieron muchas maestras jardineras con las instituciones cerradas por el COVID-19. “Pero ahí apareció mi mejor amiga que veía las foto de Oriana y gritaba ¡son iguales, son iguales! Y fue ella la que me dijo: ‘Yo te regalo el ADN para tus 40’”.

Una de las fotos en las que más parecidas se ven: la comuniónUna de las fotos en las que más parecidas se ven: la comunión

El día posterior a la muerte de Maradona, en Buenos Aires Oriana se levantó a llorar, como la mayor parte del planeta. “Me preparo el desayuno y me entra un mail del Family Tree que decía: ‘Tenés una coincidencia inmediata’. Me empezaron a temblar las manos, imaginate: coincidencia inmediata es padre, madre o hermanos. Cuando lo abrí decía FULL SISTER y al lado había una foto de Victoria”.

Oriana despertó a su marido llorando y todo lo medida que había sido se le fue en un segundo: le escribió a Victoria, que estaba en una reunión de madres y padres del colegio, y le puso “hola Victoria, llegaron tus resultados, fijate, por favor fijate”. Le insistió para que los mirara y Victoria, que sabe algo de inglés, se abatató tanto que tuvo que escribir FULL SISTER en el traductor de Google para asumir lo que estaba leyendo. Al lado de una foto de Oriana decía sí: “Hermana total”, misma madre biológica, mismo padre biológico”.

"Nos queda el resto de la vida para construir una hermandad", creen“Nos queda el resto de la vida para construir una hermandad”, creen

Lo que siguió al mail, dos días después, fue la escena de las guirnaldas, donde lloraron apenas empezaron el zoom, donde se presentaron a sus maridos y a sus hijos y donde descubrieron lo cerca que habían estado siempre: habían vivido más de 20 años en barrios vecinos, una en Devoto y otra en Villa del Parque, sus colegios estaban a 15 cuadras de distancia. Descubrieron, también, que habían necesitado alejarse porque a veces, de lejos, se ve mejor.

“No puedo creer que justo en este momento no tengo la plata para pagar un pasaje de avión para ir a abrazarla”, se agarra la cabeza Victoria. Oriana, la hermana mayor, piensa en el ahora y también hacia adelante: “Todos los que buscamos venimos de historias tristes, no podemos hacer nada para cambiar eso. Pero nosotras pasamos por lo mismo, no tenemos culpas para echarnos, sino que somos de acá para adelante”, se despide. “Pasamos 40 años creyendo que éramos hijas únicas y todos los años que nos quedan son para construir esta hermandad. Por eso vengo pensando: yo estaba buscando en el pasado y lo que encontré fue futuro”.

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Sociedad

“Está todo perdonado, no tengo rencor”, aseguró el padre de una de las víctimas del choque en Tigre

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Guillermo Rossi despidió a su hijo Franco y le dedicó palabras a Joaquín Duhalde Bisi, quien manejaba borracho y sin registro.

El papá de uno de los jóvenes fallecidos en el trágico accidente en el Camino de los Remeros de Tigre, cuando el conductor del Audi A4 manejaba alcoholizado y chocó contra un guardarrail, hizo un conmovedor descargo por Twitter: “No tengo rencor“.

Guillermo Rossi es padre de una de las víctimas, Franco Rossi (18), y escribió en su cuenta de Twitter (@guillermo4398) motivado por defender la memoria de su hijo y aclarar que él no estaba alcoholizado.

“Uno de los fallecidos es mi hijo Franco Rossi. Espero que entiendan que el no manejaba. Solo pido que respeten el dolor de mi familia en memoria de los muertos. Mi vida se apaga“, tuiteó en primera instancia.

Inmediatamente comenzaron a llegarle mensajes de aliento y, como siempre en Twitter, también respuestas polémicas, a las que los demás usuarios se encargaban de señalar.

Rossi les contestó a varios de los que lo saludaron y entre esas respuestas también contó varios detalles y habló del autor del accidente, Joaquín Duhalde Bisi.

Lamento el escrache mi hijo, no tenía alcohol en sangre, manchan su memoria. Abrazo y gracias”, le contestó a uno. “Franchu no estaba alcoholizado y sin embargo se fue”, le dijo a otro.

Joaquín Alimonda (19) y Franco Rossi (18) murieron en el acto.

Joaquín Alimonda (19) y Franco Rossi (18) murieron en el acto.

“En la autopista a mi hijo le dio 0. Estaba aparentemente dormido y Franco no manejaba y tenía mi autorización. Dos veces a EE.UU. una a Sudáfrica el solito, y vos crees que me carga culpa? No ninguna”, le respondió a otra.

Luego, en otros tuits negó una supuesta fiesta. “Ni hubo fiesta ni nada, eran 5 amigos y el destino los enfrentó”, agregó.

En otro mensaje, Rossi dijo que lo que atraviesa es muy duro. “Hoy quisiera que me lleve a su lado, pero Franchu tiene 4 hermanos, no puedo viajar todavía y esa paz espero encontrarla”, se descargó en otro escrito.

Por último, dijo que “ya está todo perdonado eran amigos y no tengo ningún rencor“, en relación al conductor del auto, quien se encuentra detenido en la comisaría de Villa La Ñata.

El caso

Joaquín Duhalde Bisi (19) estaba borracho y manejaba sin registro la madrugada del domingo, cuando perdió el control del Audi A4 de su papá en Tigre y chocó. En el incidente murieron dos de sus amigos, Franco Rossi (18) y Joaquín Alimonda (19).

En el auto también iba Mateo Lezama (18), quien se salvó por estar en el asiento de atrás del conductor.

Duhalde Bisi está acusado de “doble homicidio simple con dolo eventual”, que prevé una condena de 8 a 25 años de cárcel, y, subsidiariamente, de “doble homicidio culposo agravado por la pluralidad de víctimas, el consumo de alcohol y la alta velocidad a la que conducía”, con penas de 3 a 6 años de prisión.

Joaquín Alimonda, Joaquín Duhalde BIssi - el conductor del vehículo- y Franco Rossi eran amigos desde el colegio secundario.

Joaquín Alimonda, Joaquín Duhalde BIssi – el conductor del vehículo- y Franco Rossi eran amigos desde el colegio secundario.

Cuando el Audi A4 impactó contra el guardarrail, lo arrancó completo. “Luego de ingresar por la parte trasera de la rueda delantera derecha, los 25 metros que tiene de largo cruzaron el coche en sentido hacia la izquierda, y salieron”, detallaron fuentes de la investigación.

La pericia del alcoholemia, cuyo test certificado ya está en manos del fiscal, había arrojado que Duhalde Bisi manejó esa madrugada fatal con 1,39 gramos de alcohol por litro de sangre: casi el triple de lo permitido.

Duhalde Bisi no tenía registro. El 31 de octubre pasado se lo retuvieron por no tener la VTV al día del Hyundai a nombre de su mamá que manejaba.

Aunque desde su entorno argumentaron que poseía la licencia digital en la aplicación Mi Argentina, fuentes de la investigación explicaron que en este caso ese registro digital no tiene validez, ya que había quedado incautado por la infracción.

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El calvario de Lucía: el juicio contra el suboficial de la Armada acusado de violarla se postergó para 2024

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La víctima batalló durante cinco años para lograr que la causa llegara al debate oral, suspendido dos veces. El imputado está libre.

“Se me va la vida esperando Justicia”, dice Lucía, como pidió esta ex marinera que la llamen allá por 2016. Por ese entonces, se conoció el calvario que padecía desde 2013 cuando, según su denuncia, un superior comenzó a acosarla y, luego, eso derivó en una situación de abuso en la Base Naval de Ushuaia.

Ahora, a más de 7 años de que comenzara el acoso y a 5 de que ella lo denunciara, Lucía otra vez grita por ayuda: le pidió este miércoles a la Justicia de Tierra del Fuego que revise la decisión de postergar hasta 2024 el juicio contra el acusado

Según le dijo la ex marinera a la agencia de noticias Télam, el Tribunal de Juicio en lo Criminal de Ushuaia decidió una nueva postergación para el inicio de las audiencias hasta el 16 de mayo de 2024.

La Justicia quiere empezar el juicio en tres años, cuando se cumplirán 11 del inicio de los supuestos abusos contra Lucía, de 32 años.

2016. Se conoce un caso del acoso sexual en la base Naval de Uhuaia.

2016. Se conoce un caso del acoso sexual en la base Naval de Uhuaia.

El caso involucra al suboficial Reinaldo Cardozo, de 56 años, a quien le imputan haber abusado de la mujer cuando ella tenía 25 años. Lucía debió someterse a un tratamiento psiquiátrico y psicológico.

Cardozo está acusado de “abuso sexual simple en concurso ideal con abuso sexual agravado con acceso carnal y por pertenecer el imputado a una fuerza de seguridad, los que concurren idealmente con el delito de amenazas coactivas y mediando violencia de género“.

Según especialistas, la causa puede sentar un precedente histórico porque “ventila hechos sucedidos dentro de una institución militar, pone en juego los códigos de silencio entre miembros de la Fuerza y echa luz sobre la violencia de género en ámbitos castrenses”, explicaron fuentes judiciales.

A 17 días

La fecha prevista para el inicio del juicio era el 29 de junio de 2020, pero debido a las restricciones sanitarias por la pandemia de coronavirus, el Tribunal suspendió las audiencias.

Luego, los jueces Alejandro Pagano Zavalía, Maximiliano García Arpón y Rodolfo Bembihy Videla resolvieron esta nueva postergación.

Lucía denunció a un superior.

Lucía denunció a un superior.

Lucía, como pidió siempre que se la identifique para resguardar su identidad, batalló durante 7 años hasta lograr que la justicia procesara a Cardozo por un rosario de delitos que incluyen el abuso sexual, amenazas y la violencia de género, según surge del expediente judicial.

“Se me va la vida esperando Justicia. Me costó mucho romper las cadenas del silencio para poder denunciar lo que me pasó. Fueron años de lucha y padecimientos, tanto físicos como psicológicos, que tuve que atravesar”, contó Lucía.

Lucía y su abogada, Sofía Barbisan, realizaron una presentación para solicitar que se adelante el juicio y no tenga que esperar otros tres años.

“Me genera una angustia tremenda saber que este abusador sigue libre, viviendo una vida normal y en actividad dentro de la Armada, donde yo sufrí su violencia y también la violencia institucional. Confío plenamente en la justicia fueguina, y por ello pido a los jueces que revean esta situación“, sostuvo la ex marinera.

También dijo que solicitó la intervención del Secretario de Derechos Humanos de la Nación, Horacio Pietragalla, y del director nacional de Políticas contra la Violencia Institucional, Mariano Przybylski.

“Necesito que mi caso siente un precedente dentro de las fuerzas armadas, que se termine la violencia de género y la violencia institucional. Y también quiero justicia y tranquilidad“, expresó Lucía, que sigue viviendo en Ushuaia y tiene otro empleo.

Un sueño roto

“Ingresé a la Armada en 2011 porque ser militar era un sueño y un anhelo. Yo veía los uniformes y sentía orgullo. Creía que podía servir a la Patria”, recordó.

Dos años después, comenzó el infierno. Lucía afirma que los abusos se produjeron a partir de 2013, cuando su superior, quien casi la doblaba en edad, estaba casado y tenía hijos, comenzó a acosarla sexualmente, hasta que en uno de esos hechos la encerró en un depósito y la violó. Cardozo era su jefe directo.

Otros abusos y persecuciones se habrían producido en 2014, luego de un período en el que el suboficial no estuvo destacado en Ushuaia. Según Lucía, todavía se paraliza cuando ve un uniforme militar.

“No puedo evitarlo. De hecho junté toda mi ropa castrense y la tiré a la basura. Necesito cerrar esta etapa“, concluyó.

Para entrar a la Armada, Lucía tuvo que realizar el curso en Puerto Belgrano, cerca de Bahía Blanca. Luego regresó a Ushuaia, donde su primer trabajo dentro de la fuerza fue el de camarera en la casa de suboficiales, a quienes les servía la comida.

La mujer comenzó denunciando los hechos ante el superior del suboficial, un militar con el grado de teniente, quien de inmediato le hizo sentir cómo sería la situación.

Tu palabra contra la de él no tiene valor. Además, la Armada te está dando trabajo, una casa, una obra social y la atención para tu hijo (que estaba siendo tratado por una enfermedad en Buenos Aires). No te conviene hacer nada“, le advirtió, según recordó Lucía en un reportaje de 2020.

Como la marinera insistía, comenzaron las “amenazas y persecuciones“: el acusado le bajó todos los conceptos de su legajo personal, por lo que al poco tiempo fue despedida como militar y reincorporada como personal civil.

En 2014, Cardozo fue trasladado a otro destino, pero al año siguiente regresó a Ushuaia y comenzó a acosarla otra vez. Fue ahí cuando la joven decidió hacer la denuncia ante la justicia.

Primero intervino la Justicia Federal, que se declaró incompetente, y después un juez provincial que no halló pruebas contra el acusado, quien fue beneficiado con dos “faltas de mérito”, hasta que el expediente quedó “en reserva” por falta de nuevas evidencias.

Lucía cambió de abogado y logró que la Cámara de Apelaciones apartara al juez y designara a una jueza, María Cristina Barrionuevo, que le dio un nuevo enfoque a la investigación.

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Coronavirus

“Sólo quiero 30 segundos lúcidos”: la emotiva carta de despedida de un investigador del Conicet antes de morir por coronavirus

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Hugo Míguez, doctor en psicología especializado en adicciones, escribió un mensaje con su celular antes de que lo intubaran. Falleció ocho días después.

“Sólo quiero 30 segundos lúcidos. Para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía.

El pedido fue escrito el 12 de abril por Hugo Míguez, un investigador del Conicet jubilado que murió ocho días después por coronavirus. Tenía 75 años.

El mensaje fue parte de una carta de despedida que Míguez escribió en su celular, al ver que su salud se deterioraba. Poco después quedó internado en la terapia intensiva del Hospital Italiano, donde falleció.

En su mensaje agradeció la atención recibida en el hospital. “Bernardo y otros médicos me escucharon. Luego me pusieron una mano en el hombro y se hicieron cargo de mí. No tengo hermanos. Esto ha sido lo más próximo que he descubierto de esa relación. Me protegió. Llamó todos los días a mi hija que amo y la contuvo. Le explicó. La protegió”, remarcó.

A modo de adiós, escribió: “Todavía no se como saldré. Y no me preocupa tanto. Y dicho con humildad. En serio. Saldré con paz y con cariño. Está muy bien. Tengo 75 años. ¡Carpe diem para nosotros todavía!”.

Luego, agregó: “Con estos pensamientos rondando desde hace unos años, muchas veces, me pregunté cómo quería mi salida. Sólo quiero 30 segundos lúcidos. Para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía. Me iré bien. Este hospital y su gente estará también en esos 30 segundos. Gracias, gracias, gracias”.

Graduado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y de la Escuela de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica, Míguez se especializó en el estudio de las adicciones.

Durante su larga trayectoria académica, trabajó como investigador del Conicet y consultor de diferentes organismos vinculados al tema del abuso del alcohol y las sustancias psicoactivasal. Tras su retiro, decidió seguir formándose y estudió Teoría e Historia del arte en la UBA.

La carta completa

Lunes 12 de abril. Hospital Italiano. Cama 1216… zona de trinchera.

“30 segundos” Busco dejar algo de lo aprendido en estos días de aislamiento, búsqueda de aire, revisión de sentido bajo la pandemia. Algo. Lo que pueda.

Mientras me enfermaba el Covid encontré algo en estas salas, en estos corredores, en la mirada de estas gentes.

Una cultura.

Un pathos.

Una emocionalidad antigua. Comprometida. Algo yaciendo silente, a la par de la ciencia y la tecnología.

Una cultura.

¿Qué significa descubrir una cultura en el Hospital Italiano en medio de un ataque como este?

Mucho.

Significa, contra lo que podría pensarse, que no es el resultado de muchísimas personas. Con roles marcados, tecnicaturas, profesiones, saberes, tecnologías, destrezas.

No. No es sólo eso. Es una matriz acogedora, extraordinariamente cálida y vivificante.

No es una nave científica que va a Marte. No. Esta va a la región más desolada de tu cerebro. Al caldo primordial de donde alguna vez nos arrastramos sin conciencia. Al lugar desde donde nos asusta el final del Covid llevándose nuestro aire.

Va al lado oscuro de tu cerebro para transformarse en una llamita con algo de calor y luz. Una cultura.

Me caí desmayado por la falta de aire y la desesperación y me encontré entrampado entre los muebles de la sala donde terminé. Donde me estrellé en la caída.

Unas manitas de enfermera tiraban de mí, Bibi.

Cuando crees que ya perdiste todo escuchas el braceo enérgico de la que podría ser hasta tu hija llegando a vos.

Braceando como pudo me alcanzó. Me abracé a ella y me di cuenta de que no estaba en un páramo sin vuelta atrás.

Entre todas me acostaron, me calmaron, me dieron su aire.

Una matriz regenerativa que es la que ayuda. Un supraorganismo como un micelio gigante que sustenta, sin que nadie lo vea exactamente, los bosques que lo acompañan.

Una cultura.

Llegué dispuesto a evitar prolongaciones que arañen dos meses más de sobrevida a costa de desesperación.

No rasguñar las piedras para mí.

Bernardo y otros médicos me escucharon. Luego me pusieron una mano en el hombro y se hicieron cargo de mí. No tengo hermanos. Esto ha sido lo más próximo que he descubierto de esa relación.

Me protegió. Llamó todos los días a mi hija que amo y la contuvo. Le explicó. La protegió.

No hay palabras. Es la matriz que regenera. La que de alguna manera cargamos los sapiens cuando nos fuimos de África. Nuestra estrategia. No preguntes por quién doblan las campanas, ya sabemos, suenan por vos y por mí, hermano.

Tuve que partir al servicio de terapia intermedia. Estaba inquieto. Aparecieron kinesiólogos, médicos, enfermeros. El mismo espíritu. Las médicas llamando a mi hija y ayudándola mientras ella me ayudaba a mí.

La matriz regenerativa y matriarcal de la viejísima Europa. Cuando los pueblos como Huyuk no tenían murallas. Los matriarcados de miles de años atrás, que sostenían la cultura. Cuando las culturas matriarcales no habían sido barridas por los caballos de la edad del hierro.

Y de pronto… las manitas de Bibi, el desborde humanista y contenedor de Bernardo, la dulzura de la kinesióloga, la gente que te ayuda de todas las formas porque son una cultura que dice que sos valioso. Seguramente es cierto. Pero es porque te quieren desde lo más básicamente humano.

Una cultura regenerativa que también alcanza a los varones.

Todavía no se como saldré. Y no me preocupa tanto. Y dicho con humildad. En serio. Saldré con paz y con cariño. Está muy bien. Tengo 75 años. ¡Carpe diem para nosotros todavía!

Con estos pensamientos rondando desde hace unos años, muchas veces, me pregunté cómo quería mi salida.

Sólo quiero 30 segundos lúcidos. Para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía.

Me iré bien. Este hospital y su gente estará también en esos 30 segundos. Gracias, gracias, gracias.

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