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“Me mataron en vida”, cuenta desde prisión la joven condenada por el ataque a una comisaría para liberar a su pareja

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Zahira Bustamante tiene 22 años y un hijo, de su relación con Leandro Aranda, organizador de un intento de fuga que terminó en tragedia y derivó en un juicio sin precedentes. Está presa en Melchor Romero.

“Son cosas de película. Eso es imposible”, recuerda Zahira Bustamante (22) que le respondió a Leandro Aranda (25)su pareja, cuando le contó su plan, en uno de los calabozos de la comisaría 1 de San Justo.

Veinticuatro horas antes a la visita, Aranda había escuchado la noticia que no quería escuchar: le acababan de dictar la prisión preventiva. Eso significaba que apenas se liberaran cupos de algún penal bonaerense, lo subirían a un camión y lo trasladarían a una unidad.

“Si voy a una cárcel, me matan. No salgo vivo de ninguna”, le confesó a Zahira, en ese encuentro ocurrido el 26 de abril de 2018. A Aranda lo habían detenido el 18, por el crimen de Nicolás Ojeda, quien habría sido su cómplice en el robo a un narcotraficante. ​

El capítulo siguiente, el de “película”, se concretó la madrugada del 30. A eso de las 5 de la mañana, cuatro hombres disfrazados de policías ingresaron a la comisaría y dispararon contra los agentes. Intentaron rescatar a Aranda, uno de los 43 detenidos del lugar. La agente Rocío Villarreal (28) fue la única baleada. Recibió dos proyectiles. Quedó parapléjica.

La sentencia se conoció este viernes 9 de abril. Aranda, Bustamante, Tomás Axel Sosa (22) y Sebastián Ariel Rodríguez (42) se llevaron la peor pena: 50 años de prisión. ​Gonzalo Fabián D’Angelo (25) recibió 8 años. Y Leticia Analía Tortosa (41), abogada de Aranda, 3 años, por haberle ingresado un teléfono celular con el que el detenido se comunicó con sus compañeros. La causa tenía otro imputado, que se suicidó en la Unidad 3 de San Nicolás.  

Bustamante se comunica con Clarín desde uno de los teléfonos públicos de la Unidad 45 de Melchor Romero. Está en el sector de “Buzones”, en situación de tránsito, a la espera de un traslado a la Unidad que pidió (la 40 de Lomas de Zamora) o a la que se encontraba antes del juicio (la 46 de San Martín).

“Con la condena me mataron en vida”, es una de las primeras cosas que confiesa. “Estoy presa de cuerpo, pero mi alma está libre porque la cárcel me separó de Aranda. Yo estaba presa de él. Ahora al menos no vivo con miedo de que me pegue. Me liberé. Es lo único bueno que saco de todo esto”, detalla.

Veredicto en el juicio por ataque a la Comisaría de San Justo, ocurrido en 2018. Foto: Luciano Thieberger.

Veredicto en el juicio por ataque a la Comisaría de San Justo, ocurrido en 2018. Foto: Luciano Thieberger.

Esa madrugada, asegura, se levantó a las seis, siete de la mañana, por el llanto de su bebé de 8 meses. Lo primero que hizo fue mirar su teléfono celular. El mensaje de Aranda decía “me fue mal…”. Mientras amamantaba a su niño, encendió la tele. Todos los noticieros hablaban del ataque a la comisaría. ​Para la Justicia, Zahira había estado en la zona de la comisaría, ubicada en calle Villegas al 2400. Arriba de un auto y con su bebé. 

“La única prueba que tienen es un mensaje de Whatsapp que le envió a Aranda”, cuenta Walter Fidalgo, su abogado. “Pero no se pudo determinar dónde estuvo. Ni que lo hizo con su bebé. Ahora, lo que no se entiende es que a uno de los condenados le dieron 8 años por haberse quedado afuera, y a ella 50. Suponiendo que fuese verdad, su participación fue secundaria. La sentencia no tiene explicación. Y la detuvieron sin orden de detención, le secuestraron el celular sin orden judicial. Vamos a hacer un reclamo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos”.

Una relación desde chicos

La historia que terminaría en la “película” había comenzado mucho antes. ​Aranda y Bustamante se conocieron en Bellakeo Night, una discoteca de Flores. Ella tenía 14; él 18. En realidad, se conocían de antes. Aunque de vista. Por amigos en común. Pero esa noche, en el boliche de la avenida Rivadavia charlaron, se besaron, intercambiaron números de teléfonos.

Aranda y Zahira se conocieron cuando ella tenía 14 y él 18, en un boliche.

Aranda y Zahira se conocieron cuando ella tenía 14 y él 18, en un boliche.

Meses después, Zahira se mudaría a la casa de Aranda, en villa Cildañez, en Parque Avellaneda. Antes vivía en Devoto, con su madre.  

“Mi mamá me decía que Cildañez no era un lindo lugar; que debía rodearme de otra gente”, recuerda, ocho años después del comienzo de la relación. “Podría haber evitado todo lo que me pasó si hubiese escuchado a mi mamá. Fui muy terca. Deseo mucho volver a ser chica y elegir otra cosa”. Por esos días, Aranda trabajaba en un locutorio de Eva Perón y Escalada, Lugano. Y tuvo su primera causa. Lo detuvieron cuando manejaba un auto robado. Como no tenía antecedentes, salió a los tres días. Zahira dice que creyó su versión. Le había dicho que el auto era prestado, y que no tenía idea de que era robado.

Ya con 16 años, y dos meses de embarazo, cuenta que Aranda la golpeó hasta hacerla perder el bebé. Y que esa fue la gota que rebalsó el vaso: se armó un bolso y volvió de su mamá. Pero a los días lo tendría en la puerta de la casa de Devoto. “Yo había cambiado el chip, para que no me pudiera ubicar. Me apareció en lo de mi mamá y me seguía hasta mi trabajo, Me amenazó con matarme si no seguía con él. A mi y a mi mamá”, asegura.

El trabajo en cuestión quedaba sobre la avenida Avellaneda. Era vendedora en un local de ropa. Fue el único empleo que tuvo. Le duró cuatro meses. Al tiempo, volvió con Aranda. Pero a escondidas de su madre. Seguía en Devoto y cada vez que se encontraba con él, le decía a su mamá que salía con un chico del barrio. Quedó embarazada y mantuvo el secreto. Hasta que a los cuatro meses, el secreto se hizo insostenible.

“¿Por qué me pagás así? Si yo te dí una oportunidad…”, le recriminó su mamá al enterarse. Y concluyó con un “andate de mi casa”. Zahira se fue a Lomas del Mirador, a lo de su abuela. Por unos días. Luego se mudó a un departamento de Mataderos que le alquiló su papá. En esa vivienda, Aranda le confesaría su doble vida. Además de trabajar en el locutorio, robaba. Ahí entendió el estilo de vida de su novio, que la venía llenando de regalos que un trabajador, creía Zahira, no podría pagar: zapatillas, osos peluches enormes, ramos de flores.

De blanco, la abogada de Aranda, también condenada. De negro, Bustamante, durante la sentencia, que según su abogado será apelada. Foto: Luciano Thieberger.

De blanco, la abogada de Aranda, también condenada. De negro, Bustamante, durante la sentencia, que según su abogado será apelada. Foto: Luciano Thieberger.

“No quiero saber más nada con vos; no quiero esa vida para mí y para el bebé”, dice que le dijo. “Bueno, si no te gusta te va a tener que gustar igual”, fue la respuesta de Aranda. “Era una obsesión que tenía conmigo. Ya se me había ido el amor. No me dejaba trabajar, me revisaba el teléfono, casi no me dejaba tener contacto con mi familia, y si volvía tarde de algún lugar, me pegaba”, recuerda.

El golpe que cambió todo

Aranda no le contaba detalles de sus robos. Pero uno de esos días del segundo semestre de 2017, le comentó algo. A modo de promesa: “Tengo algo para hacer. No sé cómo saldrán las cosas. Pero si salen bien, la vida nos va a cambiar”, y no dijo más. El detalle que no contó es que tenía las llaves de un departamento que se utilizaba para guardar droga y dinero. Según la versión que reconstruyó Clarín en una recorrida por Cildañez, el botín era de 90 kilos de cocaína y 500 mil pesos. En el mercado, un kilo de cocaína puede costar unos 7 mil dólares, aproximadamente.

Aranda, Nicolás Ojeda y al menos otro integrante de la banda entraron al departamento y concretaron el robo. El problema es que el narco asaltado era de la misma villa que los ladrones. Y sospechó de los autores por la misma razón que sospecharía cualquiera: la ostentación. De un día para el otro, los integrantes de la banda cambiaron de auto, vestían como nunca antes, hacían regalos, paseaban y subían fotos a sus redes sociales. “Si hubieran guardado el dinero por un año, hoy estarían muy bien económicamente. Y libres, y vivos”, opina un investigador.

El narco fue en busca de Aranda. Lo encontró, lo encaró y le exigió la devolución de lo que no habían alcanzado a vender o gastar. “Se rumoreaba que lo querían matar”, dice Zahira. “Me acuerdo que nos tuvimos que mudar. La gente de la droga lo andaba buscando. No puedo creer cómo aguanté todo eso. Nunca pensé en las consecuencias. Por no haberlas pensado hoy estoy acá”, se lamenta.

Aranda llegó a entregar una parte del botín. Se comprometió a devolver el resto. La buscó en la casa de Ojeda, su cómplice. Y ahí, la mejicaneada de la mejicaneada. Porque después de robar al narco, mejicaneó a Ojeda. Se guardó su parte, se quedó con otra de Ojeda y entregó un poco más. “Es de mi parte. Ojeda no me quiso dar nada”, le juró al narco.

El 25 de agosto de 2017 Ojeda fue acribillado a metros de la casa que acababa de comprar, en Isidro Casanova. Como lo habían visto por última vez con su compañero de robo, Aranda comenzó a ser investigado y se mantuvo prófugo, pero luego sería condenado por el crimen a 10 años y seis meses, en un juicio abreviado.

De su deuda, no habría pagado más. El 18 de abril de 2018 fue detenido en la zona de Mataderos. Lo trasladaron a la Comisaría 1 de San Justo. Ese mismo día planeó su fuga. Estaba convencido de que el narco pagaría para que lo asesinaran en el penal que le tocara. Pero la familia de Aranda seguía en villa Cildañez, y jamás fue amenazada o agredida. El narco sabía dónde vivían. Hoy, tres años después del ataque, Aranda no recibió un solo ataque en la prisión. Está en la Unidad 30 de Alvear.

“El narco debe haber preferido perder la droga y el dinero y no tener a la Policía encima por un crimen. Ellos prefieren recaudar”, es la hipótesis de otro investigador.

La última noche

El jueves 26, Zahira salió de la visita con la orden de contratar a una abogada. “Si no me ayudás, te van a matar a vos y al bebé”, le habría dicho Aranda. Asegura que estaba al tanto del plan, pero no de cuándo lo ejecutarían. Por un amigo en común, se presentó en el estudio de Leticia Tortosa. Ella, 24 horas después, visitó a su nuevo cliente y le entró un teléfono celular.

Lo que pasó en la madrugada del 30 se conoció por todos los medios. Pero hasta después del ataque, los investigadores no tenían idea de quién sería el detenido al que habían querido rescatar. Por eso hicieron una requisa en el calabozo y encontraron decenas de celulares. Y en uno, el de Aranda, leyeron mensajes comprometedores. De él y de Zahira, que le había escrito sin saber que el aparato estaba en manos de policías.

Esa tarde, cerca de las 17 horas, Zahira se acercó a la comisaría. Se había enterado del traslado de los detenidos y quiso ver, al menos a la distancia, a su marido. Rodeada de periodistas que hacían móviles en vivo desde el lugar, un policía la llamó. “Tu marido pidió verte cinco minutos antes de subir al camión. ¿Querés pasar a verlo?”, le preguntaron.

Rocío Villarreal, la policía que quedó parapléjica tras el ataque de la banda a la comisaría de San Justo.

Rocío Villarreal, la policía que quedó parapléjica tras el ataque de la banda a la comisaría de San Justo.

Entró y la llevaron hasta un pasillo con una reja. Su marido no estaba. Le pusieron las esposas a la reja, le dijeron que estaba detenida y le quitaron el teléfono. “Decinos lo que sabés o te llenamos el auto de armas”, recuerda que le dijeron. Les respondió que no sabía nada. Que si supiera algo no habría llegado hasta la puerta de la comisaría.

Desde ese día conoció las cárceles de Azul, Lomas de Zamora, San Martín, Magdalena y Melchor Romero. Recibe la visita de su mamá y de su abuela. Hace un curso de cocina y siempre que puede, elige vivir en pabellones deportivos. Su conducta es óptima: ejemplar 10. Su hijo quedó al cuidado de su abuela materna. No quiso hacerlo entrar a la cárcel, a los pabellones de madres.

“Yo pensaba que me iban a dar pocos años. No hubo Justicia. Quiero pedirle perdón a mi familia, por no haberlos escuchado. Confío en que la vida me va a dar una segunda oportunidad”, cierra Zahira, desde su celda en Melchor Romero, donde el sábado 10 festejó sus 22 años.

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“Estoy toda chocolateada”, la escucha que delató a la sobrina de un jubilado asesinado en Boedo

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La mujer estaba bañada en sangre tras el crimen de Antonio Landeira (87), al que mató para robarle en Metán al 4200.

Una mujer de 45 años, con problemas de adicción, fue detenida por el asesinato de su tío, un jubilado español que fue golpeado, torturado con una plancha y apuñalado en su casa de Boedo. La incriminaron escuchas telefónicas de otra causa donde ella misma y familiares comentan que cometió el hecho.

Se trata de María Laura Peralta (45), quien fue apresada este domingo por el homicidio triplemente calificado de Antonio Landeira (87), ocurrido el 15 de abril pasado en Metán 4282, luego de quedar incriminada en escuchas telefónicas de otra causa donde ella misma y familiares comentan que cometió el hecho.

Según las fuentes citadas por Télam, Peralta cayó alrededor de las 7 en la puerta de su domicilio en un edificio de avenida Independencia 466, de San Telmo, por detectives de la División Homicidios de la Policía de la Ciudad, quienes la buscaban desde el sábado, cuando se realizaron una serie de allanamientos.

La investigación estuvo dirigida por el fiscal en lo Criminal y Correccional 1, Pablo Recchini, y el juez de instrucción 60, Luis Schelgel.

También participaron del operativo la Superintendencia de Drogas Peligrosas de la Policía Federal Argentina (PFA), que trabajaban en otro expediente.

La clave para confirmar las sospechas en torno a la acusada surgieron de unas escuchas telefónicas en directo que la PFA realizaba en el marco de una causa por narcotráfico que está a cargo del juez federal Julián Ercolini.

La escena del crimen, en la calle Metán al 4200. Foto Guillermo Rodríguez Adami.

La escena del crimen, en la calle Metán al 4200. Foto Guillermo Rodríguez Adami.

En ese expediente, los agentes federales tenían intervenidos los teléfonos del hermano y la cuñada de la sospechosa y allí pudieron registrar varias comunicaciones realizadas el día del hecho desde las inmediaciones de la escena del crimen, en las que la propia imputada confesaba que le había robado y luego asesinado a su tío.

En una de las transcripciones de las escuchas, la cuñada le preguntó a la acusada: “¿Qué pasó? Te voy a buscar?“, a lo que Peralta respondió: “Tengo una pantalla 50 pulgadas, voy a ir a la Zavaleta para que me den plata“, una clara referencia a un televisor de ese tamaño que, según consta en la causa, fue uno de los elementos robados en la casa de la víctima.

¿Él cómo está? ¿Fue?“, preguntó la cuñada en alusión a si la víctima estaba muerta y Peralta respondió: “Sí, me tengo que ir a cambiar porque estoy toda chocolateada“, una expresión con la que describió que estaba manchada con sangre.

Justamente en el allanamiento al domicilio de la imputada realizado en las últimas horas se secuestraron dos toallones, una blusa y una camisa con aparentes manchas hemáticas que ahora serán analizadas en el laboratorio para determinar si se trata de sangre de la víctima.

En otras escuchas fue el propio hermano de Peralta -detenido el sábado pero por la causa de las drogas- quien se comunicó con su padre para avisarle: “Laura se mandó una cagada mal. Terrible. Lo peor que te puedas imaginar“, a lo que su papá le pregunta si le hizo algo al tío, y él responde: “Sí. Le hizo algo muy feo al tío Antonio“.

A partir del análisis de los registros de llamadas y tráfico de datos del celular empleado por Peralta, el fiscal Recchini y la Policía determinaron que, el día del hecho, la imputada llamó en dos oportunidades a la casa de su tío entre las 13.21 y las 13.34.

Luego tres antenas de Boedo la captaron acercándose y permaneciendo en la zona de escena del crimen durante el lapso aproximado de una hora, entre las 14.18 y las 15.15, momento en el que se cree ocurrió el asesinato.

Quién era la víctima

Según las fuentes, la viuda de la víctima, Andrea Mansueto (53), ya había declarado en la causa que su marido había sido dueño de cuatro restaurantes, que ahora vivía del alquiler de unos locales y que no tenía problemas con nadie.

Además, mencionó que Landeira se quejaba de dos de sus sobrinos, a quienes calificaba como “sinvergüenzas” porque siempre le pedían dinero, y que el varón había estado preso y María Laura tenía “problemas con las drogas”.

Fuentes judiciales revelaron que la autopsia realizada por el Cuerpo Médico Forense constató un total de 47 lesiones, de las cuales las mortales fueron cuatro puñaladas en el hemitórax izquierdo.

Pero el resto reflejan la tortura a la que fue sometida la víctima con múltiples lesiones por golpes y cortes que sufrió Landeira en la cara, el tórax y los brazos, con cuatro costillas fracturadas y, además, quemaduras del tipo AB en el 15 por ciento de la superficie corporal, localizadas en la espalda, el pecho y los antebrazos.

En la escena del crimen, los peritos secuestraron un cuchillo, un destornillador y una plancha eléctrica, como los elementos utilizados para la tortura y el posterior homicidio.

Por ello, al pedir su detención, el fiscal Recchini le imputó a Peralta la comisión de un “homicidio triplemente calificado por haberse cometido con ensañamiento, por el vínculo (sobrina) y por haber sido cometido con el fin de asegurar la consumación del robo y lograr su impunidad (criminis causae)“, delito que prevé una pena de prisión o reclusión perpetua.

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Un militar amenazó con un cuchillo a su ex, escapó a gran velocidad y se mató al chocar contra un monumento

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Ocurrió en Tunuyán, Mendoza. El hombre estaba alcoholizado y también habría intentado atacar a su hija.

Un caso de violencia de género en Mendoza terminó con un accidente de tránsito y con el agresor, que era militar, muerto.

El suboficial mayor del Ejército Gustavo Leopoldo Gallardo (51) amenazó con un cuchillo a su ex esposa y a su hija en la vivienda en la que convivían en la localidad mendocina de La Consulta, Valle de Uco.

El hombre estaba alcoholizado. Frente al intento de agresión, las mujeres pidieron ayuda al 911 y el militar escapó en su camioneta por una ruta a toda velocidad.

Al llegar a la ruta 92, chocó contra un torreón de defensa del estilo medieval que es un conocido monumento de campo Los Andes, en la comuna de Tunuyán. Fue hospitalizado y a las pocas horas, murió por la gravedad de las heridas.

El torreón contra el que chocó el militar que había amenazado a su ex esposa y su hija. Foto: gentileza El Cuco Digital

El torreón contra el que chocó el militar que había amenazado a su ex esposa y su hija. Foto: gentileza El Cuco Digital

El militar y su esposa estaban separados desde hacía un año, pero continuaban viviendo en la misma casa.

De acuerdo con la investigación judicial, la discusión comenzó alrededor de las 13 del sábado, en una vivienda del barrio San Cayetano, donde residían.

La mujer de 49 años, llamó al 911. Pidió ayuda porque su esposo las había amenazado con un cuchillo y dijo que iba a quitarse la vida. El hombre estaba alcoholizado, de acuerdo al relato de la esposa a la policía.

Ante la sospecha de que vendrían a detenerlo, Gallardo subió en su camioneta Fiat Toro y salió a toda velocidad. En pocos minutos, un móvil policial comenzó a perseguirlo y logró localizar la camioneta del militar en ruta 92.

Finalmente, el hombre chocó contra un torreón –estructura de tipo medieval que servía de defensa en castillos- sobre la ruta y el cruce de calle La Superiora.

Por el impacto, el militar quedó aprisionado en el vehículo. Fue necesaria la intervención de bomberos voluntarios y personal del Servicio de Emergencias Coordinado (SEC) para poder sacarlo de la camioneta y trasladarlo a un hospital.

Gallardo fue internado en el hospital Scaravelli, de Tunuyán, a 30 minutos del sitio donde fue el accidente. De inmediato, fue derivado al quirófano debido a la gravedad de las fracturas y golpes por el violento choque contra la estructura de cemento.

Pese a los esfuerzos médicos, murió en la madrugada de este domingo. Mientras tanto, su mujer y su hija de 25 años resultaron ilesas.

La investigación judicial quedó a cargo de la Oficina Fiscal de San Carlos.

Mendoza. Corresponsalía.

En los últimos diez años en Argentina hay un promedio de un femicidio cada 30 horas. Según estadísticas de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema, sólo en 2018 fueron 278. La mayoría de los asesinatos ocurren en las casas de las víctimas y son cometidos por parejas o ex.

DÓNDE LLAMAR

Línea 144Atención para mujeres en situación de violencia.

Línea 137Atención a Víctimas de Violencia Familiar.

911 Emergencias

DD

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Cita mortal en Núñez: quién era el hombre asesinado

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Creen que Adrián Muñoz contactó a dos mujeres que lo apuñalaron en su departamento.

Adrián Enrique Muñoz tenía 74 años y tres hijos. Desde la muerte de su esposa, hace unos ocho años, vivía solo en el edificio de Ciudad de la Paz y Juana Azurduy, en el barrio de Núñez. Allí lo asesinaron de 22 puñaladas tras un encuentro con dos mujeres, a las que habría contactado mediante una app de citas.

El hombre se había mudado ahí para estar más cerca de River Plate, donde se dedicó de lleno a competir en la categoría de veteranos del club. En 2016, incluso, viajó a jugar la Copa Davis que se jugó en Croacia para representar al país en el equipo senior.

Si bien durante toda su vida jugó al tenis y dio clases en paralelo a su trabajo, alcanzó los mayores logros profesionales en la última década. Actualmente ocupaba el séptimo lugar en la categoría +70 del ranking de la Asociación Argentina de Tenis (AAT).

Su hijo, que también es entrenador de este deporte en clubes de la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires, fue el primero en notar su ausencia.

“No le llegaban los mensajes, no respondía. Así nos dimos cuenta de que algo pasaba”, le contó a Clarín Fernanda Muñoz (50), hija de la víctima, a Clarín.

La mujer, que es abogada, fue la encargada de ir a ver qué estaba pasando: era quien tenía llaves del departamento. Cuando llegó se encontró con una escena de pesadilla: “El cuadro que encontramos fue terrible y totalmente dantesco”, dijo.

Su papá estaba tendido en el suelo del dormitorio, con múltiples heridas y con dos cuchillos clavados todavía en la espalda. Ambos pertenecían al hombre.

Desde que enviudó, Muñoz no había querido volver a formar pareja ni establecer vínculos formales. Se dedicó exclusivamente al tenis y empezó a usar aplicaciones de citas para conocer mujeres.

Adrián Enrique Muñoz tenía 74 años y era jugador de tenis.

Adrián Enrique Muñoz tenía 74 años y era jugador de tenis.

Su familia lo sabía y, como él era totalmente independiente, mantenía los encuentros en la órbita privada.

Según pudieron reconstruir los investigadores, no era la primera vez que se encontraba con estas dos presuntas viudas negras, con las que entró al edificio el lunes a las 19.45. Un vecino y la persona encargada del edificio las vieron llegar en el auto de la víctima.

El vehículo quedó estacionado en el mismo lugar y las mujeres fueron filmadas por la misma cámara saliendo del lugar el martes alrededor de las 14.

La versión familiar

“No fue un robo ni nada de todo eso. Todavía no encontramos explicación, pero mi papá era un trabajador, toda la vida lo fue. Jugaba al tenis, cobraba su jubilación y en pandemia empezó a vender quesos para sumar un ingreso extra. No tenía nada de valor significativo como para que pudieran hacer esto. Son asesinas, perversas, no lo podemos entender“, intenta reconstruir Fernanda, que sigue minuto a minuto la investigación del caso.

Las fuentes confirmaron a Clarín que un vecino del segundo piso escuchó algunos ruidos alrededor de las 22 del lunes. Una ducha, música fuerte y movimientos, fueron algunos de los indicios que pudieron aportar. Ninguno parecía inusual o los alertó.

El edificio donde ocurrió el crimen, en Ciudad de La Paz al 3300. Foto: Luciano Thieberger.

El edificio donde ocurrió el crimen, en Ciudad de La Paz al 3300. Foto: Luciano Thieberger.

A partir de estos testimonios, los investigadores presumen que el crimen ocurrió “entre la noche del lunes y la madrugada del martes”.

A través del análisis de las cámaras de seguridad confirmaron que dos mujeres con características similares ya habían ingresado al mismo edificio el lunes de la semana pasada. Aunque, confiaron, llevaban barbijo y no han podido identificarlas.

Si bien no registraron faltantes significativos, no se halló el celular de la victima, a través del cual habrían organizado el encuentro.

Otro testigo declaró haber visto a dos “mujeres desconocidas” salir del edificio con una valija cada una. Sospechan que allí podrían haber escondido el botín, algo que en su familia decidieron no confirmar para preservar la investigación.

“Si pasó por esto fue porque pensó que tenía una calle que no tenía. Mi papá tenía calle, pero de trabajar, de laburante, no de cualquier otra cosa”, especuló Fernanda.

Adrián Enrique Muñoz (74) fue asesinado en su departamento de Núñez.

Adrián Enrique Muñoz (74) fue asesinado en su departamento de Núñez.

La causa quedó en manos de José María Campagnoli, de la Fiscalía del Distrito Saavedra-Núñez, que esperaba el informe preliminar de los peritos de la Unidad Criminalística Móvil (UCM) que trabajaron en la escena del crimen.

Alí recolectaron distintas huellas y esperan que alguna pueda aportar la identidad de las presuntas asesinas.

La investigación fue ordenada a la División Homicidios de la Policía de la Ciudad, que tomó declaración a todos los vecinos del edificio.

La autopsia

Según pudieron confirmar las fuentes a Clarín, el cuerpo de la víctima tenía “22 lesiones punzocortantes”. Además, Muñoz murió como consecuencia de la hemorragia que le provocaron las heridas.

Adrián, que descanses en paz…“, publicó uno de sus amigos en redes sociales. “No puedo creer, querido Adrián que en paz descanses.. condolencias a la familia…“, apuntó otro.

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