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Un homenaje distinto: recordar Malvinas a pesar de la pandemia

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Aunque se suspendió la vigilia del 2 de abril en San Andrés de Giles, dialogamos con uno de sus organizadores y con otros veteranos de guerra sobre cómo revivir la gesta en este tiempo de cuarentena. Además, presentamos una selección de imágenes de la muestra itinerante “Malvinas, retratos de un sentimiento”, de la editorial TAEDA, que iba a ser parte del evento.

Desde 1982, todos los 2 de abril comienza un período especial para los veteranos y familiares de los caídos en la guerra de Malvinas; un período que se extenderá hasta el 14 de junio y que recorrerán con orgullo y con dolor. “Es la temporada malvinera”, resume el coronel Esteban Vilgré Lamadrid, veterano de Malvinas del Regimiento de Infantería 6. “Los recuerdos de los veteranos se encuentran a flor de piel. Se recuerda que muchos hicieron un gran sacrificio por su patria, encerrados en su trinchera, por un país mejor”.

Este año, en plena cuarentena obligatoria por la pandemia del COVID-19, el 2 de abril se vive de una manera particular. “No puedo dejar de comparar estos difíciles momentos con la guerra del año 82”, dice Alberto Puglelli, que preside el Centro de Combatientes de la ciudad de San Andrés de Giles. Exsoldado conscripto, Puglelli también participó en la guerra con el Regimiento de Infantería 6. Junto a otros veteranos, organiza todos los años una vigilia en las horas previas al 2 de abril en aquella localidad de la provincia de Buenos Aires para recordar y rendir homenaje a nuestros héroes. “El objetivo del encuentro es que todos los veteranos de guerra y sus familias estén juntos y, a la medianoche, encender 649 antorchas (el número de caídos argentinos en la guerra) y entonar las estrofas del himno nacional a capela, como se hizo el 25 de mayo en las islas o como lo hicieron los sobrevivientes del General Belgrano cuando se hundía su crucero”, describe Puglelli.

Aunque la vigilia de este año se suspendió en atención a los riesgos para la salud pública que podía conllevar, la tradicional actividad convirtió a San Andrés de Giles en la “capital de la malvinización”, como les gusta decir a sus organizadores. Posiblemente, el evento se lleve a cabo más adelante, una vez concluida la cuarentena, y contará con la exposición de la muestra itinerante “Malvinas, retratos de un sentimiento”, de la Editorial TAEDA, que exhibe imágenes tomadas por los fotorreporteros argentinos que cubrieron la guerra (algunas de ellas acompañan esta nota).

Un soldado argentino con su ametralladora antiaérea esperando por la llegada de los Harrier. Foto: Télam.

Un soldado argentino con su ametralladora antiaérea esperando por la llegada de los Harrier. Foto: Télam.

Malvinas en el espejo

En el marco de la pandemia que atraviesa el país y el mundo en estos días, es imposible no preguntarles a diferentes veteranos sobre su experiencia en momentos difíciles y de aislamiento. “Hoy, como en Malvinas, está presente la incertidumbre”, reconoce Vilgré Lamadrid, quien además fue, durante varios años, director del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas “Veteranos de Malvinas”. “Normalmente, en la vida diaria, uno se mueve en un mundo grande, en el trabajo, el transporte y otras cosas. Y, de repente, nos vemos circunscriptos a un mundo pequeño en el que descubrimos cosas que antes no mirábamos: la familia, el contacto directo, el hecho de compartir un plato. De la misma manera, en Malvinas, nuestro pequeño mundo era la trinchera, el camarada, la comida o el peligro que podíamos compartir. Eso es algo positivo de este ambiente en el que estamos sumergidos. Entonces, debemos frenar la locura y pasar a un mundo donde nosotros, nuestra vida y nuestra salud sean lo importante”, dice. Para Vilgré Lamadrid, los lazos que nos unen en este contexto son los que harán que, al final, uno pueda ser capaz de dar mucho más por el grupo.Por su parte, el coronel mayor VGM (R) Lautaro Jiménez Corbalán señala que la guerra no es otra cosa que una crisis llevada a su máxima expresión. “Esta pandemia que nos asola obligó también a los diferentes organismos del Estado a desarrollar estrategias, adoptar previsiones y actuar en forma acelerada. Por otro lado, la población, sin disponer de toda la información necesaria, debe acatar las órdenes emanadas que, en muchos casos, resultan incómodas y molestas, exactamente igual que en una guerra”, compara el veterano del Regimiento de Infantería 4.

En un alto de sus actividades, los soldados argentinos leen los periódicos nacionales. Foto: Román Von Eckstein.

En un alto de sus actividades, los soldados argentinos leen los periódicos nacionales. Foto: Román Von Eckstein.

Jiménez Corbalán también se refiere al accionar de la sociedad en general: “En 1982, eran las muestras de aliento, la algarabía en todo el país, las cartas a los soldados e, incluso, las donaciones que se hacían en forma masiva. Hoy ese apoyo tiene varias caras, uno es el esfuerzo económico que realizan muchos sectores que acatan las medidas con seriedad y conciencia solidaria. Por otro lado, están quienes siguen produciendo todo aquello necesario para que la vida continúe y se sostengan las acciones adoptadas. También podemos incluir los aplausos que, espontáneamente, la sociedad les ofrece a los que están en la primera línea. Esto, que parece algo menor, es fundamental para mantener alta la moral de quienes más se exponen”, manifiesta.

En diálogo con DEF, el general (R) del Ejército Argentino José Navarro, veterano de Malvinas de Grupo de Artillería Aerotransportada 4, describe que el ambiente de abril de 1982 se asemeja al actual en ciertos aspectos: “Muchos de los actores y las instituciones que estaban en primera línea en 1982 lo vuelven a hacer ahora, en 2020. Me refiero a las Fuerzas Armadas y de seguridad, y al personal de sanidad. Con desinterés, se han puesto en manos del Estado para poder ayudar a sus conciudadanos, poniendo en riesgo su vida y su salud”. Según Navarro, ambos contextos nos demuestran que el argentino, cuando se enfrenta a graves problemas y la nobleza de la causa lo amerita, permanece unido. “Son muestras de un profundo amor hacia la Patria y hacia el prójimo. Patriota es el conductor de un colectivo que hoy sabe que se arriesga y, sin embargo, por amor a sus conciudadanos, sigue haciendo su trabajo sin buscar excusas. Como lo es también el operario que está en un centro de distribución logística para que, gracias a su esfuerzo, nosotros podamos disponer de los recursos necesarios para enfrentar la cuarentena. Cuando escucho los aplausos, se me cruzan por la cabeza no solo los médicos, sino también quienes atienden un supermercado, aquellos que transportan mercadería, los que la distribuyen, todos, al igual que en 1982, están poniendo su granito de arena para hacer más grande la patria y más llevadero el esfuerzo y sacrificio que conllevan estas situaciones tan extremas como la guerra y la pandemia”, remarca.

Ante la alerta roja, los soldados corren a sus puestos por Ross Road. Foto: Eduardo Farre.

Ante la alerta roja, los soldados corren a sus puestos por Ross Road. Foto: Eduardo Farre.

La fe, los sentimientos y los recuerdos

“Si bien es cierto que quienes están en la primera y segunda línea entregan mayor cuota de sacrificio y abnegación, la sociedad toda contribuye en la lucha contra este flagelo invisible pero letal. Si el sacrificio, el esfuerzo patriótico y la solidaridad son compartidos, las posibilidades de salir mejor parados como sociedad, después de esta pandemia, darán sus frutos”, destaca Jiménez Corbalán.

Puglelli también trae al presente lo vivido con su compañero de carpa, Carlos Dupuy, en una ocasión en la que este último presentaba un cuadro febril: “Decidí ir al puesto sanitario por alguna medicina. El medicamento fue la típica pastilla blanca tan efectiva para todo. Cansado de tanto caminar, llegué a la posición, le suministré el remedio como me lo indicaron y, a las dos horas, le di la segunda dosis. El tardío amanecer nos encontró sin carpa, el viento nos la había volado; estábamos empapados por el agua de la lluvia, pero contentos, porque había nacido una amistad que perdura hasta estos días”. El veterano recuerda esa historia para señalar que es en estos momentos cuando hay que dejar las mezquindades de lado, compartir y cuidar.

Domingo 2 de mayo de 1982, pasadas las 16 horas, dos estallidos sacuden al crucero General Belgrano. La mole herida por dos torpedos lanzados desde un submarino nuclear comienza a escorar y más de 300 hombres pierden la vida. Foto: Archivo DEF.

Domingo 2 de mayo de 1982, pasadas las 16 horas, dos estallidos sacuden al crucero General Belgrano. La mole herida por dos torpedos lanzados desde un submarino nuclear comienza a escorar y más de 300 hombres pierden la vida. Foto: Archivo DEF.

Jiménez Corbalán recuerda lo vivido el 3 de mayo de 1982, cuando se encontraba en el monte Harriet. Como subteniente, estaba a cargo de una sección de Infantería: “Esa tarde, a las 15 aproximadamente, llega un estafeta anunciando que debía apersonarme al puesto de comando del jefe de la compañía, el entonces teniente primero Carlos Alberto Arroyo. Cumplí la orden y asistí. Al ingresar a la carpa, saludé y de inmediato noté un ambiente apesadumbrado y tedioso. Arroyo, con frases bien pensadas pero dramáticas, nos contó que el día anterior, en horas de la tarde, habían hundido el crucero ARA General Belgrano; habían muerto 323 valerosos marinos. Nuestros rostros se transformaron y nuestras cabezas se sacudían sin entender. Lo cierto era que la guerra ya no tenía vuelta atrás y, desde ese instante, todos sentimos que ayer habían sido ellos y que, mañana, seguirían otros o quizás nosotros mismos”. Esa anécdota, sostiene, le recuerda que es en esos instantes cuando la convicción de lucha, la preparación espiritual interior, el adiestramiento y el equipamiento disponible nos dan las herramientas necesarias para no sucumbir y sentir que podemos enfrentar lo que sea necesario.

Cargado con bombas y cohetes, un Pucará sobrevuela el malecón de Darwin. Busca tropas inglesas en Pradera del Ganso. Foto: Télam.

Cargado con bombas y cohetes, un Pucará sobrevuela el malecón de Darwin. Busca tropas inglesas en Pradera del Ganso. Foto: Télam.

El coronel Vilgré Lamadrid recuerda que, en la guerra, se hablaba mucho de Dios y del patriotismo, “pero, en la medida en que se acercaban los combates finales, todos esos valores, expresables en una charla, se iban perdiendo. Al final, en el combate, uno pelea por el que está al lado”. En ese contexto, rescata la anécdota de los soldados Adorno y Balvidares. Era uno de los combates finales, en la madrugada del 14 de junio: “Adorno fue herido en dos partes e intentaba replegarse en medio de los tiros. Balvidares regresó, buscó a Adorno y se replegó con él, apoyado en su hombro, mientras los tiros le caían cerca. Lo llevó hasta el puesto de socorro y volvió al lugar donde estaba la sección. Recuerdo que me pidió munición y, a los pocos segundos, nos alcanzaron unas ráfagas; él murió con un tiro en el cuello. Hablando de estos pequeños mundos, seguramente Balvidares no pensó en el momento en que dejaba a Adorno que debía estar haciendo algo heroico. Él obró como sentía, sus camaradas estaban en peligro y él no concebía estar separado”. Tal como decía en una entrevista con DEF en 2019 otro veterano de Malvinas, Mauricio Fernández Funes, general retirado del Ejército y director ejecutivo de la Fundación Criteria, “el miedo a la muerte, tan natural, es nada al lado del horror de fallarle al amigo o a la patria”.

Así quedó un Harrier abatido por la artillería argentina. Foto: Eduardo Farre.

Así quedó un Harrier abatido por la artillería argentina. Foto: Eduardo Farre.

“Lo que más me acerca Malvinas a estos tiempos son mis 44 días como prisionero de guerra”, recuerda José Navarro, y continúa: “A mí me tocó estar encerrado entre camarotes y habitaciones estrechas sin ver la luz del día, sin poder mirar la hora, ni saber en qué fecha estaba. Estuve sin poder comunicarme con mi familia para transmitirles que estaba vivo. Éramos 12 prisioneros que convivimos y llevamos adelante una profunda amistad a través de los años, producto del esfuerzo y de la entereza que tuvimos en aquellos días de encierro. No son malos recuerdos, al contrario, veo lo positivo de esas circunstancias. La camaradería y el amor de uno hacia el otro, rezando juntos, compartiendo las comidas o golosinas, fortaleció enormemente a ese grupo humano”.

La Fragata Antelope no pudo sobrevivir a las acciones combinadas de los aviones de la Fuerza Aérea y la Armada. Foto: AFP.

La Fragata Antelope no pudo sobrevivir a las acciones combinadas de los aviones de la Fuerza Aérea y la Armada. Foto: AFP.

La patria somos todos

“Lo cierto es que en Malvinas hubo héroes que dieron la vida por todos y actos heroicos que la gente aún desconoce a causa de la ‘desmalvinización’. Héroes, como lo son hoy el personal de sanidad, el de las fuerzas de seguridad y todos aquellos trabajadores y profesionales que luchan contra la pandemia”, concluye Puglelli.

A la vieja usanza de la Segunda Guerra Mundial, un suboficial pinta en el costado del A4BC-239 la silueta de la Fragata Brilliant, atacada el 12 de mayo de 1982. Foto: Fuerza Aérea Argentina.

A la vieja usanza de la Segunda Guerra Mundial, un suboficial pinta en el costado del A4BC-239 la silueta de la Fragata Brilliant, atacada el 12 de mayo de 1982. Foto: Fuerza Aérea Argentina.

“Al haber servido muchos años en nuestro querido Ejército, conozco de la entrega y la abnegación del personal militar, del policía, del gendarme, del prefecto, del bombero y de muchos otros. Ellos, siendo muchas veces ignorados, e incluso despreciados, siguen y seguirán dando entrega por nosotros, porque ese es su deber y es el sentimiento solidario por el que juramentaron a la patria”, asegura Jiménez Corbalán, quien, desde hace algunos años, comenzó una cruzada personal a la que denominó “el gracias”. “Todo surgió ante el incremento alevoso de asesinatos a policías. Pensaba si alguien alguna vez les había dicho: ‘¡Gracias!’”, relata Jiménez Corbalán. La idea es acercarse al personal de seguridad, a los médicos de emergencias y a los bomberos y darles las gracias. Confiesa que algunos se sorprenden y, otros, le preguntan por qué lo hace. La respuesta siempre es la misma: “Porque estás dispuesto a dar la vida por mí y te lo digo ahora, porque mañana, quizás, sea demasiado tarde”, dice el general retirado.

Estoico, casi solitario, el soldado custodia la entrada de la Base Militar Malvinas. Foto: Eduardo Farre.

Estoico, casi solitario, el soldado custodia la entrada de la Base Militar Malvinas. Foto: Eduardo Farre.

Un deseo

“Mi deseo es que, después de esta calamidad, quedemos fortalecidos como sociedad para enfrentar la vida, como lo hizo la guerra”, expresa el veterano de San Andrés de Giles. “Hoy hay una primera línea que son los médicos y las fuerzas de seguridad y Armadas apoyándolos. No hay actos heroicos. Hay acciones propias de la profesión que elegimos para vivir en sociedad. Me gustaría que esto nos sirva para recuperar valores. Que los dirigentes políticos entiendan que están al servicio de su pueblo. Ni el dinero ni el confort detienen a este virus, por eso, cuidar de nosotros y de nuestras familias es lo más importante”, añade Vilgré Lamadrid, quien también comparte el deseo de que, cuando el virus pase y nos toque jugar “el segundo tiempo”, seamos mejores personas y mejor país.

El desenlace se acerca: los soldados avanzan para defender una posición en Puerto Argentino. Foto: Eduardo Farre.

El desenlace se acerca: los soldados avanzan para defender una posición en Puerto Argentino. Foto: Eduardo Farre.

Para Vilgré Lamadrid, es el momento de recordar acciones heroicas de ciudadanos comunes que, en algún momento de su vida, hicieron algo extraordinario por el país. “Por eso, me gustaría que este 2 de abril pongamos una bandera en las ventanas para poder sacarla el 14 de junio, cuando ya seguramente el coronavirus habrá superado su pico y estaremos volviendo a nuestra vida cotidiana”.

“Me gustaría que este 2 de abril pongamos una bandera en las ventanas para poder sacarla el 14 de junio, cuando ya seguramente el coronavirus habrá superado su pico y estaremos volviendo a nuestra vida cotidiana”, desea Esteban Vilgré Lamadrid.

El fin: en fila india y desarmados, estos conscriptos caminan en fila india hasta donde quedarán acantonados. Foto: AFP.

El fin: en fila india y desarmados, estos conscriptos caminan en fila india hasta donde quedarán acantonados. Foto: AFP.

En estos días, para Navarro, es importante permanecer unidos. Él entiende que la entrega individual produce una fuerza colectiva. En ese sentido, y teniendo en cuenta los aniversarios vinculados a Malvinas que se vivirán hasta el 14 de junio, manifiesta que el mejor símbolo de respeto es el silencio, el aplauso o simplemente el recuerdo de nuestros caídos: “Tener presente a los padres que quedaron sin un hijo, a los hijos que quedaron sin un padre. A los argentinos –oficiales, suboficiales y soldados– que murieron en combate con la esperanza de recuperar nuestras islas con total entrega, convicción y profundo sentido de amor y respeto. No comparto cuando se dice que fue una guerra inútil, no lo fue en la medida en que hemos demostrado al mundo –y a nosotros mismos– que somos capaces de luchar por una causa justa y noble. Este 2 de abril me gustaría un fuerte aplauso y un ‘Viva la Patria’ desde lo más profundo del ser. Para que nuestros verdaderos héroes entiendan que no los olvidamos y que nos sentimos orgullosos de su entrega”, concluye.

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Nacionales

Tragedia en Río Bermejo: hallan otro cuerpo y buscan a dos bebés que cayeron al agua

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Viajaban en un gomón que naufragó. La Policía confirmó la muerte de un hombre de 26 años y de una mujer que aún no fue identificada.

Luego que un gomón con 26 personas naufragara en el Río Bermejo cuando intentaba cruzar de manera ilegal la frontera entre Salta y Bolivia, las autoridades encargadas de la búsqueda de desaparecidos informaron que este jueves por la tarde encontraron el cuerpo de una mujer, por lo que ya son dos los fallecidos en el accidente.

Durante la mañana de este jueves desde la Policía de Salta informaron el hallazgo del cadáver de Ángel Damián Quispe Santos (26 años, boliviano). Más tarde, voceros oficiales confirmaron que encontraron un segundo cuerpo, a dos kilómetros del lugar en el que apareció el gomón. Se trata de una mujer que aún no fue identificada.

Fuente de la investigación precisaron que la búsqueda comenzó el miércoles, con la hipótesis de seis desaparecidos en base al testimonio de un hombre que logró ser rescatado ileso del cauce del río por el accionar de personal de Gendarmería Nacional.

Pero más tarde se supo que en la embarcación viajaban 26 personas. El cruce del río es parte de una actividad informal, por lo que no existen registros de quienes viajaban en el bote.

Voceros policiales señalaron que ya se confirmó que 22 personas sobrevivieron a la tragedia. Por esa razón, la búsqueda continúa enfocada en tres personas, una mujer -resta confirmar si se trata del cuerpo hallado este jueves- y dos bebés de uno y tres meses, de los que todavía nada se sabe.

El vocero de la Policía de Salta, Miguel Velardez apuntó que las tareas de búsqueda se suspendieron en los primeros minutos de la madrugada de este jueves debido a las condiciones climáticas. Se retomaron unas horas después, aunque el cauce del río creció considerablemente por las intensas lluvias registradas en Bolivia.

El hecho ocurrió cuando la precaria barcaza, que había partido desde la localidad salteña de Aguas Blancas hacia Bermejo, en Bolivia, a través del cauce del río Bermejo, intentaba cruzar la frontera de manera ilegal.

Al atravesar una palizada, el gomón sufrió una rotura, lo que motivó que muchos de los ocupantes de la barcaza se lanzaran al río para salvar sus vidas, nadando hacia la orilla.

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Un año de coronavirus y más de 50.000 muertos: las historias de los que perdimos y no pudimos despedir

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El 3 de marzo de 2020 comenzó la pandemia en la Argentina. El 7, falleció Guillermo Gómez, la primera víctima de COVID-19. Aquí, diez casos emblemáticos que narran cómo se esparció el dolor por el país

Nos acostumbramos a demasiadas cosas. Nos acostumbramos a convivir, desde hace un año, con un reporte diario de las cifras de la pandemia. Nos acostumbramos a esa palabra, “pandemia”, y también a medirla en números, porque ponerles nombre es demasiado doloroso. ¿Cómo naturalizar la crueldad de no poder despedir a nuestros muertos, de hijos viendo morir a sus padres a través de una ventana o un teléfono, de familias sin derecho a velar a los que amaron?

Casi 53.000 personas murieron en la Argentina por coronavirus, la mayoría tenía más de 60 años y patologías previas. Recordar hoy algunas de sus historias es un intento de darles esa despedida que tantos no pudieron tener. Una forma de duelo colectivo que nos permita honrarlos para seguir adelante.

Guillermo Abel Gómez, el primer muerto por COVID-19 en el país
Guillermo Abel Gómez, el primer muerto por COVID-19 en el país

El primero en morir fue un sobreviviente

Las tragedias de las personas, como las de los países, a veces se superponen de la manera más dolorosa. La primera de las víctimas de COVID-19 en la Argentina fue un militante político y social que pasó su vida en el exilio después de ser secuestrado y torturado por la Triple A. Guillermo Abel Gómez murió el 7 de marzo de 2020.

Hacía solo seis años que había regresado de Francia junto a su mujer, Nelly. Pero allí quedó su hija María Eugenia, a la que visitaron el verano pasado cuando todavía se sabía poco y nada de la pandemia. No era un viaje más: habían ido a conocer a su nieta. Volvieron el 25 de febrero. Los síntomas comenzaron dos días después: fiebre y dolor de garganta.

En los 70, Guillermo trabajaba como recolector de basura y militaba en el Movimiento Villero Peronista en las villas de emergencia de Soldati cuando él y su compañera embarazada fueron secuestrados. Lograron escapar a Europa antes de la dictadura militar con la ayuda de curas que conocían del barrio. Su hija nació en París. Pero las cosas allá tampoco fueron fáciles: Guillermo consiguió un puesto de lavacopas y, más tarde, como ordenanza en un organismo público francés en donde con el tiempo lo eligieron delegado. También fue parte de los grupos que denunciaban la desaparición de personas en la Argentina. Nunca dejó de extrañar su patria.

Hace cinco años, pudo por fin instalarse con Nelly en un PH en San Telmo. La lucha de toda una vida le había dejado secuelas en el cuerpo: era diabético, hipertenso y tenía insuficiencia renal. Un viejo compañero de militancia fue el que lo cargó en un taxi y lo llevó al hospital Argerich porque la ambulancia no llegaba. Se habían reencontrado en 2019. Dicen que era “un gordo querible y solidario, sencillo, vehemente, capaz, calentón y un extraordinario contador de anécdotas”.

No estuvo aislado, sino en una unidad coronaria: recién en la autopsia se determinó la causa de su muerte. Guillermo tuvo al menos esa suerte frente a los muertos de Covid que le seguirían: no murió solo.

Eric Luciano Torales con el barbijo puesto al volver de Miami, foto de sus redes sociales.
Eric Luciano Torales con el barbijo puesto al volver de Miami, foto de sus redes sociales.

Luis: del festejo a la fatalidad

El miedo y la necesidad de encontrar explicaciones, certezas y culpables a toda costa nos hicieron señalar con el dedo a familias que ya estaban atravesadas por el desconsuelo. Luis María Suárez murió el 1 de abril de 2020. Tenía 78 años y era diabético e hipertenso. Dos semanas antes había podido reunir a todo el clan para la fiesta de 15 de su nieta en un salón de La Reja. Otro de sus nietos, Eric Luciano Torales, de 24 años, había vuelto de Miami el día anterior y, pese a que un decreto presidencial ya señalaba la obligatoriedad de aislarse durante 14 días al llegar del exterior, no quiso perderse el cumpleaños de su prima.

Torales, que es empleado bancario, ingresó con síntomas de coronavirus en la Clínica Adventista de Belgrano al día siguiente. Había estado bailando y conversando con varios de los cien invitados al festejo. Se cree que así fue como infectó a una docena de personas, entre ellos el disc-jockey, la cumpleañera, la madre de Torales y su abuelo Luis María. Suárez fue internado en la Clínica Mariano Moreno el 22 de marzo. “Durante la internación evolucionó desfavorablemente, manifestó distrés respiratorio y requirió asistencia respiratoria mecánica”, informó la Secretaría de Salud de Moreno. Su nieto ya no volvió a verlo. Ni siquiera pudo despedirlo ni ir a su entierro. Fue procesado por el juez Néstor Barral como “autor penalmente responsable del delito de propagación de enfermedad peligrosa y contagiosa culposa agravada por el resultado de enfermedad y muerte”. Y juzgado con crueldad por la opinión pública; convertido en un símbolo de la letalidad de la imprudencia, tuvo que cerrar todas sus redes sociales por el aluvión de críticas. Su pecado nos hubiera parecido absurdo en cualquier otro contexto: no faltar a una fiesta familiar.

Liliana del Carmen Ruiz tenía 52 años, un marido y dos hijos. Contrajo dengue y luego le diagnosticaron Covid-19. Murió a causa de una insuficiencia respiratoria
Liliana del Carmen Ruiz tenía 52 años, un marido y dos hijos. Contrajo dengue y luego le diagnosticaron Covid-19. Murió a causa de una insuficiencia respiratoria

Liliana, la médica humilde que trabajó hasta el final

Fue la primera médica en contagiarse en el país, y el primer caso en La Rioja. Liliana del Carmen Ruiz era una mujer humilde que había superado lo inimaginable para llegar a ejercer su profesión. Tenía 52 años, estaba casada, era madre de dos hijos y pediatra. De origen humilde, su padre era panadero y su madre una empleada doméstica que murió de cáncer cuando ella tenía solo 12 años.

Su hija menor, Sofía, contó en un posteo en Facebook que su mamá creció jugando con muñecas de trapo: en su casa no había dinero, “pero sí mucho amor y pan calentito”. Se fue a estudiar medicina a Córdoba cuando terminó la secundaria: vivió de pensión en pensión y “tomando sopa todas las noches para no gastar”.

Con 20 años y en plena cursada, recibió un diagnóstico que puso en pausa su carrera: cáncer de cuello de útero. Pero salió adelante y se recibió. A los 33, ya casada con el padre de sus hijos, la salud volvió a jugarle una mala pasada: se enteró de que tenía artritis reumatoidea y celiaquía. Sin embargo, ni el dolor crónico pudo quitarle la entrega por sus pequeños pacientes. “Se acordaba de todos –recordó Sofía–. Estoy segura de que a un tercio de ellos los atendió gratis. No le importaba: sabía lo que era estar del lado de quien no tiene nada”.

Hasta el 20 de marzo del año último repartió sus consultas entre el Hospital Vera Barros y la Clínica Mercado de La Rioja. Allí la internaron ese día por problemas respiratorios. Los primeros estudios indicaron dengue. Cuando el hisopado de coronavirus dio positivo, fue una sorpresa: no había viajado al exterior ni podía identificar en qué momento había estado en contacto con personas contagiadas. Fue la primera en morir de Covid-19 en su provincia, el 31 de marzo de 2020. Su hija contó el desgarro de un duelo que con el tiempo y los muertos llegamos a normalizar: nadie pudo estar ahí para rezar por ella, para sostener su mano, ni para darle un beso. Cientos, en cambio, honraron en las redes la memoria de esa mujer que había puesto la misión de curar niños incluso por encima de su propia salud.

Alicia Iriarte, de 34 años, junto a su hija, fallecida por Covid-19. Tenía patologías preexistentes: parálisis cerebral y EPOC
Alicia Iriarte, de 34 años, junto a su hija, fallecida por Covid-19. Tenía patologías preexistentes: parálisis cerebral y EPOC

Rosario: demasiado pronto

Y llegó un día en que supimos que el virus también podía ser impiadoso con los más chicos. El 12 de junio de 2020 el COVID-19 se cobró a la más inocente de sus víctimas en la Argentina. Rosario Zamudio tenía 8 años y su mamá tampoco pudo sostener su mano chiquita en el minuto final. Alicia Iriarte, una madre soltera de 23 años, se despidió de su hija con un beso el 11 de junio por la noche. Le dijo “te amo” y le acarició la cara. Estaban, las dos, en la fría sala de terapia intensiva del sanatorio Nuestra Señora del Rosario de San Salvador de Jujuy. Una hora atrás había llegado el resultado del test de coronavirus: era positiva. El protocolo indicaba que debía ser trasladada al Hospital Materno Infantil de la ciudad, y Alicia pensó que en unos días volverían a estar juntas. Rosario murió el domingo 12 a las seis de la tarde. Su mamá nunca más la vio. Ni viva, ni muerta.

Alicia, gendarme y hasta hace poco en pareja con Andrea (“la segunda mamá de Rosario”), le contó a Infobae entonces que su hija “tenía una patología preexistente. Había nacido prematura, a los ocho meses del embarazo, con parálisis cerebral y EPOC”. Su papá le dió el apellido, y eso fue todo lo que hizo. Alicia se hizo cargo de todo. “¡No sabés lo que luchó mi hija por vivir! Por cómo había nacido, no le daban ni dos semanas de vida. Le hablabas y ella se conectaba, se sonreía. La peleó hasta lo último. Siempre fuimos muy fuertes porque estábamos juntas. Nunca nos separamos: en las internaciones, donde ella estaba, yo también. Fue muy amada, muy querida por su familia y todos quienes la conocieron”.

Alicia trató de darle la mejor vida: “Siempre quisimos que la pase bien. Aunque era como una bebé grande, que no caminaba y estaba en la cama o en su sillón, bailaba. Con todo, tuvimos buenos momentos. Pude llevarla a un cine, a un parque, le encantaba la calesita. Ella no jugaba, no hablaba, pero tuve una hija maravillosa”.

Rosario fue internada un viernes por una obstrucción respiratoria por una bacteria que ya le había colonizado los pulmones. Al día siguiente, sin embargo, llegó el resultado del hisopado positivo de coronavirus. Alicia fue separada de su hija y solo obtuvo noticias por teléfono. Tres partes lacónicos y definitivos. El de la mañana decía que estaba estable. El del mediodía, como un mazazo, “que se preparara para lo peor”. Y el de las siete de la tarde, que había fallecido. “Yo no la podía ver. No me dejaron ni acercarme para vestirla”, relató quebrada. Logró finalmente, que le concedieran un derecho básico: “Me autorizaron a esperar su féretro a la salida de la morgue. Pude tocar el cajón, que tenía una funda, y decirle que la amaba. Lo único que quería era despedirme”.

Ramona Medina tenía 42 años y era paciente diabética, insulino-dependiente
Ramona Medina tenía 42 años y era paciente diabética, insulino-dependiente

Ramona, la referente

Ramona Medina tenía 42 años. Era tucumana y amaba bailar. Se había convertido en una referente barrial de la Villa 31, en donde compartía una casa sin agua con su pareja, sus hijas Maia y Guadalupe (que tiene Síndrome de West y Síndrome de Aicardi, no puede hablar ni comer ni sostener su postura sin ayuda y requiere oxígeno todas las noches) su cuñada de 62 años, su cuñado de 68, su sobrino con problemas cardíacos y su sobrina diabética. El 3 de mayo de 2020, en un video difundido por la organización La Poderosa, denunció la dura realidad de muchas familias como la suya: “Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle ¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”.

Ramona era diabética e insulino dependiente, pero sobre todo tenía miedo por la salud de Guadalupe. Una semana después de su mensaje, fue diagnosticada con coronavirus e internada en grave estado, sedada y conectada a un respirador en la terapia intensiva del Hospital Muñiz. Fuerte como era, murió el 17 de mayo. Aislada, como todos los que mueren por coronavirus, justo ella que había construido una red para que tantos se sintieran menos solos en su vulnerabilidad.

Solo en la Ciudad, 18.593 personas se contagiaron y 295 murieron de COVID-19 en barrios populares desde que comenzó la pandemia según datos del gobierno porteño. Ramona Medina les puso nombre y apellido.

El recuerdo de Gabriel, el florista de Las Cañitas, que murió a los 57 años por COVID-19 (Thomas Khazki)
El recuerdo de Gabriel, el florista de Las Cañitas, que murió a los 57 años por COVID-19 (Thomas Khazki)

Gabriel, o la pérdida de lo cotidiano

Gabriel Torranzo vivía y murió en Vicente López, territorio bonaerense. Pero seis veces por semana llenaba de flores su esquina de Las Cañitas. Era el único de su familia que vivía en Buenos Aires, todos los demás seguían en su San Luis natal. Es lo que más les dolió a sus vecinos, que perdieron con él la natural belleza de lo cotidiano: saber que ninguno de sus parientes pudo despedirse de él, ni siquiera su única hija.

Gabriel tenía 57 años y durante tres décadas había vendido flores en Matienzo y Soldado de la Independencia. Era hincha de River y le gustaba hablar con todo el mundo. Su puesto olía a jazmines.

Llegó al Hospital de Vicente López con una neumonía. Ya internado le diagnosticaron coronavirus. Su situación se agravó, estuvo en Terapia Intensiva tres semanas, intubado, hasta que mejoró. Entonces lo extubaron, se despertó varias veces, y parecía que se iba a recuperar. Pero el 30 de junio de 2020 sufrió varios infartos de los que no lo pudieron sacar.

Después de su muerte, los comerciantes y los vecinos de Las Cañitas convirtieron su puesto en un santuario. Cada barrio tuvo este año su Gabriel, el símbolo de esas pérdidas que nos enfrentaron con la realidad de un virus tan capaz de quitarnos el olfato como de robarnos el perfume de lo conocido.

El doctor Juan Lobel es la primera víctima fatal que el coronavirus deja en el SAME. Tenía 47 años, 4 hijos y no poseía antecedentes de otras patologías
El doctor Juan Lobel es la primera víctima fatal que el coronavirus deja en el SAME. Tenía 47 años, 4 hijos y no poseía antecedentes de otras patologías

Juan: morir en el frente de batalla

Durante la primera etapa de la cuarentena, los médicos eran aplaudidos cada noche y hasta los noticieros hacían una pausa a las 21 en punto para marcar la hora del saludo a los que estaban en la primera línea de batalla. Con el tiempo, el foco se corrió y los homenajes se espaciaron. Pero las sirenas no dejaron de sonar nunca.

Juan Lobel tenía 47 años y cuatro hijos. Fue el primer médico del SAME en morir a causa de la pandemia. Integraba el sistema de atención de emergencias porteño desde octubre de 2017. No tenía patologías previas y había elegido estar ahí donde más lo necesitaban. En junio de 2020 contrajo coronavirus y fue internado en el Sanatorio Güemes de Palermo, donde trabajaba. Murió dos meses más tarde, el 29 de agosto. El domingo 30, sus compañeros hicieron una emotiva despedida en el Obelisco. Con un gran despliegue de ambulancias y un helicóptero sobrevolando la Plaza de la República, los médicos hicieron sonar las sirenas cerca del mediodía. Volvieron entonces los aplausos.

“Es un día difícil para nosotros. Venimos a despedir a un compañero y amigo. Espero que Dios lo tenga en el cielo; era un buen tipo que nos va a seguir acompañando”, dijo el titular del SAME, Alberto Crescenti, que a la vez destacó el trabajo del resto de sus colegas. Recordar a Juan es tener presente la lucha cotidiana de miles de profesionales que siguen en el frente.

Paola de Simone murió mientras dictaba una clase virtual Paola de Simone murió mientras dictaba una clase virtual

Paola, la vocación hasta el último minuto

Paola de Simone tenía 46 años y era una reconocida politóloga y profesora de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Murió el 2 de septiembre mientras dictaba una clase virtual. Los minutos previos a su desvanecimiento quedaron registrados y fueron sus alumnos quienes intentaron socorrerla cuando ella les indicó que tenía problemas para respirar.

Apenas unos días antes había contado en su cuenta de Twitter sobre las dificultades del coronavirus: “Está muy complicado. Llevo más de cuatro semanas y los síntomas no se van. Un amigo nuestro está complicado. Mi marido está agotado por trabajar tanto en este momento (médico de terapia y emergencias). Llega a más público y daña más”. Paola estaba casada con Leandro hacía diez años y tenían una hija. Y los cientos de mensajes que inundaron las redes después de su partida dicen que era tal como la refleja ese tuit: una mujer que se preocupaba primero por los demás; el cansancio del hombre que amaba, la salud de su amigo.

Nunca dejó de estudiar. Se había graduado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador, tenía un MBA de la Universidad Torcuato Di Tella, y se había especializado en Recursos Humanos. Pero su pasión era la docencia. Era adorada por sus colegas y alumnos de la Universidad de Buenos Aires, de la Di Tella y de la UADE, en donde trabajó durante los últimos quince años.

Los estudiantes que asistían al zoom la acompañaron hasta el final, impotentes desde sus casas. Llegaron a preguntarle cuál era su dirección, para enviarle una ambulancia, pero ella estaba descompensada. Solo atinó a responder: “No puedo”. En uno de los últimos posteos que compartió en las redes se ve un dibujo de ella que hizo su hijita, que la pintó con capa y antifaz, y el puño en alto. Una heroína que vivió su vocación hasta el final.

Mariela Romero tenía 38 años y era mamá primeriza
Mariela Romero tenía 38 años y era mamá primeriza

Mariela no pudo conocer a su hijo

Mariela Romero tenía 38 años y esperaba con ansias la llegada de su primer hijo. Estaba casada con Fredy y el suyo era un embarazo muy buscado. Durante 14 años había trabajado como enfermera en el hospital de Villa Regina, en Río Negro. Aunque la pandemia había cambiado su rutina: para cuidar su embarazo realizaba actividades administrativas desde su casa, en la localidad de General Enrique Godoy.

Faltaba poco para que naciera el bebé cuando contrajo coronavirus. Su marido también se contagió. El 18 de septiembre fue sometida a una cesárea en el hospital donde trabajaba. Lucio nació en buen estado de salud y negativo de COVID-19. Pero el cuadro de su mamá, que sufría de diabetes e hipertensión, se agravó. Sus compañeros denunciaron negligencia, porque pasó varias horas del posoperatorio en una camilla de la guardia, antes de ser trasladada a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de General Roca.

Mariela murió el 23 de septiembre de 2020 sin conocer a su hijo. Su marido, que estaba contagiado, tuvo que esperar para encontrarse con Lucio y ni siquiera pudo despedirse de ella en el cementerio. Lo hizo con un posteo en Facebook: “Me dejaste ese bebé hermoso, cuidanos desde el cielo. Te amo con todo mi corazón, hasta siempre mi amor”.

Adriana Cheble (62) y Gustavo Salemme (67) estuvieron juntos 40 años. Ambos médicos cordobeses, contrajeron coronavirus y fallecieron con una semana de diferenciaAdriana Cheble (62) y Gustavo Salemme (67) estuvieron juntos 40 años. Ambos médicos cordobeses, contrajeron coronavirus y fallecieron con una semana de diferencia

Gustavo y Adriana: ni la muerte los separó

“Nacieron para estar juntos y se fueron juntos. No podía suceder de otra manera”. El que se lo dijo a Infobae fue Matías, el hijo mayor de Gustavo Salemme (67) Adriana Cheble (62), el matrimonio de médicos cordobeses que murió de coronavirus con una semana de diferencia. Estaban casados hacía cuarenta años. Él era especialista en Diagnóstico por Imágenes y ella, médica clínica.

Se conocieron cuando eran adolescentes y estudiaron la carrera de Medicina juntos. Hasta trabajaron en el mismo colegio de Córdoba para “bancarse” mientras cursaban: él como secretario y ella como preceptora. Cuando se recibieron, se entregaron por completo a la profesión. Entre otras cosas, fueron a trabajar al Norte para atender el brote de cólera. “Tenían mucha vocación y amor por el prójimo”, contó su hijo, de 37 años, que fue el que los asistió cuando se contagiaron, primero Adriana y, después, Gustavo. La hermana de Matías estaba embarazada y su hermano menor, que vivía con ellos, también se tuvo que aislar. Al día siguiente de que se internaran, pudo verlos por la ventana en el hospital. Después ya no pudo hacerlo nunca más. Su papá entró en terapia intensiva y lo siguió su mamá.

Gustavo murió el 9 de octubre de 2020. Adriana, siete días después, el 16. Se fueron sin cumplir la ilusión de conocer a su primer nieto, el último legado de toda una vida de amor. Un amor que fue más fuerte que la más cruenta de las pandemias mundiales: ni el coronavirus los separó.

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Nacionales

Llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V

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La cantidad de vacunas fue confirmada por fuentes oficiales. Es el mayor cargamento recibido hasta hoy. El primer avión de Aerolíneas Argentinas aterrizó este domingo a la tarde.

En un contexto de demoras en el proceso de inmunización en la Argentina y luego del escándalo por la vacunación VIP, este domingo por la tarde llegó desde Rusia el primero de los dos aviones de Aerolíneas Argentinas que el Gobierno envió para traer más vacunas Sputnik V.

Así, el país llegará a los 4 millones de dosis recibidas desde el inicio del plan de vacunación.

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

“El primer vuelo de Aerolíneas desde Moscú se encuentra camino a nuestro país y estimamos arribo a Ezeiza a las 19:30 horas. En cuanto al segundo, se encuentra en proceso de carga en el aeropuerto de Sheremétievo y apenas termine podremos estimar su hora de llegada”, había escrito en su cuenta de Twitter Pablo Ceriani, presidente de la aerolínea de bandera.

Fuentes oficiales confirmaron a Clarín que entre ambos vuelos traerán cerca de 1,2 millón de dosis, aunque no precisaron cuántas serán del primer y segundo componente. Por lo pronto, el piloto Alejandro Chebar reveló que el primer vuelo embarcó cerca de “500 mil dosis”.

“Vinimos dos aviones con tres horas de diferencia entre uno y el otro; yo vine en el segundo. El primer avión, luego de haber estado 12 horas esperando arriba del avión en el aeropuerto, recibió las dosis prometidas, que son aproximadamente 500.000. Fueron cargadas y ya partió, está en vuelo”, indicó más temprano el piloto desde Rusia, en diálogo con Radio 10.

Sobre el segundo vuelo, del cual es responsable, Chebar señaló que se registraron demoras en la entrega y podría regresar en la madrugada de este lunes.

“La información que tenemos es que llegará dentro unas horas, que estimo sean pocas, la segunda remesa. Estimo que vamos a estar llegando esta noche (por el domingo) o en la madrugada de mañana (lunes)”, completó.

Fuentes de la aerolínea de bandera consultadas por Clarín informaron que aún no tienen confirmado el horario de arribo de este segundo avión.

Este operativo es el quinto que realiza el Gobierno en Rusia, luego de los concretados el 12 de este mes (400 mil dosis), el 24 de diciembre (300 mil), el 16 de enero (300 mil) y el 28 de enero (220 mil).

Así, sumado el nuevo cargamento, la Argentina habrá recibido 2.420.000 dosis de Sputnik V, poco más del 12% de las 20 millones previstas entre enero y febrero en el plan de vacunación que el Gobierno había difundido a fines de enero.

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

Mientras tanto, este domingo por la mañana llegó un lote de 96 mil dosis de la vacuna Sinopharm contra el coronavirus provenientes de Beijing, China, que se suman a las 904 mil que arribaron el pasado jueves.

El vuelo KL701 de Air France que salió de Beijing hizo escala en el aeropuerto de Amsterdam antes de arribar a la Argentina. En esta oportunidad, Air France KLM utilizó un Boeing 777-300W, que tiene mayor espacio para carga, para poder asegurar el embarque de las vacunas.

Según anunció el Gobierno, la llegada de las dosis de Sinopharm permitirá empezar a inmunizar al personal docente en todo el país.

De esta manera, si se tiene en cuenta que las 580.000 dosis de la vacuna contra el coronavirus Covishield, desarrollada por la India con tecnología de AstraZeneca y la Universidad de Oxford, Argentina llega a los 4 millones de dosis recibidas desde el inicio del plan de vacunación.

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