Miembro del Servicio Exterior mexicano desde 1960, se desempeñó como agregado cultural en París, Varsovia, Budapest, Moscú –donde consolidó su afición por la literatura en general y por Antón Chéjov en particular– y Praga. También vivió en Roma, Pekín y Barcelona, donde entre 1969 y 1972 tradujo para varias editoriales, del chino, inglés, húngaro, italiano, polaco y ruso. Una de sus traducciones más reconocidas es El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad; también tradujo a Witold Gombrowicz (Cosmos, Transatlántico, Bakakai y Diario argentino), a Jerzy Andrejewski (Las puertas del paraíso), a Henry James (Las bostonianas, Una vuelta de tuerca y Los papeles de Aspern), a Ronald Firbank (En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli), a Chéjov (Un drama de caza) y a Vladimir Nabokov (La defensa), entre otros. Adicto a la invención de historias, acaso el más chejoviano de los narradores mexicanos, invitaba a sus amigos en los restaurantes a imaginar las vidas de comensales vecinos, y apelaba al juego, al dislate, una jubilosa ferocidad en la que ponía a prueba esos procedimientos narrativos que caracterizan su prosa, especialmente la intuición más radicalizada y la libertad para aventurarse a escribir distinto a la tradición en la que se habita. Jamás se sublevó ante la etiqueta de escritor “raro” o excéntrico. Esa rareza –la libertad de escribir diferente, casi de espaldas a eso que se podría llamar “sistema literario mexicano”– cristalizó en el hecho de que fue un narrador secreto o poco reconocido por sus pares mexicanos hasta mediados de los ‘80. Su prestigio empezó a crecer cuando ganó el Premio Herralde de novela en 1984 con El desfile del amor, “una comedia de enredos donde la parodia, lo esperpéntico y lo grotesco juegan un papel esencial”, definía Pitol a esta novela, la primera de Tríptico del Carnaval, que incluye Domar a la divina garza (1989) y La vida conyugal (1991).

“La parodia es un procedimiento literario que surge de mi personalidad, de mi modo de mirar el mundo”, explicaba. “Desde niño vivo, hablo y escribo la parodia. Thomas Mann decía que todas sus novelas eran paródicas. Cuando leía un trabajo académico sobre uno de sus libros o su presencia literaria, Mann sentía que ese lenguaje era serio y que estaba mutilado porque en todas sus novelas, hasta el Doctor Faustus, utilizó las formas paródicas. Para mí la parodia es el carnaval; son formas de mi organismo mental que ayudan a compensar y a equilibrar mis neuronas. La literatura paródica es vital en Latinoamérica, pero hubo épocas tan tenebrosas en nuestros países, las dictaduras militares, que hicieron casi imposible hacer algo cómico”. El arte pitoliano distorsiona lo que mira y desconfía de géneros literarios. Enrique Vila-Matas, que prologó Los mejores cuentos del mexicano, advierte que el estilo Pitol “consiste en contarlo todo pero no resolver el misterio”.

El autor de Trilogía de la memoria –El arte de la fuga (1996), El viaje (2001) y El mago de Viena (2005)– fue el gran alquimista que difuminó las fronteras entre realidad y ficción con ensayos que devienen relatos y novelas que se transforman en ensayos. Entre sus premios destacan el Xavier Villaurrutia (1981) por Nocturno de Bujara –reeditado por Anagrama, la editorial que publicó toda su obra–, el Juan Rulfo (1999), el Cervantes (2005) y el Alfonso Reyes (2015). Pitol era un enamorado de las literaturas periféricas. “Las modas literarias, las supereditoriales, las grandes metrópolis aniquilan cualquier posibilidad creadora”, advertía. “Mi formación está situada en culturas periféricas. Vivir en un enclave lingüístico donde la vida cotidiana transcurre en medio de tres o cuatro lenguas es apasionante y enriquecedor. Algunos de los logros literarios de este siglo surgen de esta vibración que se establece entre una cultura lejana y la metrópoli: Irlanda, Austria, Polonia… O los escritores rusos del XIX: ellos también son literatura periférica.”

“Tengo como orgullo y privilegio el que mi vida se haya cruzado, al menos por un día, con la obra de Pitol: fui miembro del jurado que le otorgó el Premio Cervantes una luminosa mañana de diciembre”, recuerda Rodrigo Fresán. “Salí de allí muy contento y entré en internet (ese aleph inequívocamente pitoliano) para ver qué se decía sobre el flamante ganador. Los comentarios eran unánimes en su alegría y, por ahí, flotando en el ámbar de la electricidad, reparé en una frase de Pitol: ‘La inspiración es el fruto más delicado de la memoria’. De ser esto cierto –y creo que sí lo es– entonces Pitol es uno de los frutos más delicados de la inspiración.”