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Del Potro volvió a hacer tenis y enciende una luz de esperanza sobre su regreso

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Según supo Ámbito, el tandilense hizo movimientos leves junto a otros jugadores en un club de Palermo. Es la primera vez desde su segunda cirugía en la rodilla derecha que pisa una cancha.

Entre tantas noticias que abruman y hacen dudar sobre el futuro inmediato del tenis mundial, hay un hecho que destaca y trae luz para el deporte argentino: después de largos meses Juan Martín Del Potro volvió a pisar una cancha de tenis. De a poco, el gigante que nunca deja de luchar empieza a dar signos positivos sobre su regreso.

Desde fines de la temporada 2018 que el tandilense pelea contra una lesión fortuita que lo paró en seco en el mejor momento de su carrera. Aquella noche del 11 de octubre se cayó en el Masters 1000 de Shanghai ante el croata Borna Coric y su rodilla derecha impactó de lleno en el cemento.

La “Torre” intentó de todo para recuperar la rótula. Primero fueron tratamientos alternativos. Después de un regreso fugaz al circuito llegó la primera cirugía, realizada en junio de 2019 en Barcelona por el doctor Ángel Ruiz Cotorro -el médico de confianza de Rafael Nadal-, tras otro accidental resbalón en el césped de Queen’s. La segunda intervención fue en enero de este año, en Miami, y quedó a cargo de Lee Kaplan, quien intentó corregir algunos problemas para eliminar el dolor.

“Delpo”, de 31 años, permaneció en EEUU para su rehabilitación y recién pudo volver una vez que comenzó en Argentina la cuarentena por la pandemia de coronavirus. Durante el aislamiento, el campeón del US Open 2009 nunca dejó de fortalecer su cuerpo, tal como publicó en reiteradas ocasiones en sus redes sociales.

Según pudo saber Ámbito, en las últimas semanas Juan Martín Del Potro dio un paso importante y fundamental de cara a su retorno al circuito. Después de muchos meses de gimnasios y recuperación física, el tandilense volvió a pisar una cancha, y fue en el cemento del Tenis Club Argentino, entidad de la cual es socio y suele frecuentar para practicar.

Lo hace sin mayores presiones, en la búsqueda de un retorno paulatino. De hecho todavía siente molestias y se limitó a ser compañero de otros tenistas que están en plena preparación para la vuelta del circuito ATP en poco menos de un mes, como Guillermo Durán y Juan Ignacio Londero, entrenado por Sebastián Prieto, excoach del tandilense. Al predio de Palermo también asisten Leonardo Mayer y Guido Pella, todos con los permisos correspondientes.

Durante la cuarentena, la “Torre” participó de una charla con Emanuel Ginóbili y de una entrevista con ESPN, y en ambas ocasiones dejó en claro que su deseo es volver a jugar al tenis. Pese a las lesiones y los retrasos, Del Potro no siente que sea el momento del retiro.

“El día a día es difícil, pero quiero volver, quiero intentar otra vez. Los médicos dicen que voy a estar bien. Más allá de los dolores que sigo teniendo, lo quiero volver a intentar; me lesioné la rodilla cuando estaba tres del mundo y pensaba que iba por Rafa y por todos”, le confesó a Manu al inicio del aislamiento.

En tiempos de episodios inéditos y circunstancias imposibles de adivinar, el componente psicológico será tan fundamental como la técnica o la condición física. Que Del Potro experimente ganas de seguir aún con dolores es un plus que lo potenciará en un circuito marcado por el coronavirus y su exigente protocolo. En definitiva, mientras el argentino estuvo lesionado, el resto de los jugadores también estuvo parado.

Sólo Del Potro sabrá cómo reaccionará su cuerpo en las próximas semanas, mientras la ATP ponga en marcha sus motores y la pelota empiece a rebotar. El principal objetivo es que el tandilense esté sano y ya hay signos esperanzadores.

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Tras la muerte de Diego Maradona, Sebastián Méndez presentó su renuncia en Gimnasia

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El ayudante del Diez y técnico interino dejó su cargo este jueves por la noche. El sábado, contra Vélez, dirigirá Mariano Messera.

El ayudante de campo de Diego Maradona y director técnico interino de Gimnasia y Esgrima La Plata en los últimos días de internación del Diez, Sebastián Méndez, renunció a su cargo este jueves por la noche.

Tras la muerte del astro mundial, el Gallego le comunicó al presidente del club que había llegado al Tripero “con Maradona” y por eso ahora se va “con él”. Lo mismo aconteció con el otro ayudante, Adrián González. Este viernes, se despedirán del plantel.

El ciclo de Maradona y Méndez al frente del equipo platense concluyó tras 24 partidos, en los que Gimnasia sacó el 41,6% de los puntos (ocho triunfos, seis empates y 10 derrotas).

A los 43 años, el Lobo fue el décimo club en la carrera del Gallego, luego de haber estado en San Lorenzo, Banfield, Atlanta, Platense, Gimnasia de Jujuy, Godoy Cruz, Belgrano, Palestino de Chile y Cúcuta.

El ciclo de Maradona y Méndez concluyó con 24 partidos en el Lobo. Foto: AFP

El ciclo de Maradona y Méndez concluyó con 24 partidos en el Lobo. Foto: AFP

Leandro Martini se hará cargo del plantel a partir de este viernes junto a Mariano Messera y el preparador físico Ignacio Dahul.

“El presidente, Gabriel Pellegrino, me llamó después de las 22 para informarme de la renuncia del Gallego Méndez y me comunicó que este viernes nos tenemos que hacer cargo del plantel con Messera”, le explicó a Télam el propio Martini.

Junto a su compañero de dupla técnica, está a cargo de la reserva tripera y ya saben lo que es hacerse cargo del primer equipo cuando renunciaron otros entrenadores anteriormente.

El sábado a las 19.20, Gimnasia jugará con Vélez en Liniers y el viernes 4 de diciembre a las 17.10 con Huracán en el Bosque, cerrando su participación en el Grupo 6 de la Copa de la Liga Profesional.

El plantel se reunió en la mañana de este jueves en el predio de Estancia Chica, en Abasto, donde se hizo un minuto de silencio en homenaje a Maradona, como sucedió en las prácticas de todos los equipos del fútbol argentino, pero no entrenó, sino que se trasladó hacia la Casa Rosada para asistir al velatorio de su entrenador.

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Así despidieron los diarios del mundo al ‘D10S’ del fútbol

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Diego Armando Maradona, el mejor futbolista de todos los tiempos, murió a los 60 años en una casa en un barrio privado en Buenos Aires, Argentina, donde se recuperaba de una operación reciente de un hematoma subdural

La leyenda del fútbol Diego Armando Maradona falleció este miércoles a los 60 años de “un paro cardíaco” en su casa en Argentina, un hecho que enluta y conmueve al mundo. Muchos de los principales diarios del planeta, en todos los idiomas, despidieron a quien es considerados por muchos como el mejor jugador de la historia.

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Fue “un paro cardíaco, antes del mediodía”, declaró a la AFP, su jefe de prensa, Sebastián Sanchi. Maradona murió en su nueva residencia en Nordelta, a 40 km al norte de Buenos Aires.

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Las reacciones de tristeza llovieron desde todas partes del mundo. “Algún día podremos jugar juntos al fútbol en el cielo”, dijo la también leyenda Pelé, tricampeón del mundo brasileño, de 80 años.

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“Un día muy triste para todos los argentinos y para el fútbol. Nos deja pero no se va porque el Diego es eterno”, escribió Lionel Messi, del Barcelona FC, en su cuenta oficial de Instagram.

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“Eternas gracias. Eterno Diego”, escribió Boca Juniors, el equipo de su corazón; “Ciao, Diego”, tuiteó el Nápoles italiano; “Gracias por todo, Diego”, posteó el FC Barcelona.

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El presidente argentino Alberto Fernández declaró tres días de duelo nacional y la Presidencia anunció que el velatorio será en la Casa Rosada, sede del gobierno, desde las 6H00 a las 16H00 locales (09H00 a 19H00 GMT) “por indicación de la familia”.

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Centenares de personas ya comenzaron a hacer fila en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada (gobierno) para poder ingresar a despedir al campeón mundial en México-1986.

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El féretro con los restos de Maradona llegó a Casa Rosada pasada la medianoche del miércoles, tras ser trasladado en una ambulancia rodeado de un fuerte dispositivo de seguridad, constató la AFP.

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Claudia Villafañe, ex esposa de Maradona y sus dos hijas Dalma y Gianinna, ya estaban en Casa Rosada. Se vio ingresar al presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, Claudio Tapia, a jugadores en actividad y retirados, compañeros de Maradona en la selección de 1986, entre otros, para la despedida privada antes de la apertura al público, informó TyC.

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“Nos llevaste a lo más alto del mundo. Nos hiciste inmensamente felices. Fuiste el más grande de todos. Gracias por haber existido Diego. Te vamos a extrañar toda la vida”, tuiteó Fernández.

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Personalidades como su compatriota el papa Francisco y varios líderes mundiales rindieron tributo al ídolo de los argentinos.

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Como jugador fue artista y mago de la pelota. Alcanzó la cima de su carrera como el capitán de la selección argentina que ganó la Copa del Mundo en México-1986. Fue en ese mundial donde anotó sus dos goles más célebres, en cuartos de final ante Inglaterra. El primero con la mano, la famosa ‘mano de Dios’, y el segundo considerado el mejor en la historia de las citas máximas.

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Pocas veces en la historia un personaje del deporte alcanzó semejante dimensión internacional. Era recibido con adoración a cuanto país llegaba y le reconocían su personalidad rebelde.

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“Nunca voy a olvidar mi origen”, en una villa miseria (asentamiento) al sur de la capital. Aquella cuna le forjó una conciencia en favor de los movimientos populares y se declaró admirador de los líderes de izquierda de Latinoamérica, como el cubano Fidel Castro, de quien fue amigo. Curiosamente falleció el mismo día que el líder cubano.

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Conmoción mundial: murió Diego Armando Maradona. Tenía 60 años

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Sufrió un paro cardiorrespiratorio en la casa de Tigre en la que se había instalado tras su operación en la cabeza.

Y un día ocurrió. Un día lo inevitable sucedió. Es un cachetazo emocional y nacional. Un golpe que retumba en todas las latitudes. Un impacto mundial. Una noticia que marca una bisagra en la historia. La sentencia que varias veces se escribió pero había sido gambeteada por el destino ahora es parte de la triste realidad: murió Diego Armando Maradona.

El campeón del mundo con la Selección Argentina​ se descompensó en la mañana de este miércoles en la casa del barrio San Andrés, en el partido bonaerense de Tigre, donde vivía desde hacía algunos días luego de haber sido operado de la cabeza. El 30 de octubre había cumplido 60 años. 

Villa Fiorito fue el punto de partida. Y desde allí, desde ese rincón postergado de la zona sur del Conurbano bonaerense se explican muchos de los condimentos que tuvo el combo con el que convivió Maradona. Una vida televisada desde aquel primer mensaje a cámara en un potrero en el que un nene decía soñar con jugar en la Selección. Un salto al vacío sin paracaídas. Una montaña rusa constante con subidas empinadas y caídas abruptas.

Nadie le dio a Diego las reglas del juego. Nadie le dio a su entorno (un concepto tan naturalizado como abstracto y cambiante a la lo largo de su vida) el manual de instrucciones. Nadie tuvo el joystick para poder manejar los destinos de un hombre que con los mismos pies que pisaba el barro alcanzó a tocar el cielo.

Quizá su mayor coherencia haya sido la de ser auténtico en sus contradicciones. La de no dejar de ser Maradona ni cuando ni siquiera él podía aguantarse. La de abrir su vida de par en par y en esa caja de sorpresas ir desnudando gran parte de la idiosincrasia argentina. Maradona es los dos espejos: aquel en el que resulta placentero mirarnos y el otro, el que nos avergüenza.

A diferencia del común de los mortales, Diego nunca pudo ocultar ninguno de los espejos.

Es el Cebollita que solo tenía un pantalón de corderoy y es el hombre de las camisas brillantes y la colección de relojes lujosos. Es el que le hace cuatro goles a un arquero que intenta desafiarlo y al mismo tiempo el entrenador que intenta chicanear a los alemanes y termina humillado. Es el que se va bañado de gloria del estadio Azteca y el que sale de la mano de una enfermera en Estados Unidos. Es el que arenga, el que agita, el que levanta, el que motiva. El que tomaba un avión desde cualquier punto del mundo para venir a jugar con la camiseta de la Selección. El del mechón rubio y el que estaciona el camión Scania en un country. Es el gordo que pasa el tiempo jugando al golf en Cuba y el flaco de La Noche del Diez. El que vuelve de la muerte en Punta del Este. Es el novio de Claudia y es también el hombre acusado de violencia de género. Es el adicto en constante lucha. El que canta un tango y baila cumbia. El que se planta ante la FIFA o le dice al Papa que venda el oro del Vaticano. El que fue reconociendo hijos como quien trata de emparchar agujeros de su vida.

Un icono del neoliberalismo noventoso y el que se subió a un tren para ponerse cara a cara contra Bush y ser bandera del progresismo latinoamericano. Es cada tatuaje que tiene en su piel, el Che, Dalma, Gianinna, Fidel, Benja… Es el hombre que abraza a la Copa del Mundo, el que putea cuando los italianos insultan nuestro himno y el que le saca una sonrisa a los héroes de Malvinas con un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.

Una imagen icónica de Maradona.

Una imagen icónica de Maradona.

Porque si hubiera que elegir un solo partido sería ese. Porque no existió ni existirá un tramo de la vida más maradoneano que esos cuatro minutos que transcurrieron entre los dos goles que hizo el 22 de junio de 1986 contra los ingleses. El mejor resumen de su vida, de su estilo, de lo que fue capaz de crear. Pintó su obra cumbre en el mejor marco posible. Le dijo al mundo quién es Diego Armando Maradona. El tramposo y el mágico, el que es capaz de engañar a todos y sacar una mano pícara y el que enseguida se supera con la partitura de todos los tiempos.

Barrilete cósmico. Y la pelota no se mancha. Y las piernas cortadas. Y que la sigan chupando. Y la tortuga que se escapa. Y el jarrón en el departamento de Caballito, el rifle de aire comprimido contra la prensa, la Ferrari negra que descartó porque no tenía estéreo, la mafia napolitana y toda una ciudad que elige vivir en pausa, rendida a su Dios. Es el de las canciones, el de los documentales a carne viva y las biografías siempre desactualizadas. El que levanta el teléfono y llama cuando menos lo esperás y más lo necesitás. El que jugó partidos a beneficio sin que nadie se enterara. El que pasa del amor al odio con Cyterszpiler, con Coppola o con Morla. El que siempre vuelve a sus orígenes y le presta más atención a los que menos tienen.

Es el abuelo baboso y el papá inabordable.

Es antes que todo y por sobre todas las cosas el hijo de Doña Tota y de Don Diego.

Maradona es en presente pese a que de los que mueren haya que escribir en pasado. Es el que en Dubai se codeaba con jeques y contratos millonarios y el que en Culiacán y con 40 grados a la sombra pedía un guiso a domicilio. El que internaron en un neuropsiquiátrico. El que pudo dejar la cocaína. El que hizo jueguitos en Harvard. Es el que como entrenador de Gimnasia vivió un postergado homenaje del fútbol argentino. Aquel que había dirigido a Racing y a Mandiyú no era este último Diego de las rodillas chuecas, las palabras estiradas y las emociones brotando sin filtro.

Es también Maradona el hombre que se fue apagando. Se resquebrajó su cuerpo y empezó a sacar a la luz tantos años de castigo físico, de desbordes, de excesos, de patadas, de infiltraciones, de viajes, de adicciones, de subibajas con su peso, de andar por los extremos sin red de contención.

Y el alma se fue apagando al compás del cuerpo. En el último tiempo ya no quería ser Maradona y ya no podía ser un hombre normal. Ya nada lo motivaba. Ya no servía el paliativo de los antidepresivos ni las pastillas para dormir. Y la combinación con alcohol aceleraba la cinta. Cada vez menos cosas encendían su motor: ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo, ni los amigos, ni la familia, ni las mujeres, ni el fútbol. Perdió su propio joystick. Y perdió el juego.

Lo llora Fiorito, escenografía inicial de esta historia de película y pieza fundacional para comprender al personaje. Lo lloran los Cebollitas donde se animó a soñar en grande. Lo llora Argentinos Juniors donde no solo es nombre del estadio sino el mejor ejemplar de un molde que genera orgullo. Lo llora Boca y toda la pasión que unió a un vínculo que fue mutando pero conservó el amor genuino. Lo llora Nápoles, su altar maravilloso en el que con una pelota cambió la vida de una ciudad para siempre. Lo lloran también Sevilla, Barcelona y Newell’s, que infla el pecho por haberlo cobijado.

Diego Maradona se convirtió en una leyenda del fútbol mundial.

Diego Maradona se convirtió en una leyenda del fútbol mundial.

Y lo llora la Selección porque nadie defendió los colores celeste y blanco como él. En definitiva, lo llora el país entero y el mundo.

Entre tantas cosas que hizo en su vida, Maradona hizo una particularmente exótica: se entrevistó a sí mismo. El Diego de saco le preguntó al de remera de qué se arrepentía. “De no haber disfrutado del crecimiento de las nenas, de haber faltado a fiestas de las nenas… Me arrepiento de haber hecho sufrir a mi vieja, mi viejo, mis hermanos, a los que me quieren. No haber podido dar el 100 por ciento en el fútbol porque yo con la cocaína daba ventajas. Yo no saqué ventaja, yo di ventaja”, se contestó en una sesión de terapia con 40 puntos de rating.

En ese mismo montaje realizado en 2005 en su programa “La noche del Diez”, el Diego de traje le propuso al de remera que deje unas palabras para cuando a Diego le llegue el día de su muerte. “Uhh, ¿qué le diría?”, piensa. Y define: “Gracias por haber jugado al fútbol, gracias por haber jugado al fútbol, porque es el deporte que me dio más alegría, más libertad, es como tocar el cielo con las manos. Gracias a la pelota. Sí, pondría una lápida que diga: gracias a la pelota”.

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