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Sociedad

A casi un año del asesinato de Fernando Báez Sosa, aparece una carta con sus sueños más íntimos

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El joven solidario asesinado por rugbiers en Villa Gesell dejó una nota donde se imaginaba en el futuro. Su mamá y su papá reconstruyen sus últimas horas y piden perpetua para los culpables.

Sentada en la cama de su hijo muerto, María Graciela Sosa Osorio lee: “Creo que dentro de 10 años voy a estar haciendo lo que me gusta y disfrutando mi vida. Poder cumplir los sueños, objetivos y expectativas que tengo, darles regalos a mis padres, tratando de darles lo que me dieron. Espero ya tener una pareja, una estabilidad y comodidad económica. Amor, familia, amistades, cariño, unión, felicidad, conocimiento. Viajar, conocer y conectarme. Mi misión es conectar, amar, brillar y servir. Mis valores centrales son: amistad, independencia, placer, relaciones valiosas y el tiempo libre al servicio de las personas, la exploración de la mente, los deportes y la autoayuda”. 

Es una carta de Fernando Báez Sosa, hallada en una caja celeste de zapatillas Adidas. Allí hay 12 medallas por logros deportivos, vasos guardados como souvenirs de fiestas y cumpleaños de 15, hojas escritas, sueños adolescentes atrapados para siempre en ese cofre de cartón.

De repente, las manos de Graciela se aflojan y aparece un chupete, que se desliza, parece caer, pero Silvino Báez lo ataja. “Es el chupete del nacimiento de mi hijo. Él quiso guardarlo en su caja, junto a su muñeco del Hombre Araña, que un día tuve que coser porque Fernando lo llevó al colegio y volvió descuartizado.”

La charla es un mar de lágrimas, de Graciela, de Silvino, de la fotógrafa de la revista Viva, de cualquiera que escuche este relato desde las vísceras, este grito desgarrador de una mamá y un papá que perdieron a su único hijo.

Los retratos de Fernando se multiplican por su habitación, en su almohada, en las paredes, en la entrada, frente a los espejos, entre ramos de flores, en la remera de Silvino, en el cuadro que sostiene Graciela junto a un rosario más largo que su cintura.

Los ojos de Fernando surcan el espacio de su ausencia. Son diagonales invisibles que confluyen en un punto: las manos de su mamá y de su papá, que se aprietan, se acarician, se entrelazan, se hacen una, se sueltan, se alejan y se vuelven a aferrar, con la firmeza de quien sostiene un bastón.

Una voz que se va. Graciela tocó botones equivocados del celular y perdió los mensaje de voz de Fernando. Los busca y no los encuentra. Espera ayuda. “Seguro están”, la tranquilizan. Se fueron esas palabras y volvieron otras, en páginas sueltas, en una suerte de diario íntimo deshilachado.

Fernando hablaba de objetivos, de proyectos humanitarios, se veía en el futuro.

Sus padres acaban de enterarse en el cementerio cuáles fueron sus últimos momentos felices, salvados del olvido por Julieta Rossi, su novia.

Manos entrelazadas de Graciela y Silvino. Foto: Constanza Niscovolos.

Manos entrelazadas de Graciela y Silvino. Foto: Constanza Niscovolos.

Graciela hilvana fugacidades. Y reconstruye ese día: “Mi hijo se metió al mar. Hacía un frío tremendo, pero caminó hacia las olas y se zambulló. Julieta estaba en la orilla, el agua estaba helada y no se animó. Se sonrieron de lejos. Ellos se merecían unas vacaciones así. A la tarde, algunos amigos dudaron de ir a la fiesta, decían las madres en el grupo de WhatsApp. Pero yo pensaba que sí, que si la novia iba, él también iba a querer. Fueron y estuvieron muy felices, muy contentos. Bailaron toda la noche. Estaba por actuar un grupo y Fernando le pidió a Julieta: ‘Quedate acá con tus amigas, que ahora vuelvo’. Fue por un helado. Pero nunca regresó. Ella lo llamaba y él no contestaba. Mensaje, mensaje y nunca contestaba. Y era que le habían hecho lo que todos saben”.

Lo que todos saben: Fernando Báez Sosa, un joven de 18 años estudioso, honesto, solidario, tranquilo y amiguero, pasaba sus primeras vacaciones en Villa Gesell cuando fue a un baile a divertirse y terminó asesinado a golpes y patadas en la cabeza por una patota de jugadores de rugby, la madrugada del 18 de enero pasado.

“Y a partir de ahí se terminó nuestra felicidad. De un día para el otro, aparecieron estos asesinos inhumanos, lo mataron de una manera brutal cuando nuestro hijo no les había hecho nada. Le patearon, le reventaron la cabeza, todo el cuerpo, por todos lados”, son las palabras que acuden a Graciela, una cuidadora de ancianos que nació en Paraguay hace 54 años y nunca conoció el mar.

Tres en uno. Fernando Báez Sosa abraza a su papá Silvino y a su mamá Graciela. Foto: "Justicia por Fernando".

Tres en uno. Fernando Báez Sosa abraza a su papá Silvino y a su mamá Graciela. Foto: “Justicia por Fernando”.

“Y a partir de ese día, nuestra vida es un calvario. A Fernando no le dieron ni la más mínima oportunidad de defenderse, nada, lo mataron a traición. Por eso decimos que la única justicia posible es que los asesinos sean condenados a perpetua. Esto no puede quedar en el olvido, ni taparse porque ellos tienen dinero, por creerse superiores, porque nadie es más que nadie, todos somos iguales, todos terminamos en el mismo lugar, así que deben pagar por lo que hicieron”, acompaña Silvino, de 47 años, también inmigrante paraguayo, encargado de un edificio de la avenida Pueyrredón al 1.800 y del mantenimiento de una clínica que queda a siete cuadras.

Al desahogo, sobreviene el silencio.

El silencio se apodera del cuarto.

La mirada de Graciela cruza diagonales invisibles.

La tristeza de Silvino traspasa su barbijo.

El reportaje se queda sin preguntas.

No hacen falta.

Escenas de la vida de Fernando empiezan a brotar, a transformarse en un testimonio que Graciela y Silvino despliegan durante dos horas, en dos actos. Uno para hablar de la vida. El otro, de la muerte.

Medallas y un chupete. Aparecen en la caja de recuerdos de Fernando. Foto: Constanza Niscovolos.

Medallas y un chupete. Aparecen en la caja de recuerdos de Fernando. Foto: Constanza Niscovolos.

Infancia feliz, adolescencia esforzada

“Él tenía el burrito de la película Shrek, llamado Donkey, amaba a ese muñeco. Y yo había comprado un potro en Paraguay, de pelo castaño oscuro, sin manchas, hermoso”, relata Silvino.

“Un día de Eliminatorias para el Mundial apostamos: él a manos de la Selección Argentina y yo a manos de la Selección de Paraguay, el burrito contra mi caballo. Fernando era muy futbolero. Cada uno vio el partido en su tele y cada uno era una hinchada. ¡Cómo nos divertimos! Pero, claro, ganó Argentina 2 a 1 y el ‘dueño’ del zaino pasó a ser mi hijo. Todos los días me hacía la broma reclamándome el caballo. Al final, tuvimos que venderlo, porque era grande y en la época de celo se iba del campo y en cualquier momento no volvía más.”

El fútbol enciende recuerdos, también en Graciela. “Fernando era muy ‘boquero’, muy fanático de Boca. Miraba todos los partidos, cruzaba bromas con los vecinos por el pulmón de manzana. Hubo un gol importante una vez y rompió un vidrio en el festejo. Se contestaban con un vecino de Independiente y otro de River, siempre con respeto. Silvino intentó llevarlo a la cancha, pero siempre estaba llena y el sistema de ingreso era complicado. Hasta preguntó en su sindicato si podían ayudarlo a conseguir entradas. Pero Fernando nunca conoció la Bombonera.”

El cine también lo entusiasmaba, aporta Silvino a esta reconstrucción. “Acompañó la saga de Toy Story, de la infancia a la adolescencia. Le encantaban el sheriff y el astronauta. Chiches que cobraban vida, muy divertidos. Nosotros los llevábamos de chiquito, pero de grande tampoco se la perdió, eh. Iba con su grupo de amigos al cine de acá, el de Recoleta, frente al cementerio. Me daba gracia porque, ya grandotes, otra que pochoclo: traían un kilo de carne antes de la función, para que yo se la cortara a cuchillo o moliera con la procesadora para hacer hamburguesas caseras. Yo le preguntaba por qué iban todavía a ver películas de chicos y él me decía: ‘Porque queremos recordarlas cuando seamos viejo, papá’”, evoca Silvino, mientras su mirada se pierde en un viaje por el tiempo.

Baja de golpe la luz en el departamento del primer piso de la familia Báez Sosa. Es el atardecer de un viernes nublado. No llueve, pero una gota rebota en el tragaluz. Graciela se acomoda la remera de algodón que tiene bordados retazos de tela con las letras que componen el nombre de su hijo. Está callada, evoca momentos íntimos, los empieza a soltar con voz tenue, pero a medida que Fernando deja la niñez y empieza a hacerse joven en su memoria, el volumen se amplifica.

El rostro del dolor. El papá y la mamá de Fernando sostienen su retrato y reclaman justicia. Foto: Constanza Niscovolos.

El rostro del dolor. El papá y la mamá de Fernando sostienen su retrato y reclaman justicia. Foto: Constanza Niscovolos.

“Fernando era sonámbulo. Llegaba cansado de estudiar o de hacer tareas solidarias para el Colegio Marianista de Caballito, cenábamos y se dormía. Pero se quedaba pensando cosas y, a la madrugada, se levantaba y andaba por la casa”, revela Graciela, y Silvino intenta imitar aquellos gestos: “Caminaba por acá, así, y una vuelta agarró las llaves, como si buscara irse. Yo lo tomé suave de los brazos, con las palmas de mis manos, y lo fui acompañando despacito otra vez hasta la cama.” El ruido de ese juego de llaves es de lo que más extrañan hoy.

Se arremolinan las palabras de Graciela y de Silvino para contar la vida de Fernando. “Le gustaba mucho cocinar y su comida preferida eran las pastas.” “Nos regalaba chocolates, igual que nosotros cuando volvíamos de trabajar.” “Nos daba sorpresas hermosas, como cuando tomó la comunión y ¡no sabíamos que él iba a ser encargado de leer la Biblia en la ceremonia!” “Fue condecorado como mejor jugador de fútbol. A veces era delantero, a veces, volante central, y cuando lo ponían de dos no le gustaba. Sus equipos no ganaban nunca, pero él volvía contento igual, porque compartía el rato con amigos. Siempre llegaba agotado. Cuando lo golpeaban, yo le hacía de kinesiólogo.”

También se destacó en vóley y llegó a probarse en las juveniles del club Ferrocarril Oeste, “pero tenía que inscribirse con débito automático y nosotros no nos manejábamos con tarjeta, sino con plata en efectivo”.

Fernando “era muy sacrificado en el estudio, se preparó para una beca en un colegio privado muy bueno durante un año y medio, y quedó entre 400 postulantes. Se hizo amigo de sus compañeros, tutor de los más chiquitos y hasta director de una obra de teatro contra la discriminación”, dice Graciela, orgullosa.

El sábado era el momento en que los tres coincidían en el descanso y la mesa compartida. “Hasta que apareció Julieta en su vida y ahí empezamos a ser cuatro. Se llevaban muy bien, ella es muy amorosa, de una familia buena, siempre con una sonrisa en los labios.”

Por las redes sociales, Julieta pide justicia, convoca a las marchas por castigo para los culpables, está atenta a las novedades judiciales, sube videos alegres del pasado y fotos de Fernando levantando paredes, como su padre Silvino, albañil y constructor.

Julieta Rossi, la novia de Fernando Báez Sosa, en el acto por justicia de hace un año. Foto: Juano Tesone.

Julieta Rossi, la novia de Fernando Báez Sosa, en el acto por justicia de hace un año. Foto: Juano Tesone.

Pero cuando se queda sola, todavía hoy, llama al celular de su novio y le deja mensajes de amor.

“De repente, el teléfono se mueve. Sé que es Julieta. No está Fernando para atender. Yo tampoco quiero escuchar esos mensajes. Es una comunicación de ellos dos”, cuenta Graciela, mientras mira el dispositivo, ahora quieto en la mesita de luz.

Cuando Julieta se siente sola, llama al celular de Fernando y le deja mensajes de amor.

Días antes de partir a Villa Gesell, Fernando desarmó el arbolito de Navidad. A sus pies, había sacado a bailar a su mamá y a su papá, los tres abrazados, juntitos, por última vez.

Con los ahorros de su trabajo, Graciela le compró dos boxers, le preparó la ropa y le puso unos pesos en una caja de ibuprofeno. Fernando había aprobado las materias del Ciclo Básico Común y se merecía esas vacaciones.

Vida truncada

Dos trompadas, Fernando cae a la vereda del boliche Le Brique, no reacciona, no puede defenderse. Jugadores de rugby golpean y golpean con toda su fuerza a un joven caído en el piso. Cuatro le pegan, otros cuatro se envalentonan con los que quieren asistirlo. La violencia de la patota es filmada desde distintos celulares. Una patada en la cabeza deja a Fernando inmóvil.

Julieta lo llama y lo llama, mensaje y mensaje, pero Fernando no responde. Sale del boliche. Quiere acompañarlo en la ambulancia, no la dejan. Toma un taxi, le pierde el rastro. Son más de las cuatro de la mañana del 18 de enero de 2020.

Graciela y Silvino duermen. En un par de horas, Graciela tiene que ir a cuidar a una abuela. Se despierta. Una señora la estremece: “Fernando sufrió un accidente, ¿no te avisaron?”. Empieza a temblar, le dice a Silvino: “Preparate rápido que nos vamos”.

Suena otra vez el celular, el comisario, Silvino toma el teléfono, contesta preguntas de chequeo de identidad, escucha, corta. Está demacrado. “Mataron a Fernando”, exclama desesperado. Graciela entra en shock, se va encima de su marido, sin querer le pega: “Decime que no es verdad”. Era verdad. Sí, lo que todos saben.

El grabador de la entrevista recoge un largo silencio. Y un murmullo desgarrado: “Ese día se fue nuestra alegría. Quedamos para siempre sin rumbo”.

Hora de justicia

Silvino se cuida del coronavirus. Tiene que evitar contagiarse, porque recibió un trasplante de riñón y es de riesgo. Pasó un año y medio en diálisis, sostenido por el buen humor y la compañía de Fernando. Graciela también toma recaudos, porque asiste a personas mayores. Llevan 23 años juntos, buscaron tener más hijos pero no pudieron y ahora están más pendientes que nunca uno del otro.

“Acá no es que mataron a Fernando nomás, nos mataron a nosotros también. Nosotros no tenemos vida, perdimos la libertad. Antes ella podía ir a ver a su familia a Paraguay o yo ir a trabajar a alguna construcción afuera, porque siempre alguien se quedaba con Fernando. Pero ahora voy a trabajar a siete cuadras y quedo preocupado, porque mi mujer no se encuentra bien. Te voy a decir la verdad, a veces mi cabeza no está bien, me cuesta hasta cruzar la calle, porque me distraigo y no sé si el semáforo está en verde o en rojo. Estoy pensando en otra cosa, mi mundo está en otro lado”, describe Silvino.

La pandemia frenó el ímpetu inicial que tenían las marchas en reclamo de juicio y castigo a los rugbiers que mataron a Fernando, pero la Justicia siguió trabajando.

En noviembre, la fiscal Verónica Zamboni cerró la investigación preliminar y pidió la elevación a juicio de los ocho jóvenes que están detenidos desde el día fatal, acusados de “homicidio doblemente agravado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas”.

Son Máximo Thomsen (de 20 años), Ciro Pertossi (20), Luciano Pertossi (19), Enzo Comelli (20); Matías Benicelli (21), Blas Cinalli (19), Lucas Pertossi (21) y Ayrton Viollaz (21). Podrán defenderse y presentar sus argumentos. Y el proceso podría afectar a otros dos jóvenes señalados. Ninguno, hasta aquí, ha expresado arrepentimiento.

Graciela dice hasta pronto y avisa que las fuerzas que le quedan son para luchar. Sabe que este año será duro.

La distancia social se quiebra un instante, para un abrazo de despedida.

‑¿Tenés hijos vos?- susurra.

-Sí, uno, de la edad de Fernando- le responden.

-Cuidalo mucho, por favor.

Y Silvino, el portero, nos acompaña hasta abajo.

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Víctimas cercanas: en la segunda ola de Covid se pasó de la estadística al dolor personal

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Con más de 70 mil fallecidos en el país, las muertes empiezan a impactar porque más gente tiene conocidos o familiares afectados o que fallecieron. Expertos analizan el impacto por el duelo y las pérdidas.

Era enero de 2020 cuando todos pusimos los ojos en China. Hablaban de un virus, de contagios masivos y muertos. Nos quedaba muy lejos. No nos iba a tocar. Unos meses después, llegó el primer contagiado a la Argentina y nuestro primer fallecido. Contamos 100 y leímos sus historias, nos conmovimos, tuvimos miedo, nos encerramos. El tiempo pasó y no quedó otra que empezar a naturalizar la nueva realidad: el barbijo, el mate doble, el puño en lugar del beso. También los reportes diarios con el número de fallecidos de Covid-19.

Pero esa terrible cifra siguió en aumento (10.000, 50.000, hoy superamos los 70.000) y la escalada hizo que volvamos a resignificar la pandemia. A esta altura, casi todos conocemos a alguien que estuvo grave y, en muchos casos, también tenemos un allegado, amigo o familiar que falleció. Nuestras redes sociales se llenaron de despedidas, esas víctimas fatales hoy forman parte de nuestro círculo.

En diálogo con Clarín, especialistas se refieren a este nuevo momento que debemos enfrentar, marcado por la pérdida, el duelo, la identificación y, en algunos casos, la negación.

“Cuando las cosas suceden cerca, cuando se trata de gente próxima tendemos a sentirnos identificados”, explica Harry Campos Cervera, psicoanalista y psiquiatra de la Asociación de Psiquiatras de Argentina (APSA). En este sentido, la angustia es mayor porque “la pérdida de ese otro es también una pérdida propia por el vínculo que nos unía a esa persona que ya no está” y porque cuando algún conocido fallece surge otra idea que nos aterra: pensamos que lo mismo podría pasarnos a nosotros.

En este contexto, detalla el especialista, el impacto de una muerte cercana puede derivar en mayor concientización y cuidado o en negación y rechazo, como mecanismo de defensa ante un hecho que no logramos asimilar.

En la segunda ola de coronavirus en la Argentina más gente tiene víctimas de su círculo íntimo. Cómo se procesan las pérdidas y los miedos, según especialistas.

En la segunda ola de coronavirus en la Argentina más gente tiene víctimas de su círculo íntimo. Cómo se procesan las pérdidas y los miedos, según especialistas.

A eso se suma la situación de duelo individual y, en este caso, también colectivo por la cantidad de fallecidos. “Podría decirse que pasamos por tres momentos como sociedad: al principio estábamos frente a una amenaza invisible. Luego, con el aumento de las víctimas fatales, comenzamos a naturalizar lo que ocurría como una forma adaptativa para no vivir todos los días con desesperación. Hoy esa desesperación regresó por la cercanía de las muertes”, reflexiona Campos Cervera.

Dejar de ver los noticieros o leer los diarios, como modo de olvidarse por un rato del coronavirus y sus consecuencias, ya no es suficiente. En las redes sociales nos encontramos con amigos o conocidos pidiendo por la recuperación de un ser querido contagiado o despidiéndolo.

“Hay gente que responde a esas manifestaciones abandonando por un tiempo las redes, es su forma de escape para evitar la identificación. En el otro extremo están los que practican la hipervigilancia como estrategia de control”, sostiene el experto de APSA. Y agrega: “Son personas que buscan ciertos detalles que las distancien de la víctima para tranquilizarse. Se repiten que ese otro se contagió porque no se cuidaba o se murió porque tenía comorbilidades”.

La segunda ola

La segunda ola, suma Campos Cervera, viene con una preocupación extra. No solo muere gente conocida, sino que en muchos casos se trata de personas jóvenes. “Al principio de la pandemia los hijos tenían miedo por sus padres. Hoy sucede lo contrario: los padres están asustados por sus hijos”, advierte.

Para Guillermo Bruschtein, también psiquiatra y psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), una de las cuestiones más difíciles para el ser humano tiene que ver con “representarse la propia muerte”. “La pandemia nos pone frente a lo inmanejable y lo catastrófico”, destaca.

“Necesitamos sentir que tenemos controlada la situación (aunque no sea real). Eso nos alivia. Pero en este contexto se torna casi imposible conseguir certidumbre”, opina.

Coincide con Campos Cervera en que “cuando fallece alguien cercano volvemos a conectar con el miedo a morir”. “Aparecen sentimientos de angustia, rechazo, negación y también fobias”, precisa Bruschtein.

“La pérdida de un otro al que queremos implica, a veces, perder una parte de uno y de la forma en organización de la propia vida. Deriva, a su vez, en la falta de referentes”, aporta el experto.

La muerte de un personaje público también puede golpearnos. “El fallecimiento de un famoso, que no conocemos en persona pero que forma parte de nuestra rutina porque, por ejemplo, ‘nos acompaña’ todos los días desde la televisión o la radio, también puede afectarnos”, confirma. La clave, acá también, está en la identificación.

En este contexto, remarca el especialista de APA, se incrementan patologías preexistentes como los trastornos de ansiedad, el insomnio, las enfermedades autoinmunes. “Compartir con otros lo que nos pasa siempre ayuda. También la asistencia de un profesional”, aconseja Bruschtein.

Por último, señala que lo que está ocurriendo genera dolor e incluso pánico y que, en muchas ocasiones, la prolongación de situaciones de carencia puede derivar en conductas más hostiles. “Está cambiando la forma de comportarse porque nos faltan recursos para encarar lo que nos toca vivir”, cierra.

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“Está todo perdonado, no tengo rencor”, aseguró el padre de una de las víctimas del choque en Tigre

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Guillermo Rossi despidió a su hijo Franco y le dedicó palabras a Joaquín Duhalde Bisi, quien manejaba borracho y sin registro.

El papá de uno de los jóvenes fallecidos en el trágico accidente en el Camino de los Remeros de Tigre, cuando el conductor del Audi A4 manejaba alcoholizado y chocó contra un guardarrail, hizo un conmovedor descargo por Twitter: “No tengo rencor“.

Guillermo Rossi es padre de una de las víctimas, Franco Rossi (18), y escribió en su cuenta de Twitter (@guillermo4398) motivado por defender la memoria de su hijo y aclarar que él no estaba alcoholizado.

“Uno de los fallecidos es mi hijo Franco Rossi. Espero que entiendan que el no manejaba. Solo pido que respeten el dolor de mi familia en memoria de los muertos. Mi vida se apaga“, tuiteó en primera instancia.

Inmediatamente comenzaron a llegarle mensajes de aliento y, como siempre en Twitter, también respuestas polémicas, a las que los demás usuarios se encargaban de señalar.

Rossi les contestó a varios de los que lo saludaron y entre esas respuestas también contó varios detalles y habló del autor del accidente, Joaquín Duhalde Bisi.

Lamento el escrache mi hijo, no tenía alcohol en sangre, manchan su memoria. Abrazo y gracias”, le contestó a uno. “Franchu no estaba alcoholizado y sin embargo se fue”, le dijo a otro.

Joaquín Alimonda (19) y Franco Rossi (18) murieron en el acto.

Joaquín Alimonda (19) y Franco Rossi (18) murieron en el acto.

“En la autopista a mi hijo le dio 0. Estaba aparentemente dormido y Franco no manejaba y tenía mi autorización. Dos veces a EE.UU. una a Sudáfrica el solito, y vos crees que me carga culpa? No ninguna”, le respondió a otra.

Luego, en otros tuits negó una supuesta fiesta. “Ni hubo fiesta ni nada, eran 5 amigos y el destino los enfrentó”, agregó.

En otro mensaje, Rossi dijo que lo que atraviesa es muy duro. “Hoy quisiera que me lleve a su lado, pero Franchu tiene 4 hermanos, no puedo viajar todavía y esa paz espero encontrarla”, se descargó en otro escrito.

Por último, dijo que “ya está todo perdonado eran amigos y no tengo ningún rencor“, en relación al conductor del auto, quien se encuentra detenido en la comisaría de Villa La Ñata.

El caso

Joaquín Duhalde Bisi (19) estaba borracho y manejaba sin registro la madrugada del domingo, cuando perdió el control del Audi A4 de su papá en Tigre y chocó. En el incidente murieron dos de sus amigos, Franco Rossi (18) y Joaquín Alimonda (19).

En el auto también iba Mateo Lezama (18), quien se salvó por estar en el asiento de atrás del conductor.

Duhalde Bisi está acusado de “doble homicidio simple con dolo eventual”, que prevé una condena de 8 a 25 años de cárcel, y, subsidiariamente, de “doble homicidio culposo agravado por la pluralidad de víctimas, el consumo de alcohol y la alta velocidad a la que conducía”, con penas de 3 a 6 años de prisión.

Joaquín Alimonda, Joaquín Duhalde BIssi - el conductor del vehículo- y Franco Rossi eran amigos desde el colegio secundario.

Joaquín Alimonda, Joaquín Duhalde BIssi – el conductor del vehículo- y Franco Rossi eran amigos desde el colegio secundario.

Cuando el Audi A4 impactó contra el guardarrail, lo arrancó completo. “Luego de ingresar por la parte trasera de la rueda delantera derecha, los 25 metros que tiene de largo cruzaron el coche en sentido hacia la izquierda, y salieron”, detallaron fuentes de la investigación.

La pericia del alcoholemia, cuyo test certificado ya está en manos del fiscal, había arrojado que Duhalde Bisi manejó esa madrugada fatal con 1,39 gramos de alcohol por litro de sangre: casi el triple de lo permitido.

Duhalde Bisi no tenía registro. El 31 de octubre pasado se lo retuvieron por no tener la VTV al día del Hyundai a nombre de su mamá que manejaba.

Aunque desde su entorno argumentaron que poseía la licencia digital en la aplicación Mi Argentina, fuentes de la investigación explicaron que en este caso ese registro digital no tiene validez, ya que había quedado incautado por la infracción.

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El calvario de Lucía: el juicio contra el suboficial de la Armada acusado de violarla se postergó para 2024

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La víctima batalló durante cinco años para lograr que la causa llegara al debate oral, suspendido dos veces. El imputado está libre.

“Se me va la vida esperando Justicia”, dice Lucía, como pidió esta ex marinera que la llamen allá por 2016. Por ese entonces, se conoció el calvario que padecía desde 2013 cuando, según su denuncia, un superior comenzó a acosarla y, luego, eso derivó en una situación de abuso en la Base Naval de Ushuaia.

Ahora, a más de 7 años de que comenzara el acoso y a 5 de que ella lo denunciara, Lucía otra vez grita por ayuda: le pidió este miércoles a la Justicia de Tierra del Fuego que revise la decisión de postergar hasta 2024 el juicio contra el acusado

Según le dijo la ex marinera a la agencia de noticias Télam, el Tribunal de Juicio en lo Criminal de Ushuaia decidió una nueva postergación para el inicio de las audiencias hasta el 16 de mayo de 2024.

La Justicia quiere empezar el juicio en tres años, cuando se cumplirán 11 del inicio de los supuestos abusos contra Lucía, de 32 años.

2016. Se conoce un caso del acoso sexual en la base Naval de Uhuaia.

2016. Se conoce un caso del acoso sexual en la base Naval de Uhuaia.

El caso involucra al suboficial Reinaldo Cardozo, de 56 años, a quien le imputan haber abusado de la mujer cuando ella tenía 25 años. Lucía debió someterse a un tratamiento psiquiátrico y psicológico.

Cardozo está acusado de “abuso sexual simple en concurso ideal con abuso sexual agravado con acceso carnal y por pertenecer el imputado a una fuerza de seguridad, los que concurren idealmente con el delito de amenazas coactivas y mediando violencia de género“.

Según especialistas, la causa puede sentar un precedente histórico porque “ventila hechos sucedidos dentro de una institución militar, pone en juego los códigos de silencio entre miembros de la Fuerza y echa luz sobre la violencia de género en ámbitos castrenses”, explicaron fuentes judiciales.

A 17 días

La fecha prevista para el inicio del juicio era el 29 de junio de 2020, pero debido a las restricciones sanitarias por la pandemia de coronavirus, el Tribunal suspendió las audiencias.

Luego, los jueces Alejandro Pagano Zavalía, Maximiliano García Arpón y Rodolfo Bembihy Videla resolvieron esta nueva postergación.

Lucía denunció a un superior.

Lucía denunció a un superior.

Lucía, como pidió siempre que se la identifique para resguardar su identidad, batalló durante 7 años hasta lograr que la justicia procesara a Cardozo por un rosario de delitos que incluyen el abuso sexual, amenazas y la violencia de género, según surge del expediente judicial.

“Se me va la vida esperando Justicia. Me costó mucho romper las cadenas del silencio para poder denunciar lo que me pasó. Fueron años de lucha y padecimientos, tanto físicos como psicológicos, que tuve que atravesar”, contó Lucía.

Lucía y su abogada, Sofía Barbisan, realizaron una presentación para solicitar que se adelante el juicio y no tenga que esperar otros tres años.

“Me genera una angustia tremenda saber que este abusador sigue libre, viviendo una vida normal y en actividad dentro de la Armada, donde yo sufrí su violencia y también la violencia institucional. Confío plenamente en la justicia fueguina, y por ello pido a los jueces que revean esta situación“, sostuvo la ex marinera.

También dijo que solicitó la intervención del Secretario de Derechos Humanos de la Nación, Horacio Pietragalla, y del director nacional de Políticas contra la Violencia Institucional, Mariano Przybylski.

“Necesito que mi caso siente un precedente dentro de las fuerzas armadas, que se termine la violencia de género y la violencia institucional. Y también quiero justicia y tranquilidad“, expresó Lucía, que sigue viviendo en Ushuaia y tiene otro empleo.

Un sueño roto

“Ingresé a la Armada en 2011 porque ser militar era un sueño y un anhelo. Yo veía los uniformes y sentía orgullo. Creía que podía servir a la Patria”, recordó.

Dos años después, comenzó el infierno. Lucía afirma que los abusos se produjeron a partir de 2013, cuando su superior, quien casi la doblaba en edad, estaba casado y tenía hijos, comenzó a acosarla sexualmente, hasta que en uno de esos hechos la encerró en un depósito y la violó. Cardozo era su jefe directo.

Otros abusos y persecuciones se habrían producido en 2014, luego de un período en el que el suboficial no estuvo destacado en Ushuaia. Según Lucía, todavía se paraliza cuando ve un uniforme militar.

“No puedo evitarlo. De hecho junté toda mi ropa castrense y la tiré a la basura. Necesito cerrar esta etapa“, concluyó.

Para entrar a la Armada, Lucía tuvo que realizar el curso en Puerto Belgrano, cerca de Bahía Blanca. Luego regresó a Ushuaia, donde su primer trabajo dentro de la fuerza fue el de camarera en la casa de suboficiales, a quienes les servía la comida.

La mujer comenzó denunciando los hechos ante el superior del suboficial, un militar con el grado de teniente, quien de inmediato le hizo sentir cómo sería la situación.

Tu palabra contra la de él no tiene valor. Además, la Armada te está dando trabajo, una casa, una obra social y la atención para tu hijo (que estaba siendo tratado por una enfermedad en Buenos Aires). No te conviene hacer nada“, le advirtió, según recordó Lucía en un reportaje de 2020.

Como la marinera insistía, comenzaron las “amenazas y persecuciones“: el acusado le bajó todos los conceptos de su legajo personal, por lo que al poco tiempo fue despedida como militar y reincorporada como personal civil.

En 2014, Cardozo fue trasladado a otro destino, pero al año siguiente regresó a Ushuaia y comenzó a acosarla otra vez. Fue ahí cuando la joven decidió hacer la denuncia ante la justicia.

Primero intervino la Justicia Federal, que se declaró incompetente, y después un juez provincial que no halló pruebas contra el acusado, quien fue beneficiado con dos “faltas de mérito”, hasta que el expediente quedó “en reserva” por falta de nuevas evidencias.

Lucía cambió de abogado y logró que la Cámara de Apelaciones apartara al juez y designara a una jueza, María Cristina Barrionuevo, que le dio un nuevo enfoque a la investigación.

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