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Ciencia

El primer paso hacia una vacuna argentina

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Es uno de los 85 prototipos mundiales que están en fase preclínica, de ensayos en animales. Es una investigación de trece científicos de la Universidad de San Martín y el Conicet.

Es la mañana de un día agobiante. Por el calor y por la pandemia. No se ven los ladrillos colorados, típicos de Norwood, en los Estados Unidos, donde está la sede de Moderna, ni las señoriales callecitas que rodean al Imperial College, en Inglaterra.

Pero aquí, cerca de las avenidas General Paz y Constituyentes, a minutos del tanque de gas gigante que quedó como símbolo de otra época, también se piensa en una vacuna para frenar al Covid-19. De las 169 que aún siguen en carrera, 85 están en la fase preclínica (de ensayos en animales) y una de ellas es un prototipo argentino. Viva va a su encuentro.

El auto dobla hacia una entrada del campus de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y aparecen distintos bloques de edificios. El más grande, color cemento, de unos 4 mil metros cuadrados y tres pisos, es la sede del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas (IIB). En uno de sus laboratorios trabajan 12 científicos liderados por la investigadora principal del Conicet Juliana Cassataro, experta en inmunología y enfermedades infecciosas. Juntos están atravesando el minuto cero de una vacuna argentina contra el coronavirus.

Juliana Cassataro, líder del grupo de investigación, en su escritorio, con los retratos de sus hijas Juana y Greta. Foto: Andrés D'Elía.

Juliana Cassataro, líder del grupo de investigación, en su escritorio, con los retratos de sus hijas Juana y Greta. Foto: Andrés D’Elía.

El blíndex de entrada tiene un teclado con código de seguridad. Cassataro, distinguida con los premios Houssay (2017) y Fundación Bunge y Born (2014), y financiada tres veces por la Fundación Bill & Melinda Gates, baja para habilitar el ingreso. Al llegar, saluda con un ademán de choque de codos, sin hacer contacto. Prolija, con barbijo quirúrgico y un guardapolvo blanco sobre un vestido floreado.

Demostramos en el laboratorio que la fórmula que estamos investigando induce anticuerpos que neutralizan al virus.

Juliana Cassataro, inmunóloga.

“Nuestro proyecto está en etapa preclínica, de ensayo en animales, casi a punto de terminar esta fase. Es decir, en estos seis meses demostramos, en el laboratorio, que la fórmula que elegimos, basada en proteínas recombinantes –una tecnología muy segura en la que se sustenta por ejemplo la vacuna contra la hepatitis B y en la que tenemos más experiencia–, induce anticuerpos que neutralizan al virus. Ahora estamos hablando con empresas locales que tengan la capacidad de producir este prototipo en condiciones GMP (N. de la R.: Según normas y directrices que garanticen su apropiada fabricación) para poder empezar una fase de prueba en humanos”, dice a metro y medio de distancia.

El escenario

Al atravesar el blíndex se accede a espacios luminosos de escaleras, galerías, escritorios y laboratorios. Las mesadas de trabajo son amplias y en las primeras cuatro se distribuye el equipo de Cassataro. En todas hay pequeños contenedores de cristal (placas de petri, erlenmeyers, balones, beakers), pipetas para dosificar volúmenes, geles de acrilamida para separar proteínas, cajas, computadoras, ficheros y calendarios.

Del otro lado de un largo pasillo están el bioterio, donde se ensaya con animales (ratones), las zonas de máxima bioseguridad y, en las cercanías, las máquinas para hacer observaciones. Por ejemplo, ver si alguna de las versiones de la fórmula está “neutralizando al virus”, es decir, si está dando resultado: si eso ocurre, aparecen imágenes fluorescentes.

Los jefes de cada sector tienen, además, otra área delimitada con escritorios y computadoras, donde van programando las rutinas de cada día y leen papers e información de revistas especializadas en ciencia.

Eliana Castro y Lorena Coria, especializadas en diseño de vacunas, observan un recuento de células infectadas. Foto: Andrés D'Elía.

Eliana Castro y Lorena Coria, especializadas en diseño de vacunas, observan un recuento de células infectadas. Foto: Andrés D’Elía.

Como en muchos laboratorios, hay una escenografía de desorden ordenado. Una señal de que están a toda máquina. “Desde abril estamos trabajando, casi todos, en forma presencial durante doce horas por día. Muy comprometidos”, confirma Cassataro.

La fórmula justa

Aquí, en medio de estos “Juegos de Química” pero de verdad, se está gestando una vacuna que, para empezar a diferenciarla, no se basa en ninguna de las plataformas que utilizan las que ya fueron aprobadas, como la de Moderna y Pfizer (con sus tecnologías ARN), o como la rusa que se aplica en el país con una “aprobación de emergencia” y que consiste en dos dosis, cada una con un vector de adenovirus diferente.

Las fórmulas que ensayó el equipo argentino, y que dieron como resultado, hasta ahora, un prototipo viable, listo para transferir a otra etapa, utilizan proteínas recombinantes.

Cuando se nos brinda apoyo, los científicos argentinos tenemos la capacidad de desarrollar lo que sea que se necesite.

Eliana Castro, bioquímica.

Una técnica que Cassataro explica así: “Nosotros tomamos diferentes partes del virus, como por ejemplo su proteína Spike, para producirlas en laboratorio. Esas proteínas, que son proteínas recombinantes, que nosotros producimos con células en el laboratorio, las purificamos. Logramos que queden recontra puras, de modo que al ingresar al organismo no infecten las células pero sean reconocidas por el sistema inmunológico para generar los anticuerpos necesarios y defenderse del virus real”.

La científica María Laura Darriba dosificando componentes en el laboratorio de la UNSAM. Foto: Andrés D'Elía.

La científica María Laura Darriba dosificando componentes en el laboratorio de la UNSAM. Foto: Andrés D’Elía.

El trabajo del equipo argentino no termina allí. “A la fórmula se le agrega algo más para tener una respuesta inmune deseada. Por eso estudiamos diferentes compuestos. Es decir, utilizamos prototipos con distintas formulaciones y mezclas. Hay que probar la dosis del antígeno, la cantidad, la dosis del otro compuesto. Una gran cantidad de combinaciones. Todo eso lo probamos en animales, estudiamos la respuesta inmune y seleccionamos las mejores fórmulas que induzcan los mejores anticuerpos neutralizantes del virus. A eso nos dedicamos en estos seis meses. Producimos, inmunizamos e hicimos un screeningseleccionamos entre muchas posibilidades. Y logramos un muy buen prototipo y otros dos que son más o menos”, detalla Cassataro.

Cómo sigue

Estos resultados se lograron gracias a un equipo interdisciplinario. “Somos varios inmunólogos que ya veníamos trabajando juntos. Para el proyecto nos unimos, además, al grupo de virólogos de Diego Alvarez, quien se encarga del diseño de las formulaciones candidatas incorporando las mutaciones del virus que circula en la Argentina”, comenta Cassataro.

Y agrega cómo fue el primer momento de este proyecto: “Decidimos presentarnos para recibir un subsidio de investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología bajo el título: Desarrollo de estrategias que ayuden a la prevención del coronavirus. Y es lo que estamos haciendo. Hacer una vacuna es una frase que suena muy linda, pero no se puede lograr solamente en mi laboratorio. Nosotros solos no vamos a poder concretarla. Lo que sí pudimos, en esta primera etapa, fue poner a punto las técnicas para estudiar su respuesta inmune. Para avanzar hay que transferir el prototipo a una empresa que pueda producirla con una manufactura regulada por ANMAT, lograr que se apruebe y pasar a una fase 1. Ahí seríamos parte de una cadena que lamentablemente, en la Argentina, no está conectada”, explica Cassataro.

Se refiere a que, por separado, están los eslabones, pero eso no es suficiente. “En el país tenemos buenos científicos que pueden trabajar bien en un laboratorio. Tenemos también la posibilidad de ensayos clínicos (en humanos) buenísimos. Aquí se hicieron los de Pfizer y están en marcha los de una vacuna china. Además, existen empresas con capacidad de producir, por ejemplo, un principio activo de la vacuna de Oxford. Los eslabones están, pero falta el envión para empezar. Y, por supuesto, como se trata de un proceso largo y muy costoso, se necesita un amplio financiamiento y una decisión política a largo plazo”, revela la científica.

Cuestión de tiempo

El largo plazo que menciona Cassataro es vital en el trabajo científico. Varias de las vacunas contra el Covid-19 que avanzaron rápido, lo hicieron porque quienes las investigaban se basaron en estudios previos.

“Si vemos las vacunas que llegaron muy rápido, detrás de ellas hay científicos que venían trabajando en ellas desde hace 15 o 20 años. No existe algo que sea tan rápido sin una investigación muy profunda”, confirma la experta.

El tiempo también fue clave en la historia de este prototipo argentino. Primero, porque cuando se tomó la decisión de trabajar de manera presencial en el laboratorio hubo que organizar rápidamente las rutinas en casa y apretar en agendas el tiempo para las clases de los chicos (varios científicos de este equipo tienen hijos en edad escolar), para las tareas de la casa y para el trabajo de laboratorio, que en esta etapa es totalmente empírico.

La bioquímica Karina Pasquevich sostiene un gel de acrilamida que se usa para identificar  las proteínas del coronavirus. Foto: Andrés D'Elía.

La bioquímica Karina Pasquevich sostiene un gel de acrilamida que se usa para identificar las proteínas del coronavirus. Foto: Andrés D’Elía.

De los 13 integrantes del grupo, 10 son mujeres, varias con hijos en edad escolar y una de ellas, la bioquímica y viróloga Eliana Castro, está embarazada. No fue fácil arrancar, pero apareció allí lo que más brilló en pandemia: la idea de que todo es posible aún en las peores condiciones.

Eugenia Bardossy tiene 35 años, es bioquímica y dice que “su participación es mínima comparada con lo que realizan otros colegas del equipo”. Lo que fue máximo en su vida fue organizarse para seguir trabajando y no desatender a sus dos hijos: uno de 3 años y otro de 10 meses.

Lorena Coria es una experta en inmunología y tiene un nene de dos años que, cuando ella está en el laboratorio, queda al cuidado de su pareja. La salud humana le interesó desde que estaba en el secundario. Por eso se siente muy plena en este momento: “Cuando empezó la pandemia y se presentó la oportunidad de colaborar aportando nuestro conocimiento y experiencia en el desarrollo de vacunas para ayudar a combatir este problema, no lo dudamos. Estamos aprendiendo mucho y además somos conscientes de que estamos desarrollando algo que nos daría independencia en el suministro de vacunas”.

Cuando era chica, a Eliana Castro le interesaba “lo microscópico y lo astronómico”, pero en la adolescencia se orientó hacia la salud. Se anotó como voluntaria en el Hospital Evita, de Lanús, para saber si su vocación era más asistencial o de investigación. Decidió estudiar bioquímica en la UBA. Hoy es una experta en diseño de vacunas.

“Ser parte de este proyecto implica cumplir, realmente, con el objetivo de aportar a la prevención de una enfermedad, en este caso causada por un virus nuevo que está dañando a la sociedad y que me ha golpeado personalmente. También hizo tangible la capacidad que tenemos en nuestro país de desarrollar lo que sea que se necesite cuando se nos brinda apoyo”, comenta sobre su rol de científica.

Estamos trabajando en algo que nos daría independencia en el suministro de vacunas.

Lorena Coria, inmunóloga.

Sobre su rol de mamá, cuenta: “Con mi marido, tuvimos que incluir en nuestras rutinas las actividades y cuidados de nuestra hija de 5 años a tiempo completo (zooms, tareas, juegos). También organizarnos con las tareas de la casa. Así que trabajo en el laboratorio a la mañana, y las lecturas, reuniones y docencia los hago desde casa. Ahora , además, estoy embarazada de 4 meses, así que estamos muy contentos.”

Leandro Battini tiene 29 años y es uno de los más jóvenes del grupo. Es biólogo, está cursando su doctorado y se interesa por el desarrollo de antivirales. Pertenece al grupo de Diego Alvarez, fusionado con el de Cassataro. Para él, la vocación estuvo clara desde siempre. Sus padres y su hermano son biólogos y su pareja, también. “En 2020, por la pandemia, muchos científicos se orientaron al Covid-19. En ese contexto llegué a este grupo”, explica.

Claudia Filomatori es bioquímica y doctora en Ciencias Biológicas. Tiene una función vital: analiza la variabilidad del material genético del virus que circula en la Argentina. Pero lo realmente difícil es “compatibilizar la ecuación Pandemia/Familia/Trabajo. Tengo tres hijos en edad escolar y por momentos se me hizo complicado ser mamá, ama de casa, maestra y científica”.

La bioquímica Karina Pasquevich participa activamente en el estudio de las respuestas inmunes de las fórmulas probadas. Desde pequeña, su padre, físico, le transmitió la pasión por hacerse preguntas y tratar de responderlas. Sobre su vida en pandemia dice: “Tuve la escuela de mis dos hijas en casa, fue un desafío a nivel familiar. Afortunadamente, tuve el apoyo de mi marido y los abuelos para venir al laboratorio”.

El equipo de la “vacuna argentina” se completa con los científicos Diego AlvarezMaría Laura DarribaLucas SaposnikCeleste Pueblas Castro (de 26 años, quien justo una semana antes de la cuarentena se mudó para vivir sola), Laura Bruno y Lucía Chemes.

Ciencias de la vida

La directora del proyecto, Juliana Cassataro, también tuvo que adaptar a su familia para el trabajo en pandemia. Con su marido, Roberto, organizaron los tiempos de atención para Juana, de 17, y Greta, de 13.

De ellas habla sin pausa, pero cuando se le pregunta sobre sus propios orígenes, duda en responder. “No porque quiera ocultarlos, sino porque no quiero que mi historia desvíe el foco de atención de nuestro trabajo científico”, dice.

Se refiere a que es hija de padres desaparecidos. Cassataro, de 46 años, tenía 3 años y medio cuando se llevaron a sus padres. No recuerda nada. A ella y a su hermana menor las dejaron en la Casa Cuna de La Plata, donde fueron encontradas por un tío abuelo.

“Me educó mi abuela Juana, de Mar del Plata, con mucho amor y exigencia para el estudio. A veces pienso que el darme cuenta, tan temprano, de que no todo es perfecto y de que las cosas pueden fallar, me hizo siempre tener un plan B, C, D y E para que todo funcione. También pienso si el volcarme hacia las ciencias de la vida tiene que ver con que son lo opuesto a lo que viví cuando era chica”, comenta.

¿Por qué tu equipo quiere seguir con el proyecto de una vacuna si ya hay otras que se están aplicando?

Nosotros vamos a tardar seguramente mucho más tiempo del que la sociedad demanda en este momento, pero si estas vacunas que ahora se compraron y se están aplicando en nuestro país requieren refuerzos anuales, en un futuro estaría buenísimo poder hacerlas acá y que estas capacidades existan en la Argentina. Así no hay que estar esperando si nos las envían, o si las compran. Si un día no se puede… tenemos que tener la capacidad de hacerlas.

Y en una mañana de agobio, por el calor y la pandemia, llega aire fresco. Cassataro dice al despedirse que, si tuviera todos los recursos necesarios disponibles, a mediados de 2022 podría estar terminándose esta vacuna que ahora da sus primeros pasos. ¿Un sueño?

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Ciencia

Un nuevo protocolo antes de decidir desconectar a un paciente

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Los ensayos de duración limitada ofrecen a los pacientes de la UCI y a sus familias una opción ante las escasas probabilidades.

En 2019, el doctor Richard Leiter, especialista en cuidados paliativos, conoció a un paciente y a la esposa del hombre en la unidad de cuidados intensivos del Brigham and Women’s Hospital de Boston.

El paciente, de unos 70 años, tenía una enfermedad cardíaca y problemas renales.

Pero había estado viviendo en su casa y se encontraba razonablemente bien hasta que la sepsis, una infección del torrente sanguíneo potencialmente mortal, lo envió a urgencias.

Trabajadores sanitarios atienden a un paciente con COVID-19 en el Hospital Llavallol en Buenos Aires. Foto AP Photo/Natacha Pisarenko.

Trabajadores sanitarios atienden a un paciente con COVID-19 en el Hospital Llavallol en Buenos Aires. Foto AP Photo/Natacha Pisarenko.

Llevaba ya varios días conectado a un respirador artificial y necesitando fármacos para evitar que su presión arterial cayera en picada.

Ahora, “sus riñones ya no funcionaban y no se despertaba en absoluto”, recuerda Leiter, y añade: “Nos preocupaba mucho que no fuera a sobrevivir”.

Cuando el equipo de cuidados paliativos renales -que incluye una enfermera y un trabajador social, así como un nefrólogo de consulta- se reunió con la mujer del hombre para hablar del tratamiento, le propuso lo que se conoce como un ensayo de duración limitada, en el que el tratamiento de mantenimiento de la vida continúa durante un período acordado para ver cómo responde el paciente.

Leiter explicó que el equipo podía probar la diálisis continua, que podría hacer lo que los riñones del hombre ya no podían: eliminar las toxinas y los líquidos de su cuerpo para que pudiera recuperar la conciencia.

Pero “no estábamos seguros de que la diálisis sirviera de algo”, recuerda haberle dicho Leiter.

El equipo no era optimista.

Además, la diálisis continua implica la implantación de un gran catéter en el cuello, un procedimiento invasivo que se suma a las incómodas medidas que el paciente ya estaba soportando.

Su mujer informó de que él valoraba su independencia y su conciencia mental.

Si el hombre se estaba muriendo, la diálisis podría simplemente prolongar su sufrimiento; si sobrevivía, podría quedar gravemente afectado.

Ella comprendía los riesgos, recordó Leiter.

 “Me dijo: ‘Comparto tu preocupación, pero necesito saber que lo he intentado’“.

Aceptó someterlo a diálisis las 24 horas del día durante tres días.

Si la presión arterial de su marido se estabilizaba y se despertaba, el equipo continuaría el tratamiento.

Pero si seguía inconsciente, explicó Leiter a la mujer, eso indicaba que era poco probable que su marido se despertara.

En ese caso, el equipo mantendría al paciente cómodo mientras le retiraban los dispositivos y fármacos de soporte vital.

Opción​

Aunque hay pocos datos sobre la frecuencia con la que los médicos de cuidados intensivos sugieren un ensayo de duración limitada, “está ganando adeptos como forma de relacionarse con los pacientes y las familias en las UCI”, dijo el Dr. Douglas White, que dirige el Programa de Ética y Toma de Decisiones en Enfermedades Críticas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburgh.

Este enfoque puede recibir un impulso gracias a un estudio realizado en tres grandes hospitales de Los Ángeles y publicado recientemente en JAMA Internal Medicine.

Los investigadores formaron a los miembros del personal de la UCI, entre ellos unos 50 médicos, para que utilizaran ensayos de duración limitada cuando se reunieran con los familiares que tomaban las decisiones de los pacientes que estaban demasiado enfermos para dirigir su propia atención.

“La situación típica es que el equipo médico es pesimista”, dijo el doctor James A. Tulsky, médico de cuidados paliativos del Instituto Oncológico Dana Farber de Boston y coautor de un editorial que acompaña al estudio.

“Los pacientes están muy enfermos y al equipo le preocupa que las probabilidades de supervivencia, con cualquier tipo de calidad de vida aceptable para el paciente, sean muy bajas”, dijo.

“Sin embargo, la familia mantiene la esperanza de que algo cambie. Puede haber mucho conflicto en torno a esto”.

Un ensayo limitado en el tiempo -se utilice o no ese término preciso por parte del personal de la UCI- incorpora varios elementos clave.

El equipo médico pregunta a los familiares sobre lo que le importa al paciente, incluidos los esfuerzos médicos que aceptaría o rechazaría.

Si los médicos proponen un tratamiento, como un ventilador para ayudar a un paciente a respirar o un dispositivo para ayudar a un corazón vacilante, explican no sólo los posibles beneficios sino también los inconvenientes.

“Estas intervenciones son potencialmente dolorosas, carecen de dignidad y son tremendamente gravosas“, afirma Tulsky.

A menudo, hay que sedar a los pacientes de la UCI para que no intenten sacar los incómodos tubos y catéteres respiratorios.

El equipo y la familia acuerdan un tiempo determinado para probar el tratamiento, que puede ser de 24 a 48 horas o unos días, según la terapia y el estado del paciente.

A continuación, el personal traza los marcadores concretos que mostrarán si el paciente está mejorando.

Tal vez pueda respirar con menos apoyo del ventilador, o reciba resultados alentadores de los análisis de sangre, o recupere la conciencia.

Entonces, podrá abandonar la UCI para recibir los cuidados hospitalarios habituales.

“Queremos poder decir que le hemos dado el tiempo suficiente para ver cómo le va a ir”, dijo el Dr. Dong Chang, especialista en cuidados críticos del Centro Médico Harbor-UCLA y autor principal del estudio.

“Lo único que no queremos es continuar indefinidamente“, dijo.

Cuando los pacientes no cumplen los objetivos especificados, añadió, “eso suele ser una señal de que no van a mejorar: fallecerán o acabarán en un estado que no desearían”.

En ese caso, la familia puede optar por un tratamiento menos agresivo o por cuidados de confort.

El estudio de Los Ángeles, en el que participaron unos 200 pacientes de la UCI con una edad media de 64 años, demostró la gran diferencia que puede suponer este enfoque.

La mitad de los participantes fueron tratados antes de que los hospitales adoptaran los ensayos de duración limitada; los investigadores compararon sus resultados con los de los pacientes tratados después de que dichos ensayos se convirtieran en práctica habitual.

Al principio, el 60% de los pacientes se reunía formalmente con la familia para sopesar las decisiones.

Después de que los hospitales introdujeran los ensayos de duración limitada, casi el 96% de las familias tuvieron reuniones formales, y éstas tuvieron lugar mucho antes, un día después del ingreso del paciente, en lugar de cinco días.

Las sesiones tenían muchas más probabilidades de incluir discusiones sobre los valores y preferencias del paciente y sobre los riesgos y beneficios del tratamiento.

La duración media de la estancia se redujo en un día, un cambio significativo.

Y lo que es más importante, la proporción de pacientes que permanecieron durante semanas en la UCI se redujo drásticamente, quizá porque menos recibieron tratamientos invasivos más tenían órdenes de no reanimación.

Sin embargo, la tasa de mortalidad fue prácticamente la misma -y elevada, casi un 60%- en ambos grupos.

“Nos tranquilizó saber que no estábamos empujando a los familiares a situaciones incómodas, empujándolos a reducir los tratamientos para alguien que habría sobrevivido”, dijo Chang.

Los ensayos de tratamiento coinciden con lo que muchos pacientes dicen a sus médicos, dijo White: “Dicen cosas como: ‘Si puedes sacarme de esto rápidamente, por supuesto. Pero no me mantengas con máquinas a largo plazo‘”.

Decisiones difíciles

Los ensayos también pueden ayudar a las familias que se enfrentan a decisiones aplastantes, y que a menudo sufren culpa y dudas tras la estancia de sus seres queridos en una UCI.

“La gente es muy humana en su forma de reaccionar ante una mala noticia impactante”, dijo White. “Puede llevar tiempo asimilarlo“.

Los ensayos de tratamiento proporcionan ese tiempo y ofrecen una tercera opción: un punto intermedio entre autorizar todos los procedimientos agresivos posibles o suspender las medidas de mantenimiento de la vida.

Para las familias, dijo Chang, “participar en estas conversaciones, ver cómo se desarrolla el tratamiento ante ti, puede ser un estímulo.

 ‘Ahora veo lo que ven los médicos. Entiendo por qué creen que no va bien'”.

En una UCI en la que nadie sugiere una estrategia de este tipo, los propios familiares pueden preguntar: ¿Podemos hacer una prueba de tiempo limitado, si hay algo que crees que puede ayudar?

“El personal entendería lo que significa, y creo que respondería positivamente”, dijo Leiter.

Su paciente en el Brigham and Women’s Hospital, incluso con diálisis continua, nunca se despertó, recordó Leiter: “Cuando pasaron tres días, su mujer dijo: ‘Basta. Hagamos lo posible para que muera en paz'”.

Ella y sus hijos se reunieron mientras el equipo le suministraba analgésicos y retiraba los tubos y la maquinaria.

Mientras mantenían la vigilia, el hombre murió en cuestión de horas.

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Ciencia

Entrenan abejas para “sacar la lengua” al oler el covid-19

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Un grupo de científicos neerlandeses aprovecha el excelente sentido del olfato de las abejas para que detecten personas contagiadas.

Hacerse una PCR ha sido una experiencia poco agradable para muchos esta pandemia, lo que ha llevado a un grupo de científicos neerlandeses a buscar alternativa de diagnóstico: aprovechar el excelente sentido del olfato de las abejas para que detecten los contagios, haciendo que “saquen la lengua” cada vez que huelan los cambios que la covid-19 provoca en el cuerpo humano.

El coronavirus, al igual que muchas otras enfermedades, provoca cambios metabólicos en el organismo que hacen que el cuerpo emita un olor específico.

Frente a esto, las abejas, que son capaces de localizar una flor a varios kilómetros de distancia, se pueden entrenar cual perros para que reconozcan el olor que desprenden muestras infectadas con el SARS-CoV-2, el virus que provoca el covid-19, y prepararlas para ser unas auténticas PCR.

Entrenan abejas para "sacar la lengua" al oler covid-19.

Entrenan abejas para “sacar la lengua” al oler covid-19.

Se entrenan en cuestión de minutos, son un animal accesible en todos los países del mundo y, aunque provoquen fobias a ciertas personas, las abejas pueden ser algo más agradables si se comparan con los hisopos que se usan para las PCR, lo que hace que esta técnica, “BeeSense”, sea muy tentadora, en especial dada la escasez mundial y la necesidad de los test de diagnósticos.

“Lo maravilloso de las abejas es que tienen una capacidad olfativa muy fuerte, son como los perros, y pueden incluso detectar cambios menores. Pueden hacer cosas fascinantes”, dijo  Aria Samimi, director de la Startup InsectSense, que unió fuerzas con el laboratorio neerlandés Wageningen Bioveterinary Research (WBVR) para hacer sus ensayos y ver cómo las abejas pueden detectar si una persona está o no enferma de covid-19.

Recuerda que los confinamientos decretados en diferentes países durante la pandemia fueron porque “no teníamos sistemas de diagnóstico suficientes como para separar a las personas contagiadas del resto, y esto es algo que las abejas pueden aprender en pocos minutos, en comparación con los perros, y tan pronto como aprendan, podrán hacer las detecciones en pocos segundos”.

150 ABEJAS ENTRENADAS

La investigación aún se encuentra en su etapa inicial. Fueron entrenadas más de 150 abejas en el laboratorio con muestras infectadas con el SARS-CoV-2 de visones y humanos, dándoles una solución de agua azucarada como recompensa cuando tenían que oler el metabolismo relacionado con el covid-19, lo que les ha enseñado a extender la lengua para alcanzar el dulce.

Un grupo de científicos neerlandeses aprovecha el excelente sentido del olfato de las abejas para que detecten personas contagiadas.

Un grupo de científicos neerlandeses aprovecha el excelente sentido del olfato de las abejas para que detecten personas contagiadas.

“Al repetir esta acción varias veces, las abejas asociaron la recompensa con el aroma como estímulo. Con este condicionamiento repetido, pronto las abejas comenzaron a extender la lengua solo para el olor, sin que se ofreciera una recompensa como seguimiento”, explican los científicos.

De salir adelante con todas las garantías, puede convertirse en una técnica “muy útil para prevenir y gestionar los futuros brotes”” de cualquier virus a gran escala, dice Samimi.

“Es globalmente accesible, no solo para países desarrollados sino también para los que tienen bajos ingresos”, insiste.

NO HAY QUE TENERLES MIEDO

Samimi calma a los más escépticos que ponen la apifobia sobre la mesa: la idea no va de dejar rondar a las abejas a su aire por los aeropuertos o los hospitales, y que vayan sacando la lengua cada vez que huelan el covid-19.

El planteamiento requiere un biosensor, dentro del que se colocarían las abejas. La gente puede respirar dentro, o a través de otra herramienta que acerque las muestras a las abejas.

Por tanto, el siguiente paso es trabajar en la “escalabilidad” de este enfoque y, dado que las abejas son accesibles a nivel mundial, lo único que la gente necesita es una máquina para poder entrenar a estos insectos.

No hay peligro de que las abejas propaguen la enfermedad: no son sensibles al virus y no entran en contacto directo con él durante los ensayos.

No hay peligro de que las abejas propaguen la enfermedad: no son sensibles al virus y no entran en contacto directo con él durante los ensayos.

InsectSense ya ha desarrollado varios prototipos de aparato que puede entrenar simultánea y automáticamente a varias abejas, y un biosensor que despliega a las abejas entrenadas para el diagnóstico.

“Esta tecnología puede ser un sistema de diagnóstico muy eficaz para los países de bajos ingresos que enfrentan desafíos para acceder a la infraestructura y las tecnologías” de diagnóstico necesarias, añade la empresa.

En principio, tampoco hay peligro de que las abejas propaguen la enfermedad: no son sensibles al virus y no entran en contacto directo con él durante los ensayos.

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Cuántos millones de Tyrannosaurus rex habitaron la tierra: la cifra que no deja de sorprender

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Un estudio publicado en la revista Science calculó la población de esta especie icónica que vivió hace 65 millones de años.

El Tyrannosaurus rex es seguramente la especie de dinosaurio más icónica. Todos tenemos en la mente las imágenes de la película Jurassic Park y como ese colosal animal era capaz de comerse a una persona de un bocado.

Estos dinosaurios vivieron a finales del período Cretácico hace unos 65 millones de años aproximadamente, son uno de los terópodos carnívoros conocidos de mayor tamaño (13 metros de largo y 4 metros de altura) y su hábitat era lo que es hoy América del Norte, pero… ¿Sabemos si era un dinosaurio muy extendido? ¿Cuántos T. rex vivieron en esa época?

Un nuevo estudio, publicado en la revista Science, ha determinado que vivieron en la Tierra aproximadamente 2.500 millones de individuos.

El cráneo de un Tyrannosaurus rex joven, expuesto en el Museo de las Rocosas en Bozeman, Mont. Crédito...Millard H. Sharp/Science Source

El cráneo de un Tyrannosaurus rex joven, expuesto en el Museo de las Rocosas en Bozeman, Mont. Crédito…Millard H. Sharp/Science Source

El equipo de investigadores, liderados por el paleontólogo de la Universidad de California Charles R. Marshall, aprovechó la relación entre masa corporal y densidad de población observada en animales vivos para estimar los rasgos de población de esta icónica especie extinta hace tanto tiempo.

Sus hallazgos sugieren que cerca de 20.000 T. rex vivieron simultáneamente en algún momento durante su permanencia en la Tierra y persistieron durante unas 127.000 generaciones. Estas estimaciones ofrecen un total aproximado de 2.500 millones de individuos durante toda la existencia de la especie.

Además, los autores estiman que la densidad de población de la especie equivalía a 3.800 T. rex en un área del tamaño de California, equivalente a solo dos animales en un área del tamaño de una ciudad como Washington D.C, de tamaño similar a la ciudad de Barcelona.

Los resultados también permitieron al equipo de Marshall determinar que solo alrededor de 1 de cada 80 millones de T. rex sobrevivió al paso de las eras en forma de restos fosilizados.

Una niña ciega toca una reproducción del dinosaurio Tyrannosaurus rex durante una visita guiada para personas con discapacidad visual en el Museo de Historia Natural de Viena, Austria Foto archivo. EFE/Christian Bruna

Una niña ciega toca una reproducción del dinosaurio Tyrannosaurus rex durante una visita guiada para personas con discapacidad visual en el Museo de Historia Natural de Viena, Austria Foto archivo. EFE/Christian Bruna

Método que sirve para otras criaturas extintas

Los autores aseguran que el marco que han desarrollado podría aplicarse a cualquier criatura extinta disponiendo de los datos adecuados. Esto abre la puerta a una serie de nuevas investigaciones sobre otras cuestiones paleoecológicas y tafonómicas.

“Se puede aprender mucho del registro fósil sobre especies extintas como los dinosaurios. Sin embargo, debido a la naturaleza fragmentada del registro, la comprensión de variables ecológicas como la densidad y la abundancia de la población sigue siendo un reto”, explican los autores.

Cuando se quiere calcular la población existente de una especie viva, la forma de comprender mejor estas variables es mediante el uso de la relación establecida entre la densidad de población y la masa corporal. Lo que se conoce como Ley de Darmuth establece que la densidad media de la población de una especie disminuye con el tamaño corporal a un ritmo predecible.

Aplicando la Ley de Darmuth y la gran cantidad de datos paleontológicos del enorme T. rex, Charles Marshall y sus colegas calcularon los rasgos a nivel poblacional y la tasa de conservación de fósiles de la especie.

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