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Sociedad

Aborto legal: la provincia de Buenos Aires adhirió al nuevo protocolo ILE

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El ministro de Salud bonaerense Daniel Gollan, firmó el texto junto a la ministra de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual bonaerense, Estela Díaz.

La provincia de Buenos Aires adhirió este viernes al Protocolo para la Interrupción Legal del Embarazo, actualizado recientemente por el Ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, tras la derogación del ex presidente Mauricio Macri.

Poco antes de asumir como ministro, Gollán expresó el compromiso de adherir a la guía actualizada para la interrupción del embarazo.

Está en el Código Penal y un fallo de la Corte dijo que hay que hacer este tipo de protocolos. Quien no lo hace, no puede decir que respeta a la Justicia o defiende a la República“, explicó Gollán y sostuvo que “la ILE no sólo es una cuestión sanitaria con la que uno acuerda, es un mandato de la Corte Suprema”.

El protocolo, que es una guía de los casos en que se puede interrumpir legalmente un embarazo por tratarse de un riesgo físico y psicológico para la salud, había sido publicada en el Boletín el Oficial el 22 de noviembre el año pasado con la firma del ex secretario de Salud, Adolfo Rubinstein, y al día siguiente fue vetado por Macri.

Luego, el actual ministro de Salud le agregó algunas modificaciones y expidió otro propio. En el nuevo protocolo, se dan por sentado derechos consagrados. El texto al que adherirá la Provincia establece que para acceder a la ILE, las personas gestantes sólo deberán pedirla, dar su consentimiento informado y firmar una declaración jurada que certifique que su situación está alcanzado por los casos comprendidos.

EL DETALLE DEL NUEVO PROTOCOLO ILE:

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Sociedad

El crimen de Villa Gesell: si se comprueba que sólo dos mataron a patadas a Fernando, ¿todos podrían recibir perpetua?

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Fuentes judiciales coinciden en que la calificación es la correcta, aunque reste lo más importante: comprobar las responsabilidades de cada imputado.

Pasada la conmoción inicial por el brutal crimen de Fernando Báez Sosa (18), empiezan a correr los tiempos judiciales, las pericias dan algunos indicios más y los detalles técnicos juegan un partido aparte. El próximo capítulo importante será la rueda de reconocimiento que se haría este jueves, con los acusados de un lado y los amigos de la víctima (testigos del hecho) del otro. Allí se tratará de precisar cuántos de los 11 detenidos intervinieron en la agresión frente al boliche Le Brique, de Villa Gesell.

Cinco de los integrantes del club Arsenal Zárate Rugby se encuentran alojados en la comisaría 2a. de Villa Gesell, otros cinco en la comisaría 1a. de Pinamar y el restante, que había sido detenido en Zárate horas después del crimen cuando se hallaba en la casa de sus padres y que no forma parte del mismo grupo, sigue alojado en la sede de la Delegación Departamental de Investigaciones (DDI) gesellina.

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Sociedad

Más violencia en Villa Gesell: otra pelea afuera de un boliche y botellazos en la playa

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Se viralizaron imágenes de una fiesta muy concurrida sobre la arena con “lluvia de botellas” y un auto intentando escapar de un ataque a piedrazos en pleno centro de la ciudad balnearia.

Dos nuevos videos se viralizaron en las últimas horas en los que quedan a la vista los niveles de violencia y el consumo desmedido de alcohol en las playas y los boliches de Villa Gesell, donde el sábado un joven fue asesinado por una brutal golpiza de un grupo de rugbiers de Zárate.

En uno se ve una “lluvia de botellazos” en una fiesta en la playa y en otro, un ataque a piedrazos a un auto fuera de una disco en pleno centro, en Avenida 3 y Paseo 106.

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Ideología del macho rugbier

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Respetar la decisión de la autoridad dentro del campo de juego le ha valido al rugby, entre otras razones, el título de nobleza.

Se dice que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por bárbaros y que el rugby es un deporte de bárbaros practicado por caballeros. A diferencia del fútbol, quizá mucho más influenciado por la pasión latina desmedida, por el drama neorrealista de las clases obreras que lo practican, donde el engaño, la trampa y el código discepoliano de llorar para mamar son complementos del talento en la búsqueda del objetivo (la victoria, o llegar a Primera o ganar un Mundial), la ética noble del rugby (un juego bellísimo donde los caballeros avanzan retrocediendo) acepta sin chistar la decisión del referí, sobre todo porque un exceso en la queja puede significar un castigo perpetuo.

Y busca relativizar de esa manera la importancia del éxito y del fracaso ante algo más esencial, que es el deporte en sí mismo, el juego. Y eso se aplica en el partido y después del partido; la camaradería del tercer tiempo, el momento en que los rivales rinden tributo al doble filo dionisíaco de la embriaguez y nada duele ya, ni la derrota, ni los golpes en el cuerpo.

Al menos en la tradición argentina, el rugbier juega por placer, porque quiere, porque puede y porque siente que eso, en definitiva, es una escuela de valores que luego se aplican en la vida. La tradición de élite del rugby, nacida en las universidades victorianas del Reino Unido, se distingue del populacho futbolero de sangre mediterránea que cuestiona la autoridad o la injusticia. Si el futbolista argentino no acepta del todo la autoridad, es de alguna manera libre. Por lo tanto, el rugbier vernáculo es un rehén cautivo de las reglas que le imponen. Pasajero de una pesadilla.

Le pregunto a una amiga que es docente en una escuela privada de clase media alta de Tucumán, provincia en la que el rugby tiene preponderancia en los barrios ricos, por sus alumnos rugbiers y me dice que se distinguen porque son respetuosos de la autoridad.

 ¿Por qué los casos de violencia en manada de cada verano, en Pinamar, en Gesell, en Punta del Este o en Ferrugem, son protagonizados inexorablemente por jóvenes rugbiers?

La autoridad en el rugby contiene o encauza la violencia permitida en el campo de juego. En el fútbol se castiga fuertemente el uso de violencia. En el rugby lo que no se permite es el exceso.

¿Y entonces por qué los casos de violencia en manada de cada verano, en Pinamar, en Gesell, en Punta del Este o en Ferrugem, son protagonizados inexorablemente por jóvenes rugbiers (casi nunca de más de 23, casi siempre borrachos) y nunca leemos la historia de los seis futbolistas o los cuatro basquetbolistas o los dos tenistas que mataron a piñas y a patadas a uno solo?

¿Por qué se viraliza el video del rugbier rompiéndole la mandíbula desde atrás a un chiquilín, como un puñal trapero, y nunca aparece el de un judoca o un lanzador de jabalina?

Porque unos ocurren y los otros no existen.

Fue un invierno del siglo pasado. Unos amigos me invitaron al tercer tiempo de un club de rugby bonaerense para hacer la previa en el quincho antes de ir todos a una fiesta. Ya no era el tercer tiempo. Era tarde, había pasado la medianoche, quedaba un grupete de 10, casi todos borrachos. Todos teníamos veintipico. Ni bien puse un pie en el lugar vi una escena dantesca, que en realidad eran dos, una detrás de la otra, como Las Meninas de Velázquez, que dice una cosa para decir otra y todo a la vez.

En el primer plano, uno con apodo felino, creo que León o Puma o Gato, se masturbaba bajo la fluorescencia de dos tubos blancos mientras miraba la señal sin decodificar del viejo canal porno Venus. Era una paja sobreactuada, inconducente a los fines del placer del orgasmo, más parecida, vista desde el paso del tiempo, a un silencioso grito de deseo homosexual.

Mientras eso sucedía, en el plano de fondo, apenas un metro atrás del hombre que zarandeaba su miembro, el tercer tiempo me regalaba la imagen de tres grandotes que inmovilizaban a un compañero cuyo gesto de sumisión era total: se reía para pedir que lo suelten, mientras otros dos acercaban a su boca una botella de ron y una de vodka. Suplicaba con su risa, como diciendo, listo, ya está, me parecen muy graciosos, suelten. Se reía y los atacantes emitían aullidos, propios de la escena del bajo puente en La Naranja Mecánica, cuando entre varios dementes matan a patadas a un linyera.

Antes de que las bebidas blancas colapsaran la capacidad de retención de líquidos de la boca de la víctima, y antes de que finalmente tragara y vomitara casi al mismo tiempo, el maniatado intentó un último acto de supervivencia, usar la fuerza. Lo que recibió a cambio fue un trompazo en la cabeza, después otro y otro: la autoridad marcó los límites y la víctima acató con sumisión.

“El rugby hace referencia a la violencia de grupo, la más primitiva y la más fundamental: la de una tropa de machos armados sólo con su cuerpo”, sostiene la filósofa francesa Catherine Kintzler, que suele elogiar la nobleza de un deporte que, según ella, “controla la violencia”.

¿Por qué entonces los rugbiers jóvenes (los de la edad en que la muerte es algo tan lejano no existe) atacan en manada, usan su superioridad física como si fuera moral, y luego muchas veces son apañados por sus padres y las influencias de estos para evitar el castigo de la autoridad suprema, que es la ley, como pasó con el caso Malvino y los rugbiers correntinos hijos del caudillismo patronal local?

¿Hay que poner referís de rugby en las esquinas de Pinamar, Punta o Gesell para que la manada de búfalos rugbiers no asesine más o en los controles de alcoholemia?

Pienso en el muchacho apodado con nombre de felino, que cascaba su miembro mientras oía los aullidos de sus compañeros que torturaban a otro compañero en un tercer tiempo sin autoridad y releo a Rita Segato.

“La ideología del macho es aquella que hace pensar al hombre que si él no puede demostrar su virilidad, no es persona. Está tan comprometida la humanidad del sujeto masculino por su virilidad, que no se ve pudiendo ser persona digna de respeto, si no tiene el atributo de algún tipo de potencia. No sólo la sexual, que es la menos importante, también la potencia bélica, de fuerza física, económica, intelectual, moral, política. Todo esto está siendo concentrado por un grupo muy pequeño de personas y hoy el hombre es una víctima también del mandato de masculinidad. En el brote de violencia que tenemos la primera víctima son los propios hombres, pero no lo saben porque no consiguen verse o colocarse como víctima, porque sería su muerte viril. Lo que llamo mandato de masculinidad, es el mandato de tener que demostrarse hombre y no poder hacerlo por no tener los medios”.

En el cauce del análisis de Segato, podemos entonces pensar que existe una ideología del macho joven rugbier, y que es aquella que hace pensar al rugbier posadolescente que si no puede demostrar su superioridad física, su virilidad, su potencia de juventud, ergo no es rugbier adulto. Y si no es rugbier no es noble

De ser así, sería una existencia precaria.

Cuando golpean y acaso matan en manada los jóvenes rugbiers son la autoridad. El momento en el que al fin la violencia propia los encauza a ellos mismos. Cuando acatan fielmente su deseo, aunque a fin de cuentas, son rehenes de esa autosumisión.

Porque la constante de todos los ataques que protagonizan, la constante invariable, es el alcohol, el agente deshinibidor de la violencia que transpiran esos cuerpos cargados de virilidad acostumbrados a golpearse para dejar la pelota en el territorio enemigo. Avanzar retrocediendo.

Los asesinos de Villa Gesell tendrán la oportunidad de revisar el sentido de autoridad. En la cárcel los códigos son otros.

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