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“En la Amazonía hay una ausencia total de la ley”: la selva tropical tras el primer año de Bolsonaro

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En un año, perdió 9.600 km2 de bosque; una cruda prueba de lo mal que le va a la región, bajo el mandato del nuevo gobierno brasileño.

Durante meses, nubes negras habían cubierto el cielo sobre la selva tropical mientras equipos de trabajo se abrían paso en ella quemándola y talándola. Ahora había llegado la temporada de lluvias, dando a la jungla un respiro y una visión más clara del daño sufrido por el mundo.

El cuadro que surgió fue cualquier cosa menos tranquilizador: la agencia espacial brasileña informó que en un año se habían arrasado más de 9.600 kilómetros cuadrados de la Amazonía: a la selva tropical más grande del mundo le habían arrancado una zona casi del tamaño del Líbano.

Quema de tierras para el pastoreo. (Victor Moriyama/The New York Times)

Quema de tierras para el pastoreo. (Victor Moriyama/The New York Times)

Fue la pérdida de selva tropical brasileña más grande de la última década y una cruda prueba de lo mal que le va a la Amazonía, una importante defensa contra el calentamiento global, en el primer año de Brasil bajo el gobierno del presidente Jair Bolsonaro.

Este ha prometido abrir la selva tropical a la industria y dar marcha atrás con las medidas de protección, y su gobierno ha llevado esto a la práctica recortando fondos y personal para debilitar el cumplimiento de las leyes ambientales. Ante la ausencia de agentes federales, han avanzado olas de leñadores, rancheros y mineros, envalentonados por el presidente y ansiosos de satisfacer la demanda mundial.

La deforestación se ha disparado, aumentando casi 30% respecto del año anterior.

“Esto confirma que en la Amazonía hay una ausencia total de ley”, dijo respecto de estos datos Carlos Nobre, climatólogo de la Universidad de San Pablo. “Los delincuentes ambientales se sienten más y más empoderados”.

Advirtió que la Amazonía pronto podría cruzar un punto de inflexión y comenzar a autodestruirse. “Las fuerzas de seguridad han llegado al mínimo de eficacia en una década”, añadió. “Es una advertencia preocupante para el futuro”.

El gobierno de Bolsonaro ha dado cierto asentimiento al combate contra la tala ilegal, pero el presidente ha reafirmado su posición de siempre de desdén por el trabajo de conservación. Una vez dijo que la política ambiental de Brasil “sofocaba al país”; durante la campaña prometió que “ni un centímetro cuadrado” de tierra estaría reservada para los pueblos indígenas; y el mes pasado restó importancia a los datos oficiales sobre deforestación.

De su postura han tomado nota en la frontera de la Amazonia, donde la selva tropical se transforma en tierra para el ganado, la soja y otros cultivos en un proceso que puede ser turbio, a veces ilegal y con frecuencia violento.

El humo trepa hacia el cielo detrás de un rebaño de ganado, en União Bandeirante. (Victor Moriyama/The New York Times)

El humo trepa hacia el cielo detrás de un rebaño de ganado, en União Bandeirante. (Victor Moriyama/The New York Times)

“La deforestación y los incendios siempre han sido un problema, pero esta es la primera vez que ocurren gracias al discurso y las actividades del gobierno federal”, dijo Marina Silva, quien como ministra de Medio Ambiente a mediados de los 2000 aplicó severas medidas contra la actividad ilegal en la Amazonia, contribuyendo a una reducción del 83% de la deforestación de 2004 a 2012.

Alrededor de 2014, Brasil comenzó a caer en una profunda recesión, y la deforestación empezó a aumentar en tanto los productores rurales y las empresas forestales buscaban nuevas tierras para explotar. La Amazonia, a la que durante siglos se recurrió en busca de árboles de caucho, minerales y tierra fértil, era el lugar obvio a donde ir.

Las agroempresas, siempre una fuerza importante en Brasil, obtuvieron aún más poder económico y político: ahora representan casi un cuarto del PBI del país, y la región amazónica contiene establecimientos de soja, minas de oro y hierro y haciendas con más de 50 millones de cabezas de ganado.

Estas industrias encontraron un aliado en Bolsonaro, legislador de extrema derecha y pro-mercado antes de llegar a la presidencia el año pasado. Su gobierno, dijo Silva, “no lucha para preservar una política empresarial ambiental”.

La deforestación empezó a crecer antes de que Bolsonaro asumiera su cargo en enero. Para el apogeo de la estación seca de julio y agosto, algunos expertos temían que las empresas forestales y los rancheros, que usan el fuego para preparar la tierra para los cultivos y las pasturas, estuvieran despejando la Amazonía con total impunidad.

Sus incendios atrajeron la atención internacional, en especial cuando se difundieron online las imágenes de la selva en llamas, árboles chamuscados y un cielo oscurecido por el humo sobre la ciudad más grande de Brasil, San Pablo, situada 2.900 kilómetros al sudeste de la selva tropical. Se detectaron más de 80.000 incendios desde comienzos de año, de acuerdo con los datos del gobierno.

Los incendios dieron lugar a una gran crisis diplomática para Bolsonaro, enfrentándolo con una reacción mundial de los políticos, varias celebridades y la opinión popular. Francia amenazó con bloquear un importante acuerdo comercial, y Noruega y Alemania detuvieron las donaciones para proteger la selva tropical.

Una granja ganadera en una zona deforerstada por incendios cerca de Porto Velho. (Victor Moriyama/The New York Times)

Una granja ganadera en una zona deforerstada por incendios cerca de Porto Velho. (Victor Moriyama/The New York Times)

Al principio Bolsonaro se mostró desafiante, pero luego movilizó a las fuerzas armadas para hacer frente a las llamas y dictó un decreto que prohibía los incendios en el Amazonas durante 60 días. El furor llegó a tal punto que las empresas brasileñas se preocuparon por el posible impacto. “¿Nuestra imagen se vio perjudicada? Sí. ¿Podemos recuperarla? Sí. El gobierno tiene que alinear su discurso con lo que el mundo quiere”, dijo Blairo Maggi, productor multimillonario de soja y ex ministro de Agricultura conocido como el Rey de la Soja.

“Los productores rurales, las asociaciones y la industria tendrán que rehacer lo que se perdió”, señaló. “Retrocedimos diez pasos; tendremos que trabajar para volver a donde estábamos”.

Las personas que trabajan la tierra han expresado sentimientos contradictorios respecto de la deforestación. Para algunos, los incendios son una doble amenaza porque escupen un humo peligroso y destruyen una selva que siempre les ha dado sustento. Para otros, los incendios crean puestos de trabajo muy necesarios, tanto más valiosos en el contexto de una economía brasileña aletargada.

La avanzada hacia la Amazonía también se ha visto impulsada por la demanda externa. Cada año, Brasil exporta casi 15 millones de toneladas de soja, gran parte de la cual va a China​, y más de 6.000 millones de dólares de carne vacuna, más que cualquier otro país de la historia. Los establecimientos ganaderos dan cuenta de hasta el 80% de la tierra deforestada en la Amazonía, según la Escuela de Silvicultura y Estudios Ambientales de Yale.

Grandes empresas de carne vacuna y soja han tenido que pagar multas de millones de dólares por comprar materias primas provenientes de tierras deforestadas ilegalmente, pero es difícil hacer cumplir tales normas.

Una plantación de soja, cuyos dueños usaron incendios para expandir sus tierras de cultivo.  (Victor Moriyama/The New York Times)

Una plantación de soja, cuyos dueños usaron incendios para expandir sus tierras de cultivo. (Victor Moriyama/The New York Times)

La semana pasada, el ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, dijo que las autoridades necesitaban una nueva estrategia para detener la tala y la minería ilegales, pero no ha delineado un plan.

Y pese al tono más conciliador adoptado por Salles y hombres de negocios como Maggi, Bolsonaro nuevamente expresó una visión agresiva y nacionalista de la Amazonia, diciendo que la selva tropical es un recurso para ser explotado.

La semana pasada, acusó falsamente al actor Leonardo DiCaprio de financiar los incendios en la región, y durante meses también ha desechado la preocupación de los pueblos indígenas respecto de las invasiones crecientes de las madereras y las mineras a las tierras protegidas, aun cuando los grupos indígenas le han reclamado al gobierno protección de la creciente violencia.

Muchos ambientalistas culpan directamente a Bolsonaro por el aumento de la deforestación, haciendo referencia a que despidió a funcionarios clave del principal ente regulador ambiental, IBAMA, y su negativa a apoyar las operaciones contra la tala.

“Si el gobierno federal no cambia en profundidad su postura en esta cuestión”, dijo Mauricio Voivodic, director ejecutivo de WWF Brasil, la deforestación “crecerá aún más el próximo año, haciendo que el país retroceda treinta años en lo que hace a protección de la Amazonía”.

El futuro de esta selva podría depender de que eso ocurra, con graves implicancias para el calentamiento global.

La selva tropical almacena un volumen enorme de dióxido de carbono, que es liberado a través de los incendios. De enero a julio, la deforestación y los incendios en la Amazonía brasileña liberaron entre 115 millones y 155 millones de toneladas de emisiones de dióxido de carbono –aproximadamente el total del estado de Carolina del Norte- según un análisis del Centro de Investigación Woods Hole e IPAM-Amazônia.

“Los datos de deforestación de los últimos tres meses también muestran un aumento muy marcado”, dijo Nobre, el climatólogo.

Tala de madera en Bosque de Caxiuanã, en Pará, Brasil. (Victor Moriyama/The New York Times)

Tala de madera en Bosque de Caxiuanã, en Pará, Brasil. (Victor Moriyama/The New York Times)

Los científicos también advierten que décadas de destrucción han llevado a la selva cerca de un punto de inflexión en el cual una menor cantidad de precipitaciones y estaciones secas más largas convertirían la mayor parte de ella en una sabana.

Según las investigaciones de Nobre, el punto de inflexión probablemente se alcance en el 20% al 25% de deforestación en toda la cuenca del Amazonas o incluso antes, dependiendo de la velocidad del cambio climático​. No hay una medida exacta de deforestación en los nueve países por los que se extiende el Amazonas, pero muchos investigadores creen que ya se ha perdido aproximadamente el 17% de la selva.

Si las cifras de este año representan una aceleración de ese proceso o una excepción respecto de esa tendencia sólo se hará evidente el próximo verano, cuando vuelva la estación seca.

Hablando con los periodistas el mes pasado, Bolsonaro predijo que el humo volvería con ella. “La deforestación y los incendios nunca se terminarán”, dijo. “Es algo cultural”.

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